jueves, 20 de diciembre de 2018



                       LOTERÍA Y MEMORIA






El problema de las imágenes atraviesa el discurso entero, todos los discursos. Cuando se nombra una piedra o el mar, aunque no estén las cosas a la vista de los sentidos, sus imágenes están presentes en la memoria, imágenes que son a veces la memoria misma, ese hilo conductor que desde la nada al País de Nunca Jamás, a veces nos alivia la carga de un tiempo reductor, sin nombre ni voz, sólo número. Tiempo feroz que se acelera y huye, desvaneciéndose como un jirón de niebla. Tal como nos desvanecemos nosotros, también tiempo a fin de cuentas. Somos criaturas del tiempo, sí, pero de un tiempo rebosado de imágenes, con memoria. Lo que pasa es que la velocidad que se ha ido apoderando del mundo nos ha instalado en el vértigo y lo que un día soñamos aprehender se nos esfuma si la memoria nos traiciona o falla.

Velocidad, pérdida de las señas de identidad que posibilita todas las deserciones, todas las traiciones, ese “todo vale” que ha convertido nuestra escena en un vergonzante Patio de Monipodio, en el que nos hemos ido transformando casi sin darnos cuenta en el viejo Scrooge, aquel personaje de Dickens al que le fue dado contemplar en sueños su acabamiento, sus últimos días, su muerte e incluso su sepultura, en la que su propio nombre grabado representaba la conclusión de su tiempo, ese proceso aciago en el que fueron desapareciendo una tras otra sus más nobles aspiraciones hasta no quedar otra cosa que afán de ganancias y voracidad. Horrorizado por la visión, Scrooge quiere de nuevo vivir pasado y presente para acceder a otro futuro distinto y borrar así la pesadilla que vio escrita en la lápida. Desesperado, necesita la oportunidad de construirse una nueva memoria, que es lo mismo que decir una nueva identidad.




Al fin y al cabo, tal vez no sea un ejercicio perdido entregarse al arte de la memoria aprovechando la inevitable evocación que a todos nos sugiere, al margen de ideas o creencias, las fechas navideñas que se nos aproximan o el año que se termina y que tan difícil está resultando para tanta gente, instalados en una crisis que maltrata nuestra convivencia porque no encontramos la salida y las cosas pueden ponerse todavía peor.

Cuando era niño, estos días en los que se anuncian todos los inviernos y en los que las vacaciones navideñas estaban a la vuelta de la esquina, eran días de expectación. Al salir de mi diaria clase de dibujo en el caserón de San Telmo, antigua Escuela de Bellas Artes, en la plaza de la Constitución, que algunos llamaban de José Antonio, los altavoces de la tómbola de caridad anunciaban premios sin fin entre una algarabía de tenderetes que convertían la escena en un decorado mágico: bayas rojas, hiedras, ramas de pino con piñas pintadas de purpurina, pastorcitos de barro y un indecible número de maravillas, entre villancicos y música de zambombas. Compartía con mis amiguitos, cofrades todos de Peter Pan, aquel arrebatado alboroto que hoy me atrevería a llamar felicidad. Imágenes y memoria de aquellos días en los que impregnábamos con nuestra agitación un aire malagueño que sabía de todas las penurias y miserias de una posguerra tan pertinaz como la sequía oficialista, en un país de veinte millones de habitantes y quince millones de pobres.




Y pese a todo, tiempo de anhelos puros, claridad en las sombras, sol limpio en el día, voz clara en la calle si pregón de la suerte y de sus sueños sin nombre:

¡El Gordo…! ¿Quién quiere el Gordo de la Lotería de Navidad?

Papá, ¿si nos toca el gordo compraremos el coche más grande que haya y para mí el colt 45 de Texas Bill y una caja de acuarelas…y todos los tebeos que quiera…?

Todavía en la cama, despertándome de los sueños sin pesadillas, se abrían paso las voces mágicas de todas las ilusiones. Las ondas de la radio concretaban el milagro presentido en la cantinela esperadísima de los niños del Colegio de San Ildefonso y los millones de pesetas que caían en un pausado chaparrón sobre el país hambriento y sobre nuestro subdesarrollo. La modorra se evaporaba como por ensalmo y la feliz letanía de la Lotería de Navidad era lo único que importaba, lo único real. Aquella mañana era distinta a todas. El pulso del barrio se detenía aguardando el gran chupinazo del Gordo o, al menos, la cercana caída de alguna “pedrea”. Lo improbable rozaba lo cotidiano, los sueños limaban sus bordes y se mezclaban con el aire que respirábamos, imagen real e imagen virtual se juntaban en una promiscuidad casi obscena que no por efímera resultaba menos fascinante, porque durante la mañana entera todos formábamos parte de un milagro.





Es inútil negarlo. Confesemos que la gran puesta en escena de la Lotería de Navidad forma parte de nuestros mejores recuerdos, que sus imágenes son parte de nuestra memoria colectiva y de toda una mitología de la felicidad en la que el enriquecimiento súbito y limpio viola las leyes del tiempo y su miserable entropía. Y que por todo ello, también forma parte todavía de nuestras esperanzas secretas en esta época de crisis radical de todo y casi todos. Tiempo así recobrado y recobrada memoria ahora que está tan de moda entonar la Canción del Olvido y no recordar que somos quienes somos.

Podremos o no recuperar el tiempo perdido siguiendo las huellas de guijarros blancos en el bosque tenebroso de nuestro momento presente, como hiciera Pulgarcito. Pero muchos de nosotros somos incapaces de extraviar deliberadamente la memoria reencontrada. Pulgarcito siempre regresa. Como una sombra fijada a nuestra piel.

Quizás, ante tanta velocidad innecesaria, ante tanto extravío irresponsable, sea preciso sosegarse, detenerse al filo del camino e intentar en la moviola del tiempo un cierto regreso a los orígenes de nuestras ilusiones para no perder definitivamente el sentido utópico de la ilusión misma. Es necesario abrir una pausa para recuperar la fascinación por el milagro, dejarse seducir por la seducción y seducir lo que resulte seducible, sin forzar tanto la marcha de nuestra maquinaria porque acabará hecha añicos. Hay tiempo para todo, incluso para que los tiempos se junten. Las cosas serán alcanzables o no, pero, desde luego, nunca a cualquier precio o caiga quien caiga.

El Gordo de Navidad representaba para nosotros, ahora podemos saberlo, la plenitud sin precio, la riqueza blanca no conseguida a cambio de claudicaciones vergonzantes. Lo contrario, precisamente, de ese dinero negro de la corrupción que hoy enturbia nuestra vida social y nuestra economía del valor, porque conculca la imagen de lo valioso en sí, que es el hombre mismo, ese ser tan contradictorio y descubridor de universos, hoy en vías de extinción. La lotería como reivindicación y símbolo del azar. De lo improbable en nosotros.

Para ser fieles a la memoria y a falta de realizar los sueños, tarea imposible, hay que tratar de salvarlos contra viento y marea, jugando en el sentido amplio y fuerte del término. No tanto buscando un sentido al mundo o de la vida como participando en sus juegos. Jugar el juego y ser jugados por él. Juego que, inevitablemente, por estas fechas, no puede menos que llamarse Lotería de Navidad.



Lotería y memoria, juego y utopía, felicidad virtual, realidad del sueño que guarda, siquiera sea por unos momentos, la esperanza. Hasta que el juego se juegue y nos juegue. Porque el juego sigue y nosotros seguiremos en él. Ya vendrá el “Niño” con su repesca de la suerte. Y yo que seguiré jugando mientras Dios lo quiera, adquiriendo boletos de la suerte por buscador impenitente de esa felicidad en la que ya ni creo. Pero a estas alturas, ya sabemos que se trata de otra cosa. De salvar las imágenes del tiempo y su memoria como cosas constitutivas de nuestra propia mismidad personalizada.

En todo caso, seguiremos apostando. Números, números de la suerte. ¿Será el Gordo? A lo mejor…

©  Copyright José Baena Reigal