jueves, 7 de julio de 2016



      A VUELTAS CON LA GUERRA DE IRAK 
     Y  OTRAS INFAMIAS

                  "Nuestra nación ha sido elegida por Dios y designada
                           por la Historia como modelo del mundo".
                                                                             George W. Bush                                                        
                                                                


El informe Chilcot sobre la participación del Reino Unido en  la guerra de Irak se hizo público el miércoles pasado a las once y media de la mañana. El trabajo, que se ha venido elaborando durante siete años, analiza el papel del Gobierno británico en la intervención militar en Iraq de 2003, uno de los capítulos más siniestros de Tony Blair en su etapa como jefe del Gobierno (1997-2007). Examina la actuación de Reino Unido en los meses previos al conflicto, durante la propia guerra y en la posterior gestión de sus consecuencias: trece años de espera para saber oficialmente que la guerra que destrozó a una nación entera y causó centenares de miles de víctimas fue una guerra injusta, es decir, una agresión criminal.

Sir John Chilcot

Sir John Chilcot, el ponente de la comisión de investigación, ha concluido que "las circunstancias en las que se decidió que existía una base legal para la acción militar de Reino Unido en Irak no eran aceptables". La invasión británica en Irak en 2003 fue "mala" y ha tenido "consecuencias" negativas hasta "el día de hoy", ha declarado Chilcot durante la presentación del informe, puntualizando que las decisiones adoptadas por Blair se basaron en sus convicciones personales y no en los juicios emitidos por el Comité de Inteligencia Conjunta (JTC) [en referencia a la parte del Gabinete británico encargada de dirigir las distintas organizaciones de inteligencia].También ha dejado claro que el ex-presidente iraquí Sadam Husein no suponía una amenaza antes de marzo de 2003, cuando el Reino Unido y EE.UU. iniciaron la intervención armada. El autor del documento recordó la difícil situación en que se encuentra hoy Iraq hoy en día y mencionó el devastador atentado perpetrado el pasado domingo en Bagdad, en el que cerca de trescientas personas perdieron la vida.

Atentado del pasado domingo en Bagdad

De acuerdo al informe, la planificación y los preparativos para el Irak posterior a Saddam Hussein fueron "totalmente inadecuados", no hubo supervisión ministerial de la estrategia post-conflicto, lo que produjo la completa desestabilización de la zona y dio origen a un enfrentamiento interno entre sunitas y chiitas, cuya más visibles consecuencias son la ininterrumpida avalancha de atentados terroristas que siembran el terror entre la población civil, en una espiral que alcanza hasta nuestros días, y la vertebración del yihadismo con la aparición del Estado Islámico. En 2007, el instituto británico Opinion Research Business publicó una estimación de las víctimas mortales a consecuencia de la guerra, entre civiles y combatientes, cifrándolas en más de 1.200.000 personas. Esto, sin contar los 179 soldados británicos que perdieron la vida en Irak entre los años 2003 y 2010. Pese a lo cual, el presidente George W. Bush antes de abandonar la Casa Blanca en enero de 2009, condecoró a su incondicional aliado Tony Blair con la Medalla de Libertad, por sus esfuerzos para la “promoción de la democracia, los derechos humanos y la paz en el exterior”. Si no resultase tan patético, sería para echarse a reír. 

George W. Bush imponiendo a Tony Blair la Medalla de la Libertad




Declarar una guerra en base a informaciones falsas y la consiguiente responsabilidad contraída por tanta destrucción y sangre derramada supone un crimen contra la humanidad del que Tony Blair no puede ser exonerado, sobre todo después de conocer los términos acusatorios recogidos en el informe Chilcot. Su procesamiento debería servir a los dirigentes europeos como elemento disuasorio para evitar que sigan actuando como fieles ejecutores de las agresiones militares decididas por el poder americano, tanto dentro de la OTAN como de forma unilateral. Causa estupor comprobar cómo después de provocar la caótica situación en la que permanece Irak, tanto el presidente francés, François Hollande, como el primer ministro británico, David Cameron, no dudaran en volver a ofrecer su colaboración a EE.UU. en agosto de 2014 para llevar a cabo nuevas operaciones militares en suelo iraquí.

En realidad, no era preciso realizar ningún informe para saber que la decisión de imponer la guerra a Irak fue adoptada por el presidente George W. Bush, en una reunión en Camp David celebrada el 15 de diciembre de 2001, cuando después de los atentados de Nueva York y de Washington fue incluido Irak en el llamado "Eje del Mal". En aquel momento inicial, lo previsto era comenzar la intervención militar en Siria y en Libia para demostrar que las fuerzas norteamericanas podían actuar de manera simultánea en dos teatros bélicos, un detalle que conocemos por el testimonio del general Wesley Clark, ex-comandante supremo de la OTAN, quien se opuso al proyecto. Atacar Afganistán fue la mejor solución mientras se preparaba la Guerra de Irak para derrocar a Sadam Hussein y controlar sus inmensas reservas petroleras, mientras Libia y Siria permanecían en el punto de mira como objetivos inmediatamente posteriores.



El desastre en vidas y en destrucción material que supuso la guerra de Irak, continuado por la creación en su suelo del Estado Islámico como consecuencia demostrada, no sirvió para evitar que la agresiva política militar de Washington siga siendo respaldada por la Unión Europea y cuente con la colaboración incondicional de Gran Bretaña y Francia, que jugaron un papel decisivo para aplicar en Libia el modelo destructivo aplicado en Irak. Resulta obvio que Afganistan e Irak fueron los primeros eslabones de una cadena de intervenciones militares programadas para modificar el mapa del Oriente Medio al antojo de los halcones instalados en la Secretaría de Estado, en el Pentágono y en las agencias secretas norteamericanas, como muestran las guerras por encargo que siguen arrasando Libia y Siria, causas inmediatas del mayor desastre humanitario acontecido desde la Segunda Guerra Mundial, con centenares de miles de muertos y heridos, millones de desplazados y un enorme flujo migratorio representado por esa continua avalancha de refugiadoscuya única obsesión es escapar de la devastación que asola sus países y encontrar refugio en las costas de Europa los que sobreviven a los naufragios y no encuentran la muerte en las aguas del Mediterráneo.

A estas alturas, parece evidente que la dictadura de Gadafi justifica difícilmente que se le tratara como a un peligro mayor que el representado por los demás regímenes dictatoriales tolerados y hasta financiados por Occidente. Gadafi fue hasta poco antes de su decretada caída un colaborador amistoso de la Unión Europea, con muchos de cuyos dirigentes mantuvo cordiales relaciones y hasta colaboró para frenar con métodos expeditivos, plenamente aprobados por Europa, el flujo de la emigración africana que llegaba a través del desierto. De que su régimen era oficialmente respetado puede dar testimonio el hecho de que el Fondo Monetario Internacional lo elogiase todavía el 15 de febrero de 2011, animándolo a seguir con sus reformas económicas neoliberales, congratulándose de que Libia hubiera quedado al margen de las conmociones acaecidas en Túnez y Egipto.




También resulta claro, para quien quiera verlo, que los grupos yihadistas que ensangrientan Siria no surgieron de las manifestaciones pacificas de febrero de 2011. Sin que deje de ser cierto que las muy escasas protestas sirias denunciaban la corrupción gubernamental y reclamaban más libertades, nada tenían en común con los grupos armados procedentes del yihadismo salafista que tomaron el relevo de los manifestantes para actuar sin reparar en medios ni en salvajismo contra todos los sospechosos de apoyar al gobierno de Damasco y a las minorías no sunitas, entre ellas las diversas confesiones cristianas que hasta entonces habían gozado de la más absoluta libertad bajo la protección del Estado sirio.

Gracias a la sustitución de la información verdadera por la propaganda que distribuyen las grandes agencias de comunicación vinculadas al poder imperial americano, los medios occidentales han  presentado el conflicto sirio como si se tratara de una revolución política ahogada en sangre por una dictadura implacable. Las personas secuestradas, mutiladas y asesinadas por el yihadismo sunita se convirtieron, por obra y gracia de los medios de comunicación occidentales, en víctimas del tirano, mientras que los jóvenes sirios de todas las confesiones que sirven en el ejército nacional para defender su país de la agresión exterior fueron presentados como sicarios capaces de masacrar a su propio pueblo. El ataque a Siria por parte de fuerzas extranjeras fue convertido en un capítulo más de la llamada “primavera árabe”. El emir de Qatar y el rey de Arabia Saudita, dos monarcas feudales que nunca han organizado elecciones en sus propios países y que no vacilan en encarcelar a todo el que protesta contra sus regímenes teocráticos, así como el tirano Erdogan, se convirtieron por arte de magia en defensores de la revolución y de la democracia. También Francia y el Reino Unido, protagonistas bajo dirección estadounidense de la hecatombe libia, que costó más de 150.000 vidas, en flagrante violación del mandato que el Consejo de Seguridad de la ONU les había otorgado, se transformaron filantrópicos protectores de la población siria, a la que había que defender mediante una “intervención humanitaria” en favor de unos "rebeldes moderados" que, como han demostrado numerosos informes elaborados por los más prestigiosos historiadores y periodistas de investigación, no han existido más que en la propaganda estadounidense, repetida de forma acrítica por los medios de información occidentales.

Agradecimiento de Arabia Saudí a Tony Blair
por la destrucción de Irak

El profesor emérito de la Universidad de Nueva York, Stephen F. Cohen, en su última aparición en el programa de John Batchelor el pasado 21 de junio, explicó que la actual política de Washington representa una amenaza existencial para el mundo. "Yo creo que podría decirse, dada la forma en que se está orientando la política estadounidense hacia Rusia, desde Suwalki [Polonia] hasta Siria, que la política estadounidense está provocando deliberadamente una guerra con Rusia y cómo se niega a cooperar con Rusia; que por lo menos hipotéticamente podríamos plantear la cuestión de que Estados Unidos, en la manera que actúa su élite bipartidista, se ha convertido en la amenaza existencial número uno para el mundo".

Convertidos en los árbitros y jueces de la política mundial, los halcones que controlan y deciden la geoestrategia estadounidense orientada a mantener la hegemonía americana a través del control ejercido desde el complejo industrial-militar que determina la política de Washington, no parece no parece dispuesta a modificar la nefasta gestión de los grandes conflictos internacionales hasta llegar a una hecatombe bélica de consecuencias incalculables. Al contrario de lo ocurrido en Gran Bretaña con el informe Chilcot, en Estados Unidos no existe ningún contrapoder con suficiente influencia capaz de ejercer la crítica ante sus peligrosas decisiones, ni mucho menos, elaborar un documento como el informe Chilcot que ponga en entredicho la política gubernamental en cualesquiera de sus aspectos.

Basta ser medianamente conscientes para que produzacan auténtico pavor las recientes declaraciones de Michael Hayden, general de cuatro estrellas, ex-director de la CIA y de la NSA, dedicado durante toda su vida al espionaje y uno de los hombres con más poder al frente de los servicios secretos de Estados Unidos, publicadas en el número 1494, del 12 al 18 de junio, en la revista XL Semanal, editada por el grupo Vocento.


General Michael Hayden

Cuando hoy se habla de la NSA como de un aparato de espionaje global que dispone de recursos tecnológicos prácticamente ilimitados, en buena medida se debe a la labor de Michael Hayden, el que fuera uno de sus principales arquitectos. Como director de la CIA también operó en «los márgenes», fórmula que emplea él mismo. Pocas personas en el mundo conocen tantos secretos turbios como él.

Hayden sigue siendo un hombre muy importante. Dirige -junto con el antiguo secretario de Seguridad Nacional Michael Chertoff- el Chertoff Group, una especie de consultora empresarial para cuestiones de seguridad y defensa, convencido como siempre lo ha estado de encontrase en el lado correcto de la Historia, como lo demuestran sus afirmaciones, tan tajantes como faltas de cualquier escrúpulo moral a las que habría hecho respecto a su actuaciones el mismísimo Joseph Goebbels, quien fuera todopoderoso ministro de Propaganda del III Reich.

Como prueba tanto de mi descalificatoria valoración como de lo fundado de mi temor ante semejante personaje, transcribo una selección de la entrevista a Michael Hayden.


XLSemanal: General Hayden, usted ha sido uno de los hombres con más poder al frente de los servicios secretos. También simboliza el lado oscuro de Estados Unidos.

Michael Hayden: Estados Unidos se encontraba, y se encuentra, en guerra. Con mi trabajo he contribuido a salvaguardar la seguridad y la libertad de América. Y sí, es posible que hayamos actuado con cierta agresividad. Apuramos todas las posibilidades.

XL: Bajo su mando, la NSA se convirtió en una maquinaria de espionaje global. También ha defendido los métodos de tortura usados por la CIA en los interrogatorios. ¿No se arrepiente? ¿No hubo errores, ningún fracaso?




M.H.: En este negocio del espionaje, la verdad es que somos realmente buenos, incluso diría que casi perfectos. ¿Mi mayor error? Probablemente la cuestión de las armas de destrucción masiva en Irak.

XL: Su presunta existencia sirvió al Gobierno de Bush como fundamento para la guerra de Irak, una decisión catastrófica bajo cualquier punto de vista. Armas de destrucción masiva nunca hubo.

M.H.: Yo también tuve voz en aquella decisión.

XL: ¿Y cuál fue el sentido de su voto?

M.H.: A favor. Los resultados de nuestra inteligencia electrónica...

XL: ...de la que era responsable como director de la NSA...

M.H.: ...abarcaban desde «pruebas ambiguas» hasta abundantes «pruebas claras», basadas en indicios.

XL.: ¿Cree que era suficiente para decantarse por una guerra que ha causado cientos de miles de muertos? Por si fuera poco, ahora tenemos un país acosado por el caos y el terrorismo del llamado Estado Islámico.

M.H.: Las estimaciones que hicimos en aquellos días resultaron ser equivocadas, realmente equivocadas. Transmitimos una seguridad que no estábamos en condiciones de tener. No fuimos lo suficientemente claros con nuestros clientes.

XL.: ¿Clientes? Se refiere al presidente de Estados Unidos, al Gobierno y al Congreso...

M.H.: Los servicios secretos siempre actúan a partir de aproximaciones, casi siempre quedan dudas. Pero, al mismo tiempo, tenemos que ofrecerles alternativas a nuestros clientes, distintas opciones de actuación. El presidente Obama también ha tomado decisiones importantes basadas en este tipo de indicios. Las probabilidades de que Osama bin Laden se encontrara realmente en aquella casa en Pakistán, donde se lo localizó y abatió, eran en el mejor de los casos del 50 por ciento, según las estimaciones barajadas por la CIA. (...)

XL.: ¿El fin justifica los medios?

M.H.: No, pero ¿cómo define usted la moral? Rechazar categóricamente este tipo de técnicas es loable, cierto; hace falta mucho valor para defenderlas, aun sabiendo que producen resultados. Por mis cargos, sobre todo como director de la CIA, he tenido mucha más responsabilidad operativa que la mayoría de los ciudadanos de este país, al margen del presidente, claro. Los de la CIA formamos la primera línea de defensa. Vamos donde nadie va. Operamos siempre en los márgenes legales, políticos, éticos. (...)

XL.: En cualquier caso, la clave para la NSA es alcanzar y ejercer una posición dominante en el campo de la vigilancia global. En palabras de su sucesor, Keith Alexander: ¿por qué no podemos recoger todas las señales, todo el tiempo?




M.H.: Es posible que en Europa hayan caído en un error fundamental de interpretación. En la cuestión de la seguridad nacional no hay una América de Bush o una América de Obama, solo hay una única América. Es cierto que Obama fue elegido sobre todo porque era alguien presuntamente diferente...

XL.: ...diferente al presidente George W. Bush.

M.H.: Sí. Pero, en la entrega del Premio Nobel de la Paz, Obama habló de la «guerra justa». ¿Y qué hizo Obama con Stellarwind, ese programa tan criticado por usted? Pues básicamente se atuvo a él, incluso amplió otros programas.

XL.: Entre ellos, Prism, que sigue siendo una de las herramientas principales de la NSA. Permite el acceso a los servidores de prácticamente todas las empresas norteamericanas de Internet: Facebook, Google, Microsoft...

M.H.: Prism ofrece muchas más posibilidades que Stellarwind. En la actualidad, la NSA tiene acceso a muchos más metadatos que en mi época. ¿Y por qué? Porque la principal máxima de la Administración Obama ha sido la continuidad. ¿Guantánamo? Algunos prisioneros se van a pasar allí toda su vida, nunca serán llevados ante un tribunal. ¿Asesinatos selectivos? Obama los ha ampliado. Solo la detención y el interrogatorio de terroristas por parte de la CIA son prácticamente inviables ya. Estados Unidos se ha despedido de facto de este tipo de acciones. Hoy preferimos apretar un botón cuando queremos eliminar terroristas del campo de batalla. (...)

XL.: ¿Por qué la NSA espió el teléfono móvil de la canciller Merkel?

M.H.: Evidentemente, no diré si la NSA lo hizo o no lo hizo, pero los dirigentes políticos y sus intenciones son un objeto legítimo de vigilancia. Aunque entiendo que los alemanes empezaran a hiperventilar cuando se enteraron. Por cierto, ¿se ha comentado algo sobre el predecesor de Angela Merkel?




XL.: Parece ser que la NSA también habría espiado a Gerhard Schröder por orden de la Casa Blanca...

M.H.: ¿Y no cree que los alemanes entenderían que Estados Unidos hubiera querido saber lo más posible acerca del canciller Schröder y su postura ante la guerra de Irak? ¿O sobre sus relaciones con Rusia?

XL.: «Espiarse entre amigos, eso no se hace».

M.H.: [Ríe con ganas]. ¿De dónde ha sacado eso?

XL.: Lo dijo la canciller Merkel.

M.H.: Henry Kissinger dijo una vez: «No hay servicios secretos amigos, solo hay servicios secretos de países amigos». No se trata de si alguien es 'bueno' o 'malo'. Lo importante son los contenidos. Y nosotros los conseguimos.

XL.: «Cuando quiero saber qué piensa la canciller Merkel, la llamo por teléfono», dijo Barack Obama.

M.H. [Ríe]. Sí, claro.




Como considero que con esta selección de preguntas y respuestas el entrevistado queda suficientemente retratado, me limitaré a decir que ante la nueva y terrible magnitud de los hechos que se desarrollan ante nuestros ojos es preciso agudizar el sentido crítico y afinar las herramientas analíticas que sirvan para aclararnos en un presente tan confuso como el que nos ha tocado vivir: Reflexionar sobre la naturaleza de las “aguas negras” que circulan por las cloacas de la Historia para prevenir los hechos que nos amenazan en la noche que se ve venir. Porque, para decirlo con palabras de Walter Benjamín, “No se puede esperar nada mientras los destinos más terribles y oscuros, comentados a diario, incluso a cada hora, en los periódicos, analizados en sus causas y consecuencias aparentes, no ayuden a la gente a reconocer los oscuros poderes a los que la vida está sometida”.









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