miércoles, 11 de julio de 2012


                       El cielo protector

                                                       Para Carlos Ipiéns, a quien siento amigo.

¡Ya tiene el Saco del Ogro un lector! Mi júbilo al leer tu precioso comentario sólo es comparable al del Rey del asteroide del cuento de Saint-Exupéry, cuando al divisar al Principito exclama: “¡Ah, ya tengo un súbdito...!”


El principito



Te puedo asegurar, amigo Carlos, que a lo largo de mi vida he encontrado pocas personas para quienes las referencias culturales sean parte esencial de su personalidad, que formen parte, por así decirlo, del torrente sanguíneo y sirvan para conformar su aliento vital, algo más profundo e inaprensible que lo que entendemos por “personalidad”. Y es que, cada personaje que mencionas, cada autor, cada libro o cada película, con sus respectivos directores y reparto de actores, me hacen revivir el eco de experiencias vividas sin las cuales las regiones más importantes de mi yo estarían pobladas por otros símbolos, por otras mitologías, por otras utopías y, en definitiva, por otros anhelos secretos, porque, es curioso decirlo, creo que lo que verdaderamente importa no puede expresarse linealmente con las personas del verbo, por utilizar el título del excepcional poemario de aquel monstruo vitalista que fue Jaime Gil de Biedma. Por eso, cuando te veo desplegar de manera tan sencilla esos globos aerostáticos de espacios y tiempos compartidos es para mi tan fascinante como ver desatracar el Queen Elisabeth 2 de los puertos comunes antes de lanzarse a las singladuras de sus magníficas travesías oceánicas. Reconoce, Carlos, que nadie hasta ahora te había comparado con un trasatlántico de lujo.


Queen Elisabeth 2 

No conocía la cita de Eduardo Mallea, que hice propia en cuanto la leí: "Lo que tiene nuestro destino de nuestro y de distinto es lo que tiene de parecido con nuestro propio recuerdo, con nuestra memoria." Gran verdad sobre todo si, como ocurre afortunadamente en nosotros, la memoria es mucho más que nuestra memoria singular, porque también comprende el acervo aluvional de un universo cultural hoy en vía de desguace en este mundo nuestro, a caballo entre entre el País de los Enanos de Gulliver, el País de Nunca Jamás de Alicia y el 1984 orwelliano. Y es que la peor cochambre que nuestro tiempo arrastra es, precisamente, la desmemoria, con su secuela: el reduccionismo. Lo que yo llamo la “jibarización” de los cerebros.


Gulliver en el País de los Enanos

Peter Pan
Los versos que siguen pertenecen a un poema que llamé “Recobrada memoria”, del libro “Elogio de una cierta ignorancia convenida”, publicado en la colección “Ámbitos Literarios” de la Editorial Anthropos:


Nadie decidirá mis días y a constatar procedo mi equipaje
con signos que anuncian el reverso del acuñado rictus
como si bronces recordaran la memoria anterior.
Pasarán las vigilias sobre anhelos en plena noche alzados
y preso me sintiera: vastedad de sueños sin fronteras
que razón encuentren en, acaso, su percepción más justa.
Oh sí, interrogad la herida
pues preparado estoy para contaros conversaciones ciertas
en casa de Agatón: asistencia reunida de amistades antiguas
que allegan hasta mi voz sus voces, compartida verdad
de una sangre que bulle en las orillas, mi mar
hasta tu pecho proclamando distancias, sintiéndome extranjero,
pues así sigue siendo cada cuerpo que amamos. Remar
también puede ser muerte: bien sabéis que no es raro acabarse
en la dura porfía por semejantes hechos, asumiendo la boca
amargo pliegue que al final, escultor sobre mármol,
alguien advertiría.

Después de Mallea, mencionas a Cavafis, cuya poesía, al igual que a ti, me asaltó en pleno día para deslumbrarme de tal manera que durante mucho tiempo feché mis cartas en Alejandría, ciudad de la que me apropié, con la inestimable ayuda de Lawrence Durrell, cuyo “Cuarteto de Alejandría” devoré con hambre glotona, aconsejado por mi amigo Rafael Pérez Estrada: “¿No has leído el Cuarteto?”, me soltó un día a bocajarro. Ante mi respuesta negativa, insistió imperativo: “¡Pues comienza a leerlo mañana mismo”. Seguí su consejo y desde las primeras páginas de la narración me vi involucrado en un escenario nuevo y fascinante, de tal modo que cuando hube acabado el cuarto libro de la tetralogía estaba tan perdido como desconsolado, así que volví a “Justine” y me zampé nuevamente los cuatro libros. Desde aquel entonces supe que uno de mis yoes será siempre alejandrino. La posterior lectura de “El quinteto de Avignon”, ancló para siempre en mi alma sus personajes, contribuyendo a que comprendiera, ya para siempre, que mi mundo no es de este reino: soñé tanto que ya no soy de aquí.


Lawrence Durrell

Tras la conexión cavafiana de Alejandría, ciudad que me defraudó completamente cuando la visité hace pocos años, haces aparecer al inmenso José Luis Sampedro, a quien conocí en 1969, atragantado todavía con el mayo francés, gracias a una conferencia que pronunció en la Facultad de Económicas, de la que yo era alumno. La complementariedad circular de su pensamiento, que abarcaba política, economía, filosofía y hasta una estética muy sui géneris, que desembocaba en el más completo ejemplo vivo de humanismo, me hicieron comprender que el maestro de economistas Joseph Schumpeter tenía toda la razón cuando, con perfecto conocimiento de causa, afirmó que “ser solamente economista era ser bien poca cosa”. Por eso no me extrañó que cuando Sampedro, después de abandonar la Universidad Complutense y acabado su periplo americano, apareciera en nuestro panorama literario como escritor de imposible catalogación, aunque de inferior altura a su pensamiento filosófico. No me resisto a transcribir una muestra de la sabiduría del viejo maestro en esta entrevista concedida hace dos años, ya en plena crisis económica:


José Luis Sampedro

Tu salto en el trapecio del profesor Sampedro a Bertolucci es magistral y muy difícil de entender por alguien que no haya vivido aquellos años prodigiosos en los que creímos posible, y por ello apostamos, que nuestra España dejara de ser una nación apestada en el concierto internacional para convertirse en esa patria abierta, libre, culta y democrática con la que soñábamos. Esa era la única meta posible para los que ya habíamos ingerido todos los dulces venenos que nos llegaban de afuera y que, ahora puedo constatarlo, también aparecía como prolongación natural de nuestras vivencias y videncias cinematográficas, cultivadas desde la infancia misma, ya que fueron las maravillosas películas que nos embelesaron durante tantos años las experiencias íntimas que mejor contribuyeron a forjar nuestro carácter hasta el extremo de hacernos ser quienes ahora somos. Creo que las huellas del gran cine, el arte definitorio por excelencia del siglo XX, son las más difíciles de rastrear en nuestros modelos de universo y las que nos apartan más decisivamente de las generaciones que vinieron después, culturalizadas e impregnadas ya por la pestilencia de la basura televisiva, más degenerada y excrementicia conforme pasan los años y el Gran Hermano se adueña del escenario del mundo. Por más que a cada paso pueda verificarlo, me parece aterrador que a la juventud de hoy nada le digan los nombres de los grandes maestros de Hollywood y los genios del gran cine europeo: franceses, el tremendo Ingmar Bergman y, sobre todo, los astros de la inmensa galaxia italiana de los sesenta y setenta: todavía De Sica, el turbador Fellini, San Paolo Pasolini, el suntuoso Visconti, el frío Antonioni, el sobrio Valerio Zurlini, Francesco Rossi, los hermanos Taviani, Ettore Scola, Franco Zefirelli y tutti quanti...



La estanquera de Amarcord
El Gran Hermano Benito Mussolini

Después de sobrevivir a semejante compaña, defraudado, solo, con el peso de los años a cuestas y más que harto de tantas frustraciones acumuladas, también ha sido para mi estimulante encontrar en ti, amigo Carlos, un cómplice que merece ingresar en ese grupo de mentes en estado de alerta o club de iniciados que fundó Albert Einstein en sus últimos años y que denominó “Comité de Sabios para la Desesperación”, y del que, con toda la humildad que me es posible, declaro ser miembro perpetuo, siquiera sea como agregado o a título honorario.

No me extrañó que “El cielo protector” fuera considerado por la crítica como una obra menor de Bertolucci: la hondura de su mensaje no era tan fundamentalmente política como lo fue en “Novecento”, pongamos por caso, aunque para mí tengo que en la película aparece explicitado el fondo último de la obra de Bowles mejor que en la mismísima novela, así como las tres posibilidades que caben ante el viaje iniciático: rehusar emprenderlo (como hace Turner), embarcarse y morir en el intento (como le sucede a Port Moresby) o llevarlo a cabo contra viento y marea hasta su conclusión final para regresar trasmutado en cuerpo y alma, tal como le pasa a Kit. Otra conclusión, tal vez la más terrible, se manifiesta con claridad en el film de Bertolucci: que este viaje al corazón de las tinieblas es preciso realizarlo solo, tanto que son las personas más allegadas al viajero las que, en razón a su cercanía y a los vínculos de afecto, suelen convertirse en los principales obstáculos para su realización, fortaleciendo los apegos personales de los que desprenderse resulta imprescindible tarea.

Kasbah de Taourit. Ouarzazate

Ait Benhaddou

Merzouga

Mercado de Rissani

En el mercado de Rissani

Rissani

En la kasbah de Ait Benhaddou

En la novela de Bowles la sensación de extravío existe, sus convulsos personajes rastrean alguna pista que les conduzca hasta sí mismos, para que así les sea revelado el fondo de su condición humana, aunque sea en el mismísimo culo del mundo, porque están cansados de huir para seguir tan perdidos allí donde vayan, sea en el Nueva York desde donde vinieron o Tánger. Sus desventuras son la representación alegórica del hombre contemporáneo en un mundo loco que ha perdido definitivamente cualquier sentido. Bertolucci consigue gracias a sus turbadoras imágenes que el espectador se rinda a la rareza de ese cielo enorme (no sé si protector) y hasta aplastante que se alza entre las dunas del desierto y sus dioses o demonios apuesten por el viajero esforzado en buscar otros mundos antes que por ese espécimen desalmado que es el turista chato de conocimiento de nuestros días.


Dunas de Merzouga

Anochecer en Merzouga


¿El cielo protector?

En las dunas de Merzouga

En Ait Benhaddou

Si con el personaje de Port, encarnado por un soberbio John Malkovich, muy lejos de su histrionismo habitual, crea un ser equívoco y poliédrico, cuyo devenir se palpa en una interpretación pasional que es una de las mejores de su carrera, la brújula de la película gira, sin lugar a dudas, hacia el personaje de Kit, que aparece representado con una maestría única por esa espléndida actriz que fue y es Debra Winger, por desgracia perdida como tantas otras de su generación, pero que crea un interminable abanico de posibilidades para su maravilloso personaje, empezando por la profundidad de sus inolvidables ojos. Las dagas que lanza con cada frase, su complejo carácter y el doloroso proceso de su trasmutación de trotamundos a viajera de excepción es algo que no se ve todos los días. Y cuando a Kit, tras la muerte de su marido, se le cierra la ventana de la noche, resuelve autoinmolarse hasta la humillación sexual, como testimonio tardío de ese amor al que incomprensiblemente renunció. Todo es desasosegante y, a la vez, lírico. Acaso por eso, las trampas y los deseos encarnados en los personajes del film me atraparon sin remedio. Todavía conmocionado por las alocadas actitudes de sus protagonistas, tuve que reconocer que tampoco yo alcanzaba a ver en mi vida el esplendor de ningún Shangri-La en el que fuera alcanzable un atisbo de felicidad, sino todo lo contrario. Para entonces Marruecos ya significaba para mí mucho más que una aventura exótica. Pasados los años, esta película de Bertolucci me sigue pareciendo inclasificablemente magnífica y tan espiritualmente conmovedora como la primera vez que la vi en un cine de Madrid, ratificando con el bagaje de mi ya largo recorrido que, como decía Hörderlin, donde surge el peligro, crece lo que nos salva. Para acceder al Cielo ya conocemos la receta de Cristo, a la que se refirió ese loco luminoso que fue Bertrand Russell, otro gigante olvidado: morir y resucitar al tercer día.




Finalmente dices que mi artículo te ha parecido revitalizante, que es justamente el mismo adjetivo que yo podría usar para referirme a tus comentarios o a los magníficos hallazgos que con generosidad vas acumulando en tu blog euclides59., en el que puede verse que el contrato entre lo maravilloso y lo positivo, del que hablaba Paul Valery, no se ciñe únicamente al dominio de las ciencias físicas o matemáticas, porque lo que es verdad para estas ciencias juega, sin duda, en las ciencias humanas y en nuestro mundo interior.

Según mi visión, la naturaleza contiene determinados patrones y simetrías arquetípicas que no existen en un sentido material explícito, sino que están plegadas en los varios movimientos del mundo material. De este modo, no existe ninguna distinción entre lo mental y lo material, de modo que las sincronicidades representan el despliegue de estructuras más totalizadoras: “Todo lo que sube, converge”, escribió Teilhard de Chardin. El problema reside en cómo es posible ver, más allá de los sucesos fragmentarios o confusos que constituyen nuestro horizonte dualista, la existencia de órdenes más profundos. Si plantear este asunto es siempre una cuestión difícil, hacerlo a través de la palabra puede serlo doblemente y es preciso andarse con mucho cuidado para no cerrar universos posibles y dejar las puertas abiertas a lo improbable. Sin entrar en los problemas estrictamente comunicacionales que esta aventura supone. Por eso, Carlos, valoro tanto nuestras sincronicidades.




Tomemos un ejemplo del campo de la Física. El espectro de la luz se presenta de este modo: a la izquierda, la ancha banda de las ondas hertzianas e infrarojas. En el centro, la estrecha franja de la luz visible; a la derecha, la banda infinita: ultravioleta, rayos gamma y lo desconocido. En este campo no nos sirven para nada nuestros esquemas duales de pensamiento: contra toda lógica, la luz es, al mismo tiempo, continua y discontinua. Del mismo modo que la mayor parte de los físicos actuales consideran que la materia es luz en estado larva, muchos investigadores contemporáneos han llegado a la conclusión de que la luz humana, la consciencia, opera de manera parecida, analógica. A la izquierda, el infra o subconsciente; en el centro la conciencia normal; a la derecha la banda infinita de la ultraconciencia, que sólo en algunos aspectos coincide con lo que conocemos sobre los estados alterados de conciencia. Es un hecho demostrado que cuanto más nos remontamos en los orígenes de las civilizaciones, más penetramos en los pueblos primitivos y más conocemos que sus secretos tradicionales coinciden con las investigaciones actuales. El siguiente suceso, suficientemente elocuente, lo menciona en alguno de sus escritos Jean Cocteau:

Un amigo suyo, catedrático de parapsicología en la Universidad de Utrecht, fue a las Antillas para estudiar el papel que jugaba la telepatía entre los nativos. Un día observó que cuando una mujer quería comunicarse con el marido o el hijo que habían ido a la población donde estaba el mercado comarcal, se dirigía a un árbol para pedirle al marido o a los hijos que le trajeran de allí algo que había olvidado encargarles. Sumamente interesado, el investigador, que presenció en directo este fenómeno, le pregunto a la mujer por qué se servía del árbol de aquella manera. Su respuesta fue sorprendente y capaz, por sí misma, de resolver el problema moderno de que muchos de nuestros instintos naturales están atrofiados por el empleo de la tecnología, a las que se abandona cada vez más el ser humano. He aquí, pues, la pregunta: “Por qué se dirige usted a un árbol”. Y he aquí la respuesta: “Porque soy pobre. Si fuese rica, tendría teléfono”. Me parece que sobran comentarios.

Desde que Dédalo construyó el laberinto para guardar en él al Minotauro, el misterio también forma parte de aquello de lo que nos avergonzamos. Por esta causa, el filón de la sabiduría, que es conocimiento más algo no definible, está escondido y reservado para los que verdaderamente lo buscan, que en nuestros días no aparecen por ninguna parte. Ya dijo Einstein que vivimos en la época de los medios perfectos y de los objetivos confundidos.


Mapa de Jericó como laberinto. Biblia de Elisha ben Abraham

Todo lo dicho, lo he traído a colación en referencia al asunto de la sincronicidad, que el profesor Jung fue el primero en estudiar en un precioso ensayo que lleva este mismo título, “Sincronicidad”, fenómeno que luego fue abordado por otros grandes investigadores, entre ellos el Prof. Kart Pribram, gran especialista en los comportamientos del cerebro humano, concluyendo todos los investigadores en que existen en la física cuántica y nuclear, así como en nuestro cerebro, conexiones acausales, y por consiguiente, atemporales. Jung tenía razón cuando observó la manifestación de sucesos que vinculados o correlacionados, pero cuya relación desafía toda explicación ordinaria. Por eso no descarto que entre mi mundo y el tuyo existan correspondencias analógicas no debidas al azar y que se han producido sin la intervención de nuestras respectivas voluntades. El asunto es para tomárselo en serio, porque en nuestro caso, al no conocernos personalmente, no pueden haber operado las vibraciones de las energías corporales que operan cuando la comunicación de da cara a cara.


Las ilusiones del viaje. Escena de Armarcord

En cualquier caso, como el máximo de lucidez resulta insoportable para salud estadística de las masas, concordar pensamiento y acción no está al alcance de todo el mundo, pues la mayor parte de la gente está poco dispuesta a una renovación que sirva de antesala a la sabiduría. Pero, a los que hemos asumido el compromiso de pensar por nosotros mismos, nos queda el recurso de seguir apostando por pensar más radicalmente, más originalmente y más productivamente. Jugar, en el sentido amplio y fuerte del término, ejerciendo a veces la saludable violencia y tratando, cuando sea posible, de salvar el sueño, a falta de realizarlo, tarea imposible; menos seducir que dejarse seducir por lo que es fascinante, estar y permanecer despiertos, constatar con humor el progreso general de la imbecilidad e intentar descubrir las reglas del juego a través de todos los desórdenes de los sentidos, comenzando por los propios, a los que se precisa dedicar una atención permanente, tan alertas como si estuviésemos en un retén de bomberos. Por eso, sumergido, como un submarino combatiente dotado de un periscopio, en las aguas agitadas de cada día, me seguiré moviendo, mientras las fuerzas me sostengan, sin cesar de pensar y de actuar, en una palabra de jugar y ser jugado por el juego. Mi lema: guarda e passa!

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