viernes, 20 de julio de 2018



            LA VERDAD SOBRE EL ESTADO ISLÁMICO
                                  (Segunda Parte)




Invasión de Irak y desestabilización de Siria

La guerra de Irak estaba en la agenda de los halcones del Pentágono desde la segunda guerra del Golfo. El camino hacia Bagdad era la ruta marcada hacia la supremacía global estadounidense. Como menciona Theodore Roszak en un impecable y bien documentado estudio, “ya en 1996, en Estados Unidos había elementos derechistas que hablaban acerca de imponer una "hegemonía global benévola" en el mundo. La frase pertenece a Robert Kagan y William Kristol, y apareció en Foreing Affairs. Iraq ofrecía esa oportunidad. Al resistirse a lo que la Administración Bush pretendía, las Naciones Unidas no hicieron más que acelerar el momento en el que Washington se sintió libre para desechar la Organización, junto con la OTAN y la Unión Europea, como irrelevante. Había llegado el nuevo siglo estadounidense, y cuanto antes lo reconociese el mundo, mejor" (21).

La decisión de imponer la guerra a Siria fue adoptada por el presidente George W. Bush en una reunión en Camp David celebrada el 15 de diciembre de 2001, cuando después de los atentados de Nueva York y de Washington fue incluida Siria en el "Eje del Mal". En aquel momento inicial, lo previsto era comenzar la intervención militar en Siria y en Libia para demostrar que las fuerzas norteamericanas podían actuar de manera simultánea en dos teatros bélicos, un detalle que conocemos por el testimonio del general de cuatro estrellas Wesley Clark, ex-comandante supremo de la OTAN, quien se opuso al proyecto. Atacar Afganistán fue la solución adoptada mientras se preparaba la Guerra de Iraq para derrocar a Sadam Hussein y controlar sus inmensas reservas petroleras, aunque hay que esperar a 2003 para que el Congreso estadounidense, con ocasión de la caída de Bagdad, aprobara las disposiciones legales que facultaban a Bush para que el Pentágono preparara una guerra contra Libia y otra contra Siria, la “Syria Accountability Act” (22), que servirían de prólogo al gran objetivo ambicionado por la estrategia estadounidense: Irán, segundo productor mundial de petróleo y de gas natural.




El testimonio del General Wesley Clarck resulta tan sorprendente como ilustrador respecto a los planes bélicos del equipo con el que Bush se había rodeado. Según contó el general en varias entrevistas y conferencias, algunos días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, durante una visita al Pentágono, se enteró de que estaba tomada la decisión de atacar Irak. Muy extrañado, preguntó a su informador la causa de tal decisión y si había alguna información nueva que vinculara a Sadam Hussein con Al-Qaeda: “No, señor” fue la respuesta, para añadir seguidamente que, en su opinión, el motivo era que no se sabía cómo actuar ante el terrorismo, pero que teniendo tan gran ejército resultaba posible derrocar al gobierno que quisieran. En una nueva visita al Pentágono dos semanas más tarde, cuando ya se habían iniciado los bombardeos sobre Afganistán, Clark volvió a conversar con el mismo funcionario, interesándose por conocer qué pasaría con Irak, recibiendo la respuesta siguiente, según refiere el propio general: “La cosa es mucho peor. A continuación me mostró unos folios con información reservada que acababa de recibir de la Oficina del Secretario de Defensa, Paul Wolfowitz, mientras decía: Esta nota describe cómo vamos a atacar siete países en cinco años, comenzando con Irak, luego seguirán Siria, Líbano, Libia, Somalía, Sudán y finalmente Irán”. A la pregunta de si se trataba de información confidencial, su interlocutor repuso con un lacónico: "Sí, señor".

El general confiesa que se quedó estupefacto, pero que guardó silencio cerca de seis meses y medio por tratarse de una información confidencial, añadiendo acto seguido que entonces se dio cuenta de quienes eran las personas que habían tomado el poder en Estados Unidos, porque recordó un comentario que en el año 1991 le hizo Wolfwitz mientras ocupaba el cargo de subsecretario de Defensa, es decir, el número tres del Pentágono: “La verdad es que deberíamos de habernos librado de Sadam Husein y no lo hicimos cuando se produjo el levantamiento chiita que nosotros mismos habíamos provocado, para luego no intervenir con nuestras tropas. Sin embargo, una cosa aprendimos: Que podemos emplear nuestros ejércitos en Oriente Medio y los soviéticos no nos pararán. Disponemos de cinco o diez años para limpiar todos esos regímenes clientelares soviéticos que son Siria, Iraq e Irán antes de que se consolide un gran poder que pueda desafiarnos”. “¿Acaso el cometido del ejército es comenzar nuevas guerras o cambiar gobiernos en vez de evitar los conflictos? ¿Vamos a invadir países?”, confiesa el general Clark que se preguntaba lleno de perplejidad mientras la cabeza le daba vueltas (23).



Como el mismo Wesley Clark escribió, “no se presentó ninguna prueba de que Irak representara una amenaza inminente para Estados Unidos o su aliados, E “inminencia” era la palabra clave. La administración hizo lo posible para demostrar su tesis ―ante un pueblo predispuesto a aceptarla, pero no había ningún factor que la avalara (…) En cambio, iba a ser una causa de guerra “preventiva”; una idea que Estados Unidos siempre había rechazado para sí mismo y había condenado en otros” (24). Siguiendo puntualmente el guión referido por el general Wesley Clark, después del asesinato de Rafik Hariri, primer ministro libanés, el 14 de febrero de 2005, Washington trató de provocar la guerra contra Siria, pero no encontró excusa alguna para hacerlo (25). No obstante, como el propósito seguía siendo invariable, en 2006, los servicios de inteligencia norteamericanos comenzaron a preparar la revolución siria mediante la creación del Syria Democracy Program, por el que se trataba de crear y financiar grupos de oposición, como el Movimiento por la Justicia y el Desarrollo, vinculado a los Hermanos Musulmanes, con el objetivo de servir como bases operativas para coordinar las actuaciones contra el gobierno de Damasco. Al financiamiento oficial del Departamento de Estado se agregó una aportación secreta de la CIA a través de una asociación californiana llamada Democracy Council (26). Dos años después, en 2008, durante la reunión que la OTAN organizó bajo el patrocinio del Grupo Bilderberg, fueron expuestas las ventajas económicas, políticas y militares de una posible intervención de la OTAN en Siria.

En esa línea, en 2009, la CIA organizó varios instrumentos de propaganda dirigidos hacia Siria, como los canales Barada TV, con sede en Londres, y Orient TV, con base operativa en Dubai. La trama continuó con la celebración en El Cairo, durante la segunda semana de febrero de 2011, de una reunión a la que asistieron el senador John McCain, Joe Lieberman y el mascarón “filósofo” de la OTAN, Bernard-Henri Lévy, en la que se dio la señal para iniciar las operaciones secretas que comenzaron simultáneamente en Libia y en Siria: el 15 de febrero en Bengasi y el 17 en Damasco, bajo la cobertura propagandística de “las primaveras árabes”, que deberían llamarse “primaveras otánicas”. Finalmente, en mayo de 2012, la OTAN y el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) crearon el Working Group on Economic Recovery and Development of the Friends of the Syrian People, bajo la co-presidencia de Alemania y de los Emiratos Árabes Unidos. En el marco de ese grupo, el economista sirio-británico Ossam al-Kadi elaboró un programa para repartir las riquezas sirias entre los países miembros de la coalición, que sería aplicado a partir del “día siguiente” a la caída del gobierno de Al-Assad (27), que por aquel entonces parecía inminente.




Mutaciones de Al-Qaeda y aparición del Estado Islámico

En la historia de la Guerra Contra el Terror impuesta por Bush para perpetuar una nueva Guerra Fría de duración indefinida y de carácter global, la guerra afgana fue importante no solo porque sirvió como modelo de referencia para las intervenciones en Irak, Libia y Siria, sino también porque incorporó las nuevas características diseñadas por los estrategas del Pentágono y de la CIA, la primera de las cuales fue ideologizar el conflicto para presentarlo al mundo como una guerra religiosa contra el Imperio del Mal, en vez de mostrarla como una guerra por la libertad, tal como el mismo Reagan hizo cuando en 1981 firmó la Decisión Ejecutiva de Seguridad Nacional 17, en la cual autorizaba a la CIA para reclutar, entrenar y dirigir grupos paramilitares (“contras”) denominados “rebeldes”, para combatir al gobierno sandinista de Nicaragua, cuyas hazañas fueron particularmente brutales, similares a las llevadas a cabo por los famosos “escuadrones de la muerte” en El Salvador, cuya organización corrió a cargo de un siniestro y misterioso personaje, el coronel James Steele (28), en donde coincidió con David Petraeus para formar el dúo mortal que algunos años después desempeñó un papel tan crucial como nefasto en Irak.

Está exhaustivamente documentado que Petraeus como general al mando de la Fuerza Multinacional y el coronel Steele al frente de los escuadrones de la muerte chiitas, que sembraron el terror entre la población sunita tras la caída de Sadam Hussein, actuaron siguiendo al pie de la letra las instrucciones del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Como lógica reacción defensiva, su actuación originó la resistencia armada suní, que sirvió de base para crear Al-Qaeda de Irak, que pasó a llamarse EIIL (Estado Islámico de Irak y Levante) cuando se expandió por el centro y norte del territorio iraquí, y finalmente ISIS o EI, cuyo líder, Abu Bakr al-Baghdadi, se autoproclamó califa el 29 de junio de 2014 en la recién conquistada Mosul, en cuya mezquita principal declaró a su organización Estado independiente y reclamó que todos los musulmanes del mundo le juraran fidelidad. No cabe duda de que la oscura y enigmática figura del “califa” Al-Baghdadi es el mejor icono fabricado por los diseñadores de la campaña de propaganda global para poner un rostro al más fanático y despiadado personaje del terrorismo islamista después de que Bin Laden se evaporase y pasara a formar parte de los archivos más oscuros de la Historia (29).

Al-Baghdadi, el misterioso "califa" hace tiempo evaporado 

¿Pero quién es en realidad Abu Bakr al-Baghdadi, cuya imagen ha sido tan sospechosamente ocultada en Occidente? En junio de 2014, el general de brigada Kevin Bergner, veterano portavoz militar estadounidense, dio una sorprendente explicación a la capacidad de Al-Bahgdadi para escapar de los ataques: que comparte con el ectoplasma de los espiritistas la cualidad de no existir. Según un artículo publicado en The Washington Post, “era un personaje de ficción cuyas declaraciones en audio las realizó un actor de edad avanzada llamado Abu Abdullah al-Naima” (30). Según fuentes próximas al espionaje ruso y las revelaciones de Edward Snowden, el verdadero nombre del “califa” del Estado Islámico es Shimon Elliot, hijo de padres judíos y agente del Mossad israelí que lo introdujo como topo en el ámbito yihadista (31).Su nombre falso: Irahim ibn Awad Ibn Ibrahim Al-Badri Arradoui Hoseini", alias Abu Du’a, un dato que concuerda con las declaraciones que hizo Emil Lahud, ex-presidente libanés, quien en una entrevista emitida el sábado 9 de septiembre de 2014, aseguró que el grupo terrorista Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL o Daesh) es un proyecto diseñado por la inteligencia israelí y financiado conjuntamente por EE.UU. y otros países árabes, un hecho que también ha sido ratificado por el general Wesley Clark, ex-Comandante Supremo de la OTAN, quien en el año 2007 no tuvo empacho en declarar en una entrevista realizada por Amy Goodman emitida por la cadena CNN, que el Emirato Islámico (también conocido como Daesh, ISIS, ISIL y anteriormente como EIIL) fue “creado por nuestros amigos y aliados para vencer a Hezbollah” (32).


El senador MacCain se reúne en Siria con miembros del Ejército Sirio Libre,
entre los cuales estaba el futuro "califa"Abu Bakr al-Baghdadi 

McCain en Siria el día 28 de mayo de 2013 

En mayo de 2013, el senador John McCain, unos de los más feroces belicistas dentro de los “halcones” de Washington, líder de los republicanos en el Congreso y promotor de las “primaveras árabes, estuvo ilegalmente cerca de Idleb, en territorio sirio (33), donde llegó a través de Turquía para reunirse con el estado mayor del Ejército Sirio Libre (ESL), brazo armado de la “oposición moderada siria”, para verificar la entrega de armamento desde Turquía, en un viaje que sólo se hizo público cuando hubo regresado a Estados Unidos. La estancia de McCain en territorio sirio fue organizada por la Syrian Task Force, que contrariamente a lo que sugiere su nombre, es una organización pro-israelí vinculada al America's Pro-Israel Lobby (AIPAC) (34). En las fotos de dicha reunión aparecen Mohammad Nur, portavoz de la Brigada Tempestad del Norte, integrada en el Frente Al-Nusra (o sea, Al-Qaeda en Siria), que había secuestrado y aún retenía en su poder a once peregrinos chiitas libaneses en Azaz, el general Salem Idriss, jefe del Ejército Sirio Libre y finalmente Ibrahim al-Badri, el mismo personaje que al año siguiente saltaría a la fama como “califa” del Estado Islámico bajo el nombre de Abu Bakr al-Baghdadi.

Según puede verse, al senador McCain no le importó que Ibrahim al-Badri figurase desde el 4 de octubre de 2011 en la lista de los cinco terroristas más buscados por la justicia estadounidense (Rewards for Justice), con una recompensa de hasta 10 millones de dólares para quien contribuyese a su captura, ni que desde el 5 de octubre de 2011, Al-Badri fuera incluido en la lista del Comité de Sanciones de la ONU como miembro de Al-Qaeda. Y es que basta saber quiénes asistieron a la entrevista organizada por el senador MacCain para comprender que todas las canicas pertenecen al mismo saco, es decir, que en el campo de batalla sirio no han existido diferencias entre Al-Qaeda, el Ejército Sirio Libre, el Frente al-Nusra, el Emirato Islámico de Irak y Levante, el Estado Islámico, etc., etc. El aparente rompecabezas deja de serlo en cuanto comprobamos que todas esas organizaciones igualmente terroristas están lideradas por los mismos individuos, que cambian constantemente de nombre y de bandera para confundir a la desinformada opinión pública occidental. Cuando sus líderes dicen ser miembros del Ejército Sirio Libre agitan la bandera de la colonización francesa y sólo hablan de derrocar al “perro Al-Assad”, cuando dicen ser miembros de Al-Nusra, agitan la bandera de Al-Qaeda y pregonan querer imponer el islam –el de ellos– en todo el mundo. Y cuando se declaran miembros del Emirato Islámico, hacen ondear la bandera del Califato y anuncian que expulsarán de la región a todos los infieles. Pero, sea cual sea su etiqueta, han cometido las mismas atrocidades, que es, en esta maldita historia, lo único que hay de verdad. 

Columna motorizada del Estado Islámico en la ciudad de Mosul

En su obsesión por lograr el derrocamiento de Bashar al-Assad, el senador MacCain pasó por alto las críticas que recogió tras su reunión de mayo de 2013 en Idlib y en febrero del año siguiente volvió a reunirse, esta vez en Turquía, con representantes de la oposición contra el gobierno de Damasco para, según declaró “conseguir una estrategia integral con respecto al ISIS y la guerra civil Siria”. Que fuese creíble o no es lo de menos, lo obvio es que algo tenía que decir (35).


Otro testimonio de absoluta solvencia acerca del origen estadounidense del Estado Islámico es el aportado por otro militar de la más alta jerarquía del Pentágono, que fue ignorado por los medios de comunicación occidentales. Durante una entrevista realizada a principios de agosto de 2015 en el programa “Head to Head” de la cadena Al-Jazira, el teniente general Michael Flynn, ex-director de la DIA, Agencia de Inteligencia de la Defensa (la principal organización militar para el espionaje en el extranjero de Estados Unidos), forzado a dimitir como asesor de Seguridad de Donald Trump a las pocas semanas de su nombramiento, realizó unas extraordinarias revelaciones. Según dijo, cuando ejercía como director de la DIA llegó a sus manos un informe que anunciaba ya en 2012 la voluntad norteamericana de crear “un Estado Islámico” en Siria, así como que su posterior expansión no fue debida a un despiste o a un error de cálculo, sino a una decisión explícita y consciente de la Administración Obama (36).

El periodista Medhi Hasan, que hacía de entrevistador, insistió para que el general aclarase la gravísima afirmación que acaba de hacer. Sin empacho alguno, Michael Flynn insistió en que, a pesar de que el informe de la DIA estaba bien elaborado y procedía de fuentes muy fiables, la Administración no le hizo el menor caso. El diálogo discurrió en los siguientes términos:

Hasan: Usted está diciendo que por sus manos pasó el informe de la DIA que afirmaba que esos grupos estaban ahí (ISIS y Al-Nusra), que usted también lo veía claro y que advirtió de ello. Entonces, ¿quién no hizo caso de esas informaciones? 

―Flynn: Creo que la administración.

Hasan: ¿Así que la administración hizo la vista gorda ante su análisis?

Flynn: No creo que hicieran la vista gorda: creo que tomaron una decisión. Creo que fue una decisión deliberada. 

―Hasan: ¿Una decisión voluntaria para apoyar a una insurgencia formada por salafistas, Al Qaeda y los Hermanos Musulmanes? 

―Flynn: Fue una decisión deliberada para hacer lo que están haciendo.

En un determinado momento de la entrevista, Hasan sostiene una copia impresa de ese informe de la DIA de 2012 que había sido desclasificado y leyó en voz alta pasajes claves, tales como “existe la posibilidad de establecer un principado salafista declarado o no declarado en Siria oriental y esto es exactamente lo que los poderes que apoyan a la oposición pretenden con el fin de aislar al régimen sirio”. Después de todo lo expuesto, no creo que haya nadie capaz de poner en duda que la decisión de la Casa Blanca era utilizar a combatientes yihadistas, que bajo el nombre de Al-Qaeda o de cualquier otra denominación, crearían las condiciones para la aparición y ascenso del autodenominado Estado Islámico, con la intención de utilizarlo en Siria para ocupar la parte asignada a los sunitas (Sunistán) en la desmembración y posterior reparto de Siria, según el plan elaborado conjuntamente por Estados Unidos e Israel para diseñar el nuevo mapa del Oriente Medio: una ancha franja que ocuparía toda la zona central del suelo sirio a partir de la inexistente frontera sirio-iraquí, coincidente con la prolongación hacia el Oeste del espacio adjudicado a los sunitas de Irak, pero sin salida al mar. Al lector avisado no le pasará desapercibido el hecho de que dentro de semejante demarcación están los principales campos petroleros, tanto de Siria como de Irak. No cabe olvidar que el control energético mundial es clave fundamental de la geoestrategia de Washington.

Hillary Clinton en Libia con elementos de Al-Aaeda, tras el asesinato de El Gadafi

La contundencia de las gravísimas acusaciones del general Flynn obligaron a que Hillary Clinton tuviera que salir a la palestra, ya que ella ocupaba la Secretaría de Estado cuando tuvieron lugar los hechos más abominables de la guerra sucia realizada contra Libia y Siria durante el primer mandato de Barack Obama. Así, en una entrevista concedida a la revista The Atlantic, buscó justificarse con una argumentación tan cínica como falsa: "El fracaso a la hora de ayudar a construir una fuerza de combate creíble con los autores de las protestas contra el presidente sirio, Bashar al-Assad, […] dejó un gran vacío que los yihadistas ahora han llenado". También agregó que la situación en Siria podría estar desarrollándose de un modo muy distinto "si hubiéramos tardado menos en entrenar y equipar al grupo central del Ejército Libre de Siria". De haber sido así, el gobierno de Estados Unidos "por un lado habría tenido un mejor conocimiento de lo que estaba pasando en el terreno y, por otro, habría ayudado a poner en pie a una oposición política creíble" (37).

Como anteriormente he dejado dicho, la invasión de Irak de 2003, que siguió a la Segunda Guerra del Golfo, tuvo unos efectos determinantes para que grupos fundamentalistas y la propia Al-Qaeda pudieran aparecer y ganar fuerza, ya que durante el gobierno de Sadam Hussein no habían tenido ninguna posibilidad. Pero esta presencia no fue consecuencia indirecta de la invasión, sino que los servicios de inteligencia estadounidenses, con el embajador Negroponte a la cabeza y su segundo, Robert. S. Ford, promovieron los ya citados escuadrones de la muerte, con el fin de hundir el país en el caos y eliminar cualquier posible resistencia a la ocupación. Al igual que el general Petraeus y el coronel Steele, Negroponte tenía ya un siniestro historial creando escuadrones de la muerte en América Central en la década de los ´80 del siglo pasado. Robert S. Ford se convertiría en embajador norteamericano en Siria y enseguida comenzaron a actuar estos escuadrones criminales también en territorio sirio. En esos momentos de la invasión de Irak, ya había en Siria sectores extremistas que apoyaban y daban cobijo a esos grupos paramilitares, que actuaban en conexión con Nawal Fares, embajador de Siria en Irak. Se estaba creando el nido de víboras que no tardarían en extender e inocular su veneno por la tierra siria.



En informes emitidos por el West Point Combating Terrorism Center del ejército de Estados Unidos se mostró de dónde procedía el flujo principal de yihadistas de Al-Qaeda que llegaban a Irak. En ellos se veía que el primer suministrador en número era Arabia Saudí, pero que en proporción de habitantes lo era Libia, en concreto procedentes de la zona de Cirenaica, cuya capital es Bengasi, justo donde años más tarde comenzaron los disturbios en Libia que acabarían con la destrucción del régimen de El-Gadafi. Salta a la vista la conexión entre los centros de acumulación de combatientes de Al-Qaeda y demás grupos afines con el comienzo de las acciones violentas que los medios de información occidentales calificaron como revueltas de “manifestantes pacíficos” tanto en Libia como en Siria poco tiempo más tarde. Las rutas que los yihadistas utilizaban para llegar a Irak fueron prácticamente las mismas que poco después fueron usadas para llegar a Siria. Todo ello bajo el control de Estados Unidos y la colaboración de sus principales socios en la OTAN, especialmente Francia (38) y el Reino Unido, así como con la eficaz ayuda de Israel, Jordania, Turquía, Arabia Saudí y Qatar.

En esos mismos informes también aparecía cuales eran los principales núcleos donde se acumularon los terroristas de Al-Qaeda en territorio sirio durante la guerra contra Irak: Dayr Al-Zawr, en la frontera iraquí, Idlib, cerca de Alepo, y Deraá, junto a la frontera jordana, los mismos sitios que, no por casualidad, fueron precisamente los epicentros donde tuvieron lugar los primeros disturbios que sirvieron como señal de salida para fabricar el conflicto sirio. De manera resumida, podemos decir que los estadounidenses patrocinaron en Irak a las milicias chiitas y su instrucción en técnicas de guerra sucia, mientras que, por otro lado, permitían el fortalecimiento del yihadismo sunita. Esa fue la misión encargada a Al-Qaeda, sus filiales y demás agrupaciones salafistas vinculadas a los Hermanos Musulmanes. Mientras que la organización estuvo dirigida en Irak por Abu Musab al-Zarqaui no fue más que un recurso transitorio, que fue eliminado por las tropas norteamericanas en junio de 2006 en cuanto se convirtió en un estorbo tan molesto como peligroso para estrategas de la CIA cuando decidieron que había llegado el momento de inyectar nueva savia al tronco seco de Al-Qaeda para hacerla operativo otra vez con la colaboración incondicional de sus aliados saudíes y qataríes, cuya obsesión principal no era otra que intervenir en Siria para derrocar a Bashar al-Assad, su enemigo declarado.



Aunque se trate de una figura de menor importancia mediática que Bin Laden o que el “califa” Al-Baghdadi, conviene señalar que también Al-Zarqaui comparte con ellos el ser un títere creado por los servicios secretos occidentales. Reclutado en Jordania por “la Base” o “Al-Qaeda” para servir en las filas de las milicias yihadistas que luchaban contra los soviéticos en Afganistán, poco importa para la propaganda servida por los medios de comunicación occidentales que fuera “un conocido borracho y drogadicto para los fundamentalistas islámicos financiados por Arabia Saudí y los Emiratos del Golfo” (39),ya que sin personajes como Bin Laden, Al-Zarqaui, Al-Baghdadi o los sucesivos recambios que la fábrica de monstruos necesite seguir fabricando, la “guerra contra el terrorismo” perdería buena parte de su razón de ser. Por otra parte, todos estos elementos propios del decorado escénico que necesitan los actores de cara a la representación global tienen en común que desaparecen de la función en cuanto dejan de ser servir para la finalidad que motivó su creación. Es lo que ocurrió con Al-Zarqaui. Tras su eliminación, el núcleo yihadista iraquí de Al-Qaeda fue renovado con el fin de que centrara su acción combativa en Siria, para lo que tuvo que cambiar de camisa, como las serpientes, pasando a ser el Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS) y convertirse en la fuerza armada principal de los musulmanes sunitas capaz de contribuir de manera decisiva a consolidar la desintegración de Iraq y conseguir el derrocamiento de Al-Assad. De este modo, convirtieron el posible frente contra la ocupación norteamericana de Irak en una guerra entre sunitas y chiitas, que supuso de facto la partición del país, a la que también contribuyeron los kurdos ubicados en el Norte del territorio iraquí, cuyos líderes, insatisfechos con la amplia autonomía de la que gozaban, vieron el momento que ni pintado para lograr un Estado kurdo independiente del iraquí, naturalmente con el beneplácito de Washington.



Tulsi Gabbard, congresista demócrata estadounidense por el Estado de Hawaii
Como puede verse, la estrategia aplicada a Siria es una extensión de la que tan exitosamente se venía representando hasta entonces en Irak y que tan buenos resultados obtuvo en Libia. Es lo que la Secretaria de Estado norteamericana, Condolezza Rice, tuvo el cinismo de definir como “caos creativo”, es decir el plan encaminado a conseguir “un nuevo Oriente Medio” (40). Su visión de esta zona de importancia crucial dentro de la estrategia de Washington la definió de manera simple: “De cierta manera, lo que estamos viendo es el comienzo de las contracciones previas al nacimiento de un nuevo Oriente Medio y tenemos que estar seguros de que todo lo que hagamos vaya en el sentido de ese nuevo Oriente Medio y no que suponga el regreso al anterior”. La destrucción de naciones enteras, que ha producido la mayor catástrofe humanitaria acaecida desde la Segunda Guerras Mundial, con centenares de miles de muertos y heridos, millones de desplazados internos, así como las incontenibles oleadas de refugiados que huyeron de sus hogares para buscar la salvación en las costas europeas y que han convertido el Mediterráneo en la mayor fosa de cadáveres del planeta (41) son parte de una inmensa catástrofe humanitaria que a Condolezza Rice no le preocupa en absoluto.




CONCLUSIONES

La realidad del Estado Islámico es la de un saco, que no se tiene en pie si alguien no mete algo dentro. Y ese alguien es quien construyó el saco y en cada momento decide qué es lo que se coloca dentro. Si Al-Qaeda fue una gran obra de ingeniería de los servicios secretos estadounidenses y saudíes hace más de treinta años, el Estado Islámico no es más que la última fase de esta nebulosa mutante, que se disgrega y se vuelve a concentrar en el espacio y el tiempo en función de las circunstancias geopolíticas que son interpretadas por quienes manejan los hilos.

El Estado Islámico, como antes lo fue Al-Qaeda, no es más que una pantalla, otra más, de las muchas creadas por los Servicios de Inteligencia de Estados Unidos para llevar a cabo con absoluta impunidad sus operaciones encubiertas y los atentados de falsa bandera, cuya ejecución resulte necesaria para mantener donde más convenga el miedo hacia el terrorismo islamista y encendido el fuego de la hoguera bélica desencadenada en Oriente Medio en función de los planes diseñados por Estados Unidos con anterioridad a los atentados de septiembre de 2001, consistentes en intervenir militarmente para modificar a su antojo el actual mapa del Oriente Medio en función de sus intereses geoestratégicos, que son fundamentalmente dos: el primero, controlar los riquísimos yacimientos y conducciones de petróleo y gas de aquella zona del mundo, y el segundo, impedir que Rusia tenga acceso a ellos, cercándola e impidiendo su presencia como potencia mundial en el Oriente Medio. El general Leonid Ivashov, que el 11 de septiembre de 2001 ocupaba el cargo de jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas rusas, lo resume con exactitud cuando dijo que “el actual terrorismo internacional es un fenómeno que combina el empleo del terror por parte de estructuras políticas estatales y no estatales como medio para alcanzar sus objetivos políticos mediante la intimidación, la desestabilización social y psicológica de la población, la anulación de la voluntad de resistencia de los órganos del poder y la creación de condiciones propicias para manipular la política del Estado y la conducta de sus ciudadanos".



La supuesta “Guerra contra el Terror” debería ser vista por lo que realmente es, un pretexto para mantener el descomunal ejército estadounidense con presencia en todo el planeta. Los dos grupos más poderosos en la creación de la política exterior estadounidense son el lobby de Israel, el cual dirige la política de EE.UU en Oriente Medio y lo que el presidente Eisenhower designó como “complejo industrial-militar”, que se beneficia de las decisiones que son adoptadas por los miembros que integran el grupo anterior. Como dice el escritor y periodista de investigación Serge Quadrupanni, “la lucha contra el terrorismo es al mismo tiempo vanguardia conceptual y punta de lanza de una estrategia basada en el miedo, que tiende a ocupar todos los rincones de las naciones occidentales. Esta política de fabricación simultánea de temores y de controles supuestamente justificados para nuestra seguridad está condenada a inventarse continuamente nuevos enemigos” (42).

Karl Rove, uno de los neocons de Bush Jr., dijo: “Ahora somos un imperio y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad”. A eso habría podido agregar que para eso están los medios corporativos que dominan la comunicación global como portavoces del imperio, apuntalando las nuevas realidades virtuales que la opinión pública internacional acepta sin discusión alguna, exactamente como se describe en la novela 1984 de George Orwell. Karl Rove agregaba que Estados Unidos iba a crear nuevas realidades “y ustedes, todos ustedes no tendrán más que estudiar lo que nosotros hacemos”. A la fuerza, se le olvidó puntualizar. George Orwell lo expresó hace tiempo y con menos palabras: "La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza". Y en este mundo orwelliano ya estamos instalados.






sábado, 14 de julio de 2018




LA VERDAD SOBRE EL ESTADO ISLÁMICO
                                    (Primera Parte)

                                El simulacro no encubre la verdad. Es la verdad la
                                que encubre el hecho de que ella misma no existe.
                                El simulacro es la verdad.
                                                                                      Jean Baudrillard



Introducción

El profesor Michael Clarke, Director del Royal United Services Institute hasta 2015 y director para el Desarrollo de la Investigación en el King's College de Londres, donde sigue siendo profesor de Estudios de la Defensa, dijo: “Hay guerras que las buscas tú y hay otras que te las buscan, y el caso de Siria está entre las segundas”. Pocas veces ha sido explicada con una sola frase una guerra tan larga y de las enormes proporciones que ha llegado a tener el conflicto sirio. Desde esta perspectiva esclarecedora inicio el presente artículo, en el que intentaré mostrar a qué razones obedece el desencadenamiento del horror que viene destrozando la nación siria desde hace seis años, cuál es la raíz última del conflicto y a qué intereses geoestratégicos obedece la aparición y rápido desarrollo de esa hidra de cien cabezas a la que de manera indistinta se le llama con apelativos tan diversos que suscita confusión: Estado Islámico o EI por sus siglas en español, IS en inglés, ISIS (Islamic State in Iraq and al-Sham), ISIL (Islamic State in Iraq and the Levant) y más frecuentemente Daesh, término que suscita confusión, pues “Daesh” o Da'ish es un acrónimo de Al Dawla al-Islamyia Irak Wa'al Sham, nombre adoptado en un principio por la organización, aunque sus líderes decidieron evitar su uso porque da pie a un juego de palabras que en árabe resulta insultante, pues Da'ish en plural —daw'aish— equivale a descerebrados, intolerantes o fanáticos que necesitan imponer sus criterios sobre los demás. Para evitar equívocos, en este artículo utilizaré la denominación de “Estado Islámico”, a pesar de que, paradójicamente, no se trata de un Estado ni es islámico.



El súbito estallido de violencia desencadenado en Siria durante el mes de marzo de 2011 no debería engañar a nadie, porque a estas alturas sabemos que sigue el procedimiento que es habitual en estos casos: transformar el posible malestar existente en manifestaciones pacíficas y convertir inmediatamente a éstas en acciones tan violentas como bien organizadas para difundir la idea de que existe una situación de guerra civil en la que las piadosas naciones de Occidente deban intervenir “por razones humanitarias” para lograr la paz, la justicia y la democracia violadas por un gobierno marcado por los estrategas de Washington para ser destruido por la fuerza. Al precedente creado en Afganistán durante la década de los ´80 del pasado siglo, cuando se fabricó una guerra que todavía no ha terminado mediante la creación de una milicia yihadista destinada a combatir las tropas soviéticas que habían acudido en ayuda del gobierno de Kabul, en Siria se perfeccionó el mecanismo con el fin de evitar la intervención militar directa, para lo que la agresión fue programada utilizando la base de milicias yihadistas preexistentes que fueron financiadas, armadas y dirigidas con la única finalidad de derrocar a Bashar al-Assad, desintegrar Siria y dividir su territorio según criterios religiosos y étnicos (1), bajo la tutela de Estados Unidos, siguiendo el modelo de Iraq, el mismo que ha sido aplicado en Libia con el devastador resultado que todos conocemos.

Con Siria en el corazón y en mis mejores recuerdos desde que salí de Damasco en los últimos días de octubre del año 2010, cuatro meses antes de que se convirtiera en el volcán que no ha dejado de estar en permanente erupción, seguí entre el asombro y la incredulidad la versión que los medios de comunicación españoles ofrecían del conflicto iniciado en el mes de marzo de 2011. Me costaba trabajo creer la versión de lo que estaba pasando en el tranquilo y hospitalario país que acababa de dejar. Insatisfecho con la información que recibía, no tardé en indagar por mi cuenta para encontrar una explicación plausible al sangriento enfrentamiento que se había desencadenado, con el resultado de que en septiembre de 2012 tomé la decisión de publicar en mi blog “El Saco del Ogro” los sucesivos análisis que sobre el conflicto sirio he ido realizando, ya que desde desde entonces no he dejado de seguir ni un solo día todo cuanto tuviera relación con lo que en Siria acontecía. Creo que en mis artículos he demostrado cumplidamente que la información ofrecida por nuestros medios de comunicación —televisión, prensa y radio— ha sido y sigue siendo intoxicación pura y dura de un calibre tal que haría palidecer de envidia al mismísimo Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de la Alemania nazi. Su objetivo: que la opinión pública aplaudiera cuando, finalmente, el benévolo coloso norteamericano aplastara al miserable dictador Bashar al-Assad, destrozara todas las instituciones del Estado y llevara "su" democracia a Siria para liberar a su pueblo del ominoso yugo que soportaban. En nuestra memoria colectiva permanece el exhibicionismo obsceno con que fue servida la retrasmisión televisada del asalto a Bagdad con bombardeos televisados en directo, como si se tratara de un espectáculo de luz y sonido.





Operación Ciclón: La trampa afgana

Tras la hecatombe de Vietnam, la fuerza de los movimientos pacifistas norteamericanos opuestos a las intervenciones militares en el extranjero llevaron al entones Secretario de Estado, Henry Kissinger, a diseñar una respuesta al cambio de contexto: si Estados Unidos no podía realizar intervenciones militares directas actuaría valiéndose de otros (2). Así comenzó la era de las guerras realizados por terceros o “guerras por encargo”, que marcaron el período desde Vietnam hasta la guerra de Siria, cuyo primer hito importante fue la Operación Ciclón, por la que el presidente Jimmy Carter (1977-1981), a instancias de su influyente Consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, autorizó financiar de manera secreta la constitución en Afganistán y Pakistán de un movimiento de guerrilleros islámicos con la finalidad de combatir al Ejército soviético, que a finales de diciembre de 1979 había desplazado 110.000 soldados a Afganistán en respuesta a la petición de ayuda formulada por el gobierno de Kabul, formado por el Partido Democrático Popular (PDP). En una comparecencia televisada realizada en enero de 1980, el presidente Carter dijo: “Tenemos que reconocer la importancia estratégica de Afganistán para la paz y la estabilidad. Un Afganistán ocupado por los soviéticos amenaza a Irán y Pakistán y supone un paso más hacia el posible control de gran parte de los recursos petroleros del mundo”. Es la primera vez que el poder estadounidense reconocía públicamente que el interés por controlar la producción y distribución del oro negro es una de las bases de la geoestrategia que inspirará su política militar en las décadas posteriores, cuyos eslabones siguientes serían Irak, durante los mandatos de los dos Bush, y las guerras fabricadas en Libia y Siria durante el primer mandato de Obama y mantenidas durante el segundo.



Después de una campaña catastrófica en la que sufrieron 14.000 muertos y más de 50.000 mil heridos, las tropas soviéticas abandonaron Afganistán el 15 de febrero de 1989. Fue una derrota que precipitó el colapso de la URSS tras la caída del muro de Berlín y su disolución final en el año 1991. Las financiación a través de la CIA que el gobierno de Estados Unidos destinó a los guerrilleros afganos supuso “el mayor programa de acción encubierta desde la Segunda Guerra Mundial” (3). La aportación estadounidense fue complementada con las realizadas por el gobierno saudí y las remesas de fondos recaudados por las mezquitas, donantes privados e instituciones de caridad no gubernamentales de todo el mundo islámico. Los servicios de espionaje de Pakistán (ISI, por sus siglas en inglés) dirigidos por el general Muhammad Zia-ul-Haqse coordinaron el reparto de los fondos, las entregas de armas y el entrenamiento militar a más de 100.000 militantes islámicos, que fueron adiestrados en la fabricación de bombas y otras técnicas terroristas entre los años 1986 y 1992 en campamentos de Pakistán supervisados por la CIA y el MI6 británico, en colaboración con las SAS (fuerzas especiales británicas), para constituir las milicias de los muyahidines talibanes y de los yihadistas de Al-Qaeda (4), cuyos líderes fueron instruidos en los cuarteles de la CIA en Langley, estado de Virginia. Esta enorme maniobra de sabotaje fue denominada Operación Ciclón y se mantuvo operativa mucho tiempo después de que la retirada soviética se produjera (5).

Fue en 1985 cuando el mulá Omar y su equipo talibán fueron invitados por Ronald Reagan a la Casa Blanca para negociar la construcción del gasoducto transafgano “TAPI” (Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India, “TAPI”) sobre las ruinas del espacio soviético. Los guerrilleros opositores, llamados genéricamente “muyahidines”, fueron glorificados como héroes por la fábrica de producir monstruos hollywoodense. Dos años más tarde, en 1987, llegó a Peshawar a bordo de un avión C-123 cargado con armas para estos muyahidines un extraño pasajero: el millonario saudí Osama bin Laden, que catorce años más tarde pasaría a los anales de la Historia, cuando el establishment norteamericano decidió convertirlo en el promotor de los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono que conmovieron al mundo el 11 de septiembre de 2001.



Bin Laden fue reclutado por la CIA en 1979 en Estambul y desde un primer momento contó con el apoyo del príncipe saudí Turki bin Faisal al-Saud, su amigo y jefe de la inteligencia saudí y también estuvo vinculado con el líder muyahidín afgano Gulbudin Hekmatyar, ambos figuras centrales en la red de colaboradores de la CIA. El General Akhtar Abdul Rahman, jefe del ISI de Pakistán desde 1980 hasta 1987, se reunía periódicamente con Bin Laden en territorio paquistaní, ya que ambos se asociaron para exigir un impuesto sobre el comercio del opio a los señores de la guerra, de tal manera que Bin Laden y el ISI se dividieron ganancias que ascendían a más de cien millones de dólares anuales. Cabe recordar que la CIA ya utilizó de manera encubierta el negocio de la droga para financiar los gastos extraordinarios que supuso la guerra del Vietnam, un tráfico tan perfectamente probado y bien documentado que ha servido de guión para varias producciones cinematográficas de Hollywwood. En 1985, el hermano de Osama bin Laden, Salem, reconoció que Osama era “el vínculo entre Estados Unidos, el gobierno saudí y los rebeldes afganos”(6), siendo conocido por la CIA con el seudónimo secreto de “Tim Osman”.

En 1988, Bin Laden promovió “la creación de un nuevo grupo militar”, que pasados algunos años llegaría a ser conocido como Al-Qaeda (7). Al frente de caridad constituido para financiar sus futuras actividades en Afganistán, Maktab al-Khidamat (MAK), se unió la creación en Nueva York del Al-Kifah Center de Brooklyn, con la finalidad de servir como oficina de reclutamiento para los musulmanes que irían a Afganistán para combatir a los soviéticos, proporcionando el gobierno norteamericano los visados especiales requeridos para que pudieran entrar en Estados Unidos con el objeto de recibir adecuado entrenamiento. El Centro Al-Kifah fue considerado “intocable”, ya que estaba “protegido por no menos de tres organismos”, incluyendo el Departamento de Estado, la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y la CIA (8).



Entre la abundantísima documentación existente de fuentes muy diversas, destaca por su audacia el testimonio personal de Michael J. Springmann, funcionario que entre 1987 y 1989 trabajaba en Arabia Saudí como jefe del departamento de visados del consulado estadounidense en Jeddah y que presenció cómo los agentes de la CIA entregaban visados a "personajes repugnantes" que más tarde se convertirían en yihadistas y figuraron en las listas internacionales del terrorismo. Al asumir el cargo de responsable de los visados, Springmann no tardó en ver que su trabajo consistía esencialmente en estar al servicio de los oficiales de la CIA y de sus agentes en Arabia Saudí. Springmann no solamente ha dejado minuciosa constancia de su experiencia en un libro de singular valor documental, Visas for Al-Qaeda: CIA Handouts That Rocked the World” (Visados para Al Qaeda: los papeles de la CIA que sacudieron al mundo) (9), sino que, con el transcurso del tiempo, el desarrollo de los acontecimientos le ha permitido establecer la exacta correspondencia existente entre Al-Qaeda y el Estado Islámico en cuanto a la formación de las brigadas yihadistas y sus objetivos.




Los combatientes entrenados por Estados Unidos que lucharon en Afganistán en la denominada Legión Afgana-Árabe, que fue la base de Al-Qaeda, tras la retirada soviética se trasladaron para operar en otros escenarios conflictivos, especialmente en Yugoslavia, Irak, Libia y Siria. Según denuncia el propio Springmann, los agentes de la CIA en Arabia Saudí, incluyendo los del consulado de Jeddah, reclutaron y entrenaron a los muyahidines que se convirtieron en miembros de Al-Qaeda y más tarde del Estado Islámico: "Yo he visto el inicio de este proceso, pero en aquel momento no pensé en sus consecuencias", confiesa el ex-funcionario norteamericano, quien concluye: “Todos hemos visto el desarrollo posterior y el resultado del control de los servicios de inteligencia en la política exterior y en la diplomacia; la gente entrenada por aquellos agentes ayudaron a desmembrar Yugoslavia, destruir Libia y destrozar Siria". En una entrevista realizada a Springmann el día 30 de julio de 2015 por El Vórtice Radio, es posible escuchar todo lo anteriormente referido de su propia boca, lo que constituye un testimonio de inestimable valor documental (10).

Después de la salida de las tropas soviéticas, la atención hacia Afganistán derivó hacia un cierto desinterés, mientras que el territorio afgano se sumía en la dictadura fundamentalista de los talibanes, quienes en 1996 instauraron el Emirato Islámico de Afganistán, bajo la dirección espiritual del mulá Omar, coincidiendo con la vuelta de Osama bin Laden, que fue bien recibido tras su expulsión de Sudán, donde había establecido temporalmente su base de operaciones. Después de algunas vicisitudes que no cabe explicar aquí, conviene dirigir el foco a los atentados del 11-S en Nueva York y Washington, pues fue entonces cuando la propaganda estadounidense decidió convertir al grupo residual de yihadistas que encabezaba Bin Laden en esa hidra de las mil cabezas llamada Al-Qaeda, que encarnó durante la primera década del siglo XXI el orwelliano papel de enemigo público número uno de Occidente dentro del Eje del Mal declarado por Bush. Parece obvio que para la existencia real de esa guerra era y sigue siendo requisito necesario la existencia de un terrorismo yihadista de carácter global, capaz de producir el miedo deseado y su carga involutiva de libertades y derechos civiles, drásticamente recortados por Bush con la excusa del terrorismo mediante la Patriot Act, mantenida y hasta ampliada por Obama. De manera sintética cabría decir que “Estados Unidos creó una infraestructura de terror, pero que la anunció como una de liberación” (11).




En una entrevista publicada en 1998 por la revista francesa Le Nouvel Observateur, Zbigniew Brzezinski, el influyente consejero de los presidentes norteamericanos desde Carter a Obama, hizo unas revelaciones memorables, porque lo que no se había dicho hasta entonces era que la implicación de la CIA en Afganistán no empezó después de la entrada de los soviéticos, sino antes de que tuviera lugar, precisamente para provocarla. Según declaró Brzezinski: “De acuerdo con la versión oficial de la historia, la ayuda de la CIA a los muyahidines empezó en 1980, es decir, después de que los soviéticos invadieran Afganistán el 24 de diciembre de 1979. Pero la verdad, mantenida en secreto hasta ahora, es totalmente otra. Realmente, fue el 3 de julio de 1979 cuando el presidente Carter firmó la primera orden para ayudar en secreto a los opositores del régimen pro-soviético de Kabul. Ese mismo día escribí una nota al Presidente en la que le explicaba que, en mi opinión, esta ayuda induciría a una intervención militar de los soviéticos”.

Esta descarada revelación significa que la CIA no eligió un movimiento opositor preexistente de luchadores por la libertad y los ayudó en su combate contra los soviéticos, sino que la inteligencia norteamericana (ayudada por la británica, la saudí y la paquistaní) reclutó extremistas islámicos con el expreso propósito de provocar a los soviéticos para que invadieran Afganistán. Según palabras de Brzezinski, si estos muyahidines no hubieran sido organizados por la CIA, cabe suponer que los soviéticos no habrían entrado en Afganistán. Orgulloso de su éxito, añade Brzezinski: “Esa operación secreta fue una excelente idea. El día en que los soviéticos cruzaron oficialmente la frontera [de Afganistán] escribí al presidente Carter: Ahora tenemos la oportunidad de darles a los rusos su guerra de Vietnam”. Preguntado acerca de si se arrepentía de la decisión adoptada, ratificó su satisfacción preguntando a su vez: “Qué es más importante para la historia del mundo, los talibanes o el colapso del imperio soviético? ¿Algunos musulmanes exaltados o la liberación de Europa Central y el final de la guerra fría?” (12).





Visto lo que antecede, solamente un iluso podría extrañarse de que este mismo personaje aconsejara a Obama la utilización de un procedimiento similar, de cuyos exitosos resultados tan orgulloso estaba, para intervenir secretamente en Libia y en Siria con el fin de promover milicias yihadistas que “actuaran” desde dentro con el fin de derrocar a sus respectivos gobiernos sin necesidad de implicarse militarmente de manera directa ante los ojos del mundo. La realidad de las revueltas en Siria iniciadas en Daraa y lugares próximos a comienzos de 2011 fue bien distinta a la relatada desde Occidente. La realidad fue sistemáticamente ocultada por los grandes medios corporativos que informan según el guión decidido por Washington, con el apoyo de los países de la OTAN y sus vasallos del Oriente Medio. Los grupos violentos y militarmente organizados que de manera casi inmediata comenzaron a realizar sangrientos atentados y matanzas de civiles, preferentemente en barrios ocupados por cristianos, no surgieron como una consecuencia de la “inestabilidad” o de la “guerra civil” en Siria, sino que fueron la causa de esa “inestabilidad”: Fueron creados para fabricar la guerra y no al revés, siguiendo el modelo afgano (13).

Es importante destacar que los estrategas de la administración Reagan introdujeron importantes novedades, que pasaron a formar parte esencial de las intervenciones norteamericanas en Iraq, Libia y Siria, la primera de las cuales fue privatizar la guerra, reclutando, entrenando y dirigiendo desde las sombras una red global de luchadores islámicos contra la URSS, susceptibles de ser utilizados luego donde mejor conviniera, mientras que también empleaba ejércitos privados directamente contratados por el Pentágono. En segundo lugar, en Afganistán se inició “la guerra preventiva” de duración indefinida, un nuevo concepto estratégico que Bush y Obama han utilizado como instrumento operativo para declarar y mantener su particular Guerra contra el Terror, que las agencias de comunicación globales se han encargado de propagar desde que comenzó el siglo XXI y que hoy continúa a través de los atentados yihadistas realizados en suelo europeo, cuya dirección o ejecución son atribuidas inmediatamente al Estado Islámico, que es el más reciente ente fantasmal creado para sustituir a Al-Qaeda cuando las necesidades del guión así lo exigen, tal como ocurrió con el primero y más mortal de ellos: los atentados cometidos en los trenes de cercanías de Madrid el día 11 de marzo de 2004, cuya autoría sigue siendo falsamente atribuida a Al-Qaeda (14).

"Guerrero antisoviético pone sus armas al servicio de la Paz", reportaje sobre
Bin Laden en The Independent, 6 de diciembre de 1993.

Después de haber sido Secretario de Asuntos Exteriores con el primer gobierno de Tony Blair y posteriormente líder de la Cámara de los Comunes, Robin Cook dimitió de éste último cargo el 17 de marzo de 2003 en un discurso de renuncia que recibió por primera vez en su historia una ovación con los miembros del Parlamento puestos en pie. Las causas de su dimisión las expuso sin medias tintas: “No puedo aceptar la responsabilidad colectiva por la decisión de comprometer a Gran Bretaña en una acción militar contra Irak sin un acuerdo internacional o apoyo interno". Tras dejar su puesto, Cook no solo siguió mostrándose contrario a la guerra, sino que acusó a los servicios de inteligencia británicos de haber falseado la realidad, pues, según sus informaciones, Sadam Husein no disponía de armas de destrucción masiva ni era aliado de Bin Laden en la organización del terrorismo internacional. Al día siguiente de los ataques terroristas cometidos en Londres el día 7 de julio de 2005, atribuidos de inmediato a Al-Qaeda de la misma manera que sucedió con los cometidos en Madrid el año anterior, Robin Cook publicó un artículo en el diario The Guardian, en el que hizo una revelación sensacional: "Al-Qaeda, literalmente 'la base de datos', fue al principio el archivo informático de unos miles de muyahidines, que fueron reclutados y entrenados con la ayuda de la Agencia Central de Información -CIA- para derrotar a los rusos" (15). 



Bush y el nuevo proyecto imperial

Mientras Bill Clinton ejercía la presidencia, el equipo de políticos neoconservadores, denominados neocons, que tuvieron sus primeras experiencias en el poder en tiempos de Ronald Reagan y que se habían consolidado con G.H.Bush, preparaban, alejados de los puestos de gobierno, no solo la vuelta de un presidente republicano al poder, sino una nueva formulación del papel de Estados Unidos en la escena mundial, que implicaba un retorno al rearme y al unilateralismo, con una nueva idea de imperio para la etapa posterior a la guerra fría. Si la dirección política correspondía a hombres que habían desempeñado ya importantes cargos en el pasado, como Donald Rumsfeld o Dick Cheney , la formulación de los nuevos proyectos procedería de un grupo de intelectuales, muchos de ellos de origen judío, influidos por el pensamiento de Leo Strauss, que había sido maestro de muchos de ellos en la Universidad de Chicago. En una ocasión, Bush Jr. preguntó a su padre qué era un neocon:

Quieres nombres o una descripción ―le preguntó el padre a su vez.
Descripción.
Bueno, te la daré en una palabra: Israel (16).

Al llegar George W. Bush a la casa Blanca ya traía en su agenda un programa de ampliación en los gastos militares sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, que incluía la creación del famoso Escudo Antimisiles. Una primera formulación de tal propósito la encontramos en un informe redactado por Dick Cheney y sus colaboradores en 1992: Project for a New American Century (Proyecto para un nuevo siglo americano), documento que había conducido a la creación de una fundación con ese mismo nombre en 1997. En septiembre del año 2000, la fundación referida publicó otro documento con un título todavía más revelador: Rebuilding America's Defenses: Strategies, Forces and Resources for a New Century (Reconstruir las defensas de los Estados Unidos: estrategias, fuerzas y recursos por un nuevo siglo), redactado bajo la dirección del propio Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz (17). Después de efectuar un análisis de las fuerzas y debilidades del aparato militar estadounidense, concluye la articulación de su estrategia en torno a cuatro ejes que deberán constituir las líneas maestras de la política a emprender por los Estados Unidos, a saber: 1º) Incremento sin precedentes en época de paz del presupuesto militar. 2º) Derrocamiento de los regímenes no afines a la política estadounidense en Oriente Medio. 3º) Abrogación de los tratados internacionales desfavorables a los intereses norteamericanos. 4º) Control de los recursos energéticos mundiales y 5º) Demonización de Rusia para convertirla en enemiga permanente de Estados Unidos, contando con la servidumbre de sus “aliados” de la OTAN para imponer el Nuevo Orden Mundial consistente en ejercer el control para que su hegemonía unipolar fuese indiscutida. Para esta última finalidad era conveniente crear conflictos armados y focos de tensión en Oriente Medio e incluso en la misma Europa, que sirvieran para mantener a los gobiernos europeos como aliados sumisos respecto a la estrategia de tensión permanente diseñada por Washington y cuya más evidente materialización en suelo europeo está en la guerra de Ucrania, que provocó la partición del país y el mantenimiento en estado latente de un conflicto bélico que puede ser atizado cuando convenga a los estrategas estadounidenses (18).




Ese documento preconizaba la transformación de los Estados Unidos en el "poder dominante del futuro", no sin advertir que “el proceso de transformación será posiblemente largo de no producirse otro evento catastrófico y catalizador como un nuevo Pearl Harbor.”. El cataclismo esperado no tardó en producirse con los atentados del 11 de septiembre, ocho meses después de que Bush ocupara la Casa Blanca el 20 de enero de 2001. La “providencialidad” de los atentados del World Trade Center y del Pentágono resulta difícil no compararlas con la del famoso incendio del Reichstag de Berlín, porque de igual manera fue utilizado como detonante para producir una reacción en cadena cuyos desastrosos efectos no han dejado de producirse hasta el día de hoy.

Contrariamente a la información ofrecida por los medios de comunicación occidentales, Osama bin Laden condenó los atentados y negó rotundamente haber participado en ellos en una entrevista realizada por un periódico paquistaní (19), en la que afirmó no tener conocimiento previo de ellos y que nunca habría tolerado el asesinato de mujeres y niños inocentes ni de otras personas, pidiendo a Estados Unidos que buscase a los autores entre su propia gente, puesto que se trataba de personas interesadas en producir el mayor enfrentamiento posible entre Islam y Cristianismo. Su desmentido apenas si tuvo eco en los grandes medios de comunicación europeos y estadounidenses, que difundieron una versión según la cual Bin Laden decía estar orgulloso de los atentados perpetrados en Nueva York y en Washington, que los aplaudía y que, lleno de odio, preconizaba otros atentados terroristas, sobre todo en Estados Unidos y en sus naciones aliadas (20).




Hablando en la Catedral Nacional de Washington unos días después de los atentados del 11 de septiembre, Bush se apropió de la misma ideologización de tipo religioso usada por Reagan cuando la guerra afgana para elevarla a proporciones escatológicas: se trataba, ni más ni menos, que de "librar al mundo del mal". Como amenazó sin andarse con rodeos: "Todas las naciones, en todas las regiones del mundo, tienen una decisión que tomar. O están de nuestra parte o están de parte de los terroristas".





NOTAS

1. José Baena, El holocausto sirio: Por el bien del imperio, Blog El Saco del Ogro, 20 de enero de 2013.

2. Greg Grandin: Kissinger's Shadow: The Long Reach of America's Most Controversial Statesman, Metropolitan Books, Nueva York, 2015.
También puede consultarse su artículo “Henry of Arabia”, en TomDispatch.com, 27 septiembre 2015. Le Nouvel Observateur, ejemplar del 5-21 de enero de 1998, p. 76.

3. Phil Gasper: Afghanistan, the CIA, Bin Laden, and the Taliban. International Socialist Review, noviembre-diciembre 2001.

4. Michael Meacher: The Pakistan connection, The Guardian: 22 de julio de 2004.

5. Peter Dale Scott: The Road to 9/11: Wealth, Empire, and the Future of America. University of California Press, 2007, p. 123.

6. Douglas Jehl, Senators Accuse Pentagon of Obstructing Inquiry on Sept. 11 Plot. The New York Times: September 22, 2005:

7. Philip Shenon: Pentagon Bars Military Officers and Analysts From Testifying. The New York Times, 21 Sept. 2005

8. Michael Isikoff, Exclusive: The Informant Who Lived With The Hijackers. Newsweek, 16 de septiembre de 2002.

9. Michael J. Springmann: Visas for Al Qaeda: CIA Handouts That Rocked the World: An Insider's View, Daena Publications LLC, Pembroke Pines, EE.UU., 2015.

10. Michael J. Springmann: Cómo la CIA creó Al-Qaeda e ISIS. Yo fui testigo. El 30 de julio de 2015, Michael Springmann concedió una entrevista a El Vórtice Radio en la que se puede escuchar su inestimable testimonio. Aunque realizada en inglés, va siendo traducida al español por el presentador conforme la entrevista se desarrolla. Ver el enlace:

11. Mahmood Mamdani: La invención de la violencia política: La Yihad made in USA, diario La Jornada, México, 13 de febrero de 2005.

12. Le Nouvel Observateur, ejemplar del 5 al 21 de enero de 1998, p. 76.

13. José Baena: Siria: sangre, fuego, mentiras y cintas de vídeo, Blog El Saco del Ogro, 10 de septiembre de 2012

14. Sobre los atentados del 11-M hay mucho publicado, bueno, regular y vomitivo. Referencia obligada es el primer artículo de la serie “Los agujeros negros del 11-M. Una versión policial llena de incongruencias”, del gran periodista Fernando Múgica, publicado por el diario El Mundo, el 18 de abril de 2004, apenas un mes después de la masacre.

Sobre todo lo demás libros editados, destaco los dos siguientes:
Luis del Pino: Los enigmas del 11-M, ¿conspiración o negligencia?, Ed. Libros Libres, Madrid, 2006.

Ignacio López Bru: Las cloacas del 11-M, Ed. Sepha, Málaga, 2013.
También me atrevo a recomendar mis artículos sobre los atentados:
José Baena: El 11-M: Apuntes para la Historia, Blog El Saco del Ogro, 11 de marzo de 2016.

15. Robin Cook: The struggle against terrorism cannot be won by military means, The Guardian, 8 de julio de 2005.

16. Josep Fontana: Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945, Ediciones de Pasado y Presente, Barcelona, 2011, pgs. 837- 838.

17. Rebuilding America's Defenses: Strategies, Forces and Resources for a New Century, septiembre de 2000:

18. José Baena: Ucrania por el camino de Siria: Informe para ciegos, Blog El Saco del Ogro, 27 de febrero de 2014.

19. Entrevista publicada el 28 de septiembre de 2001 en el diario Ummat, de Karachi.

20. Andreas von Bülow: La CIA y el 11 de septiembre. El terrorismo internacional y el papel de los servicios secretos, Ellago Ediciones, Castellón, 2006, p. 77.