martes, 6 de noviembre de 2012


Peregrino por la Strada dell'Architettura                 

                   2. Possagno y Antonio Canova


A la mañana siguiente de mi tormentosa llegada a Paderno del Grappa, lo primero que hice al despertar fue descorrer las cortinas y abrir la ventana de par en par. Por encima de la tierra empapada, de las cercas de piedra y de los tejados de las villas rurales desperdigadas por el verdor empapado del paisaje, irrumpió sin previo aviso el esplendor de una primavera imposible, porque, según el calendario, estábamos a mediados de octubre, ¡qué hermoso regalo me ofrecía la fortuna!

Desde mi ventana
Hotel con encanto

Possagno y el Macizo del Grappa
El alma se serena




Una habitación con vistas

Las grisuras de la tarde anterior se habían trasmutado en un cielo intensamente azul que cubría la escena, tal como suele aparecer en los frescos del Giotto que enjoyan las paredes de la Basílica de San Francesco, en Asisi, otro enclave portentoso de esa tierra italiana tan mía como pueda serlo de de los italianos. O acaso más, porque mi amor no es producto del azar: uno no elige el lugar donde nace, sino donde se siente renacer y que es, necesariamente, fruto de una predilección especial, de una elección. A la razón estamos obligados por ser humanos; las razones del corazón a las que se refería Pascal son de otra índole. La racionalidad resulta tan necesaria como la respiración, porque sin ella nos convertimos en bestias, mientras que el amor es un don gratuito y tan imprevisible como ese punto en donde el rayo cae y abrasa lo que toca, aunque, como es el caso, mi vocación italiana contenga un componente lógico vinculado a la propia biografía.





Sobre el azul, como enormes galeones a la deriva, flotaban densas nubes algodonosas que empenachaban las altas cumbres del macizo del Grappa como si fueran volcanes humeantes, lo que confería al escenario una movilidad tan cambiante como frágil e inaprensible a la mirada, mientras que, ajenos a estos vaivenes, los caseríos aparecían como anclados a las huertas y vallas de piedras de los que emergían como submarinos. Ante mí acababa de presentarse la belleza, natural, suave y silenciosamente, una belleza antigua que por humanísima podría calificar propiamente como “italiana”. Me pareció que el mundo acababa de nacer y yo con él. Que todo volvía a ser nuevo otra vez, porque las cosas me hablaban en el olvidado lenguaje de la infancia, cuando encontraba en los libros de Arte, que afanosamente buscaba, los rastros de un tiempo anterior, presentido, imaginado, soñado. Una placentera sensación de gratitud inundó mi espíritu porque era capaz de volver a sentir, mejor que comprender, las profundas razones de mi predilección italiana. También las impresiones revividas en la suntuosa Venecia, que todavía impregnaban mi memoria con su despliegue de fulgores  dorados bajo el sol implacable del mediodía o con azulones plateados, cuando las misteriosas sombras se adelantan a la noche en los canales, porque con la oscuridad Venecia se convierte en un enigma milenario y tan tentador como lo son todos los laberintos. En un sentido total, acaso metafísico, ese perpetuo e inclasificable viajero que fue Henri Michaux creía que viajar es recorrerse uno mismo. Y es que puede que la sabiduría esté en seguir buscando con la intensidad primera una luz o camino que ya se ha encontrado. Porque todo lo que se comprende es bueno: Oscar Wilde dixit.    

Creo que pocas veces durante la vida adulta somos conscientes mientras recibimos del  azar un regalo tan sencillo como el de aquella mañana cuando me asomé a la ventana de mi habitación en Paderno. De la contemplación pasé inmediatamente a la acción: además de estar hambriento, no quería perder ni un minuto de un día tan hermoso. Me duché con prisa y bajé al bar del hotel para dar buena cuenta del desayuno sin haber decidido todavía por dónde comenzar el itinerario que me había propuesto recorrer.

















En consideración al Hotel San Giacomo, debo reseñar que el buffet que me encontré dispuesto estaba en consonancia con el resto del establecimiento, es decir, que era sencillamente espléndido. En el módulo de la entrada me enfrenté con un surtido de exquisita pastelería, panes crujientes de diversos tipos, bizcochos, galletas y zumos, mientras que en el situado al otro extremo de la barra del bar se encontraba la charcutería, mantequillas, quesos, mermeladas caseras, yogures y una generosa muestra de frutas del tiempo: uvas negras, ciruelas, manzanas, frescas tajadas de melón y diversos tipos de cereales ricos en fibra. Como por pudor prefiero no entrar en detalles de lo que recogí para mi suministro, diré que ya en mi mesa, situada junto a la cristalera que dejaba ver la preciosa terraza ajardinada anexa a la fachada principal del edificio, entre sorbo y sorbo de mi segundo capuccino, me dediqué a escudriñar el indispensable plano para decidir hacia dónde me dirigiría en primer lugar, si al norte, para visitar Possagno, o en dirección sur, para ver Asolo, que atravesé el día anterior en plena tormenta, y el cercano caserío de Maser, en cuyas inmediaciones están Villa Barbaro y el Tempietto de Palladio. Considerando que Asolo se encuentra a unos quince kilómetros del hotel y Maser está nueve kilómetros más adelante, era evidente que completar este recorrido me llevaría bastante más tiempo que acercarme a Possagno, situado a tan solo cuatro kilómetros, así que opté por visitar primero el Tempio del Canova y disponer luego de la mayor parte del día para ver tranquilamente todo lo demás.



Paderno del Grappa. Via Roma


Paderno del Grappa. Via IV Novembre

Sería una injusticia no decir que Paderno del Grappa me pareció tan hermoso con la radiante claridad matutina que con las últimas sombras de la tarde anterior. El entramado urbano parece más el de una localidad balnearia que un enclave agrícola común y corriente, porque Paderno no tiene nada especialmente destacado que ver; en realidad es un gran parque urbano enclavado en un cruce de caminos de los muchos que hay en la zona y solamente identificable por la gran torre exenta de la iglesia parroquial, situada en la arbolada y solitaria plazoleta que comparte con el edificio municipal y una trattoria de acogedora terraza. Siempre me sorprende gratamente que las plazas, calles o jardines de las ciudades y pueblos italianos conserven la impronta romántica de la época en la que fueron construidos y que ningún munícipe especialmente cazurro haya decidido “urbanizarlos” con los brutales criterios con los que en España se han destruido las huellas del pasado, sustituyendo los frondosos arbolados por explanadas marmóreas o colocando espantosos adefesios presuntamente modernos que solamente retratan la voluntad exhibicionista propia de los nuevos ricos, la incultura social generalizada y la agresiva prepotencia de una clase política tan palurda como sectaria. Por eso, cuando oigo decir por estos pagos que España e Italia son sociedades muy parecidas me entra la risa.

Volviendo a mis impresiones sobre Paderno, es su esencialidad rural entrañable la que otorga a este rinconcito apacible su cualidad doméstica de servir de parada y fonda ideales al viajero tranquilo que quiera recorrer sin prisas la comarca situada entre el Brenta y la llanura véneta o adentrase en los hermosos valles pre-alpinos situados en la vertiente sur del macizo del Grappa, llenos de alquerías y pueblecitos de ensoñadora estampa. 



Urbanismo decimonónico muy bien conservado

Campanario exento de la iglesia parroquial de Paderno del Grappa



Alto en el camino para hacer fotos

Después de tomar algunas fotos del hotel y de sus inmediaciones, partí con mi Lancia alquilado para enfilar la Via IV Novembre, que inmediatamente empezó a ascender, serpenteando entre el verdor de huertos, maizales y masas forestales sobre las que destacaban las esbeltas siluetas de los cipreses, que clavetean con su elegancia la mayor parte de las estampas rurales italianas. En apenas diez minutos llegué a la Via Molinetto, que es como se denomina ese tramo de carretera provincial cuando llega a Possagno, un municipio con poco más de dos mil habitantes, distribuidos con holgura en casas preferentemente unifamiliares rodeadas de pequeños jardines, vertebradas por un entramado de calles arboladas y la hermosa explanada en la que se encuentran la casa natal y el Museo Canoviano, de la que parte la ascendente Via Antonio Canova (¿cómo no?) que conduce al Tempio donde está sepultado el gran artista neoclásico.



Maizales y huertas en los alrededores de Paderno del Grappa


Alquería


Caminos en los que no importa perderse

Llegada a Possagno

Possagno. Via Molinetto, con el Tempio del Canova al fondo



Desde antes de llegar a Possagno la mirada queda secuestrada por la visión blanca del Tempio, que alza su bien proporcionada mole sobre un altozano que domina el caserío y cuya grandiosa cúpula marca la impronta del hermoso panorama abarcado por la vista. Conforme subía lentamente por la empinada vía que le sirve de acceso, el monumento fue surgiendo de la fronda en su enormidad deslumbrante como la aparición sobrenatural de un universo perdido. Aunque esperaba algo parecido, cuando aparqué el coche en el lateral derecho de la gigantesca explanada donde se levanta el edificio no pude evitar mi pasmo ante la pureza del grandioso escenario formado por el templo, el esbelto campanille alzado a su izquierda y el telón de fondo constituido por el denso arbolado que escala el macizo del Grappa, cuyas cimas aparecían envuelta en un abultado penacho de nubarrones que contrastaban todavía más, si cabe, con el añil del cielo en aquella fragante mañana del mes de octubre. Mi pobre yo era el único espectador y referente humano del esplendor marmóreo y líneas purísimas brotado como por ensalmo en las mismas faldas del Monte Grappa, ¡que desmesura tan iltalianísima!















Deambulé parsimoniosamente por la solitaria explanada degustando la suavidad del aire que respiraba, el intenso verdor de los valles pre-alpinos que se divisan desde el emplazamiento escogido por el mismo Canova para el templo de su propio diseño, cada vez más asombrado ante las colosales dimensiones del conjunto, que se iba agigantando conforme ascendía por las rampas de guijarros geométricamente dispuestos a modo de mosaicos y cuyas líneas de fuga convergían en el gran frontal columnado de la fachada principal, que poco a poco fue ocultando la visión de la fastuosa cúpula que domina el monumento cuando se contempla desde mayor distancia.














En el Tempio Canoviano se distinguen tres elementos arquitectónicos esenciales: la columnata del pórtico, que recuerda el Partenón de Atenas; el cuerpo central similar al Panteón romano y el ábside del altar mayor. Las tres partes representan simbólicamente tres fases esenciales de la historia de Occidente: la civilización griega, la cultura romana y la culminación cristiana.

El atrio, construido en piedra viva, tiene una longitud de 27,816 metros (como el diámetro interior y la altura de la cúpula), está compuesto de dieciséis columnas de orden dórico que sostienen el arquitrabe de diseño ático. Las bases de las columnas tienen un diámetro de 1,69 metros y son de lumachella, una piedra blanca y porosa de Costalunda, localidad ubicada sobre las colinas al sur de Possagno.

El gran portón de entrada está sostenido por dos estípites, también de lumachella, de 7,32 metros de altura y un grosor de 0,51metros. El arquitrabe, de 4,4 metros de anchura, sostiene el frontón sobre el que aparece esculpida la frase latina “DEO OPT MAX UNI AC TRINO”, es decir, que el templo está dedicado a Dios, Óptimo, Máximo, Uno y Trino. Impresiona el frontal de siete metopas diseñadas por destacados alumnos de Canova y otras metopas decorativas más simples alternadas con triglifos. Es una lástima que el tímpano aparezca desnudo porque Canova no vivió lo suficiente para decorarlo con las esculturas que tenía proyectadas: el artista murió el 13 de octubre de 1822, tres años después de que fuese colocada la primera piedra del monumento. En los tiempos que corren causa admiración y asombro el hecho de que las obras fuesen costeadas casi por entero gracias a una donación del propio Canova, que no habría bastado de no haber sido por la participación económica de los vecinos de Possagno, junto al trabajo voluntario y desinteresado de muchos trabajadores de la comarca. Una lección de solidaridad a lo Fuenteovejuna, pero, claro, al itálico modo...

Si el exterior del Tempio Canoviano asombra por sus dimensiones y la armonía de sus proporciones, cuando se accede al interior, la mirada se dirige involuntariamente a la cúpula semiesférica decorada con 224 casetones que contienen sendos rosetones de madera dorada. Como sucede en el Panteón romano, todos los elementos constructivos o decorativos, siendo valiosos por sí mismos, están subordinados a la inmensa cúpula, por cuyo lucernario acristalado se cuela la blanquísima luz que ilumina el espacio que sirve a Possagno de suntuosa iglesia parroquial.

















Después de examinar detenidamente el conjunto, encaminé mis pasos al nicho lateral situado a la derecha de la entrada en donde se encuentra la tumba de Antonio Canova, flanqueada por su busto en mármol, esculpida por el propio artista, y el de su medio hermano, monseñor Giovanni Battista Sartori-Canova, obispo de Mindo, obra de Cincinnato Baruzzi. En las capillas laterales, diseñadas en estilo jónico por Stefano Marcadella, hay obras de Luca Giordano (San Francesco de Paula), Palma il Giovane (Jesús en el Huerto), Giovanni de Sacchis, llamado il Pordenone (Madonna de las Mercedes), Andrea Vicentino (santos Sebastián, Francisco, Roque y Antonio con la Virgen y el Niño Jesús), completándose el conjunto con el nicho lateral derecho, opuesto al que sirve de sepultura canoviana, con una Pietà fundida en bronce por Bartolomeo Ferrari sobre un modelo canoviano y el altar mayor, presidido por Il compianto di Cristo, un óleo pintado por el mismo Canova durante sus vacaciones en Possagno.








Autorretrato en mármol de Antonio Canova







Busto de Giovanni Battista Sartori-Canova, de Cincinnato Baruzzi

Altar Mayor


















Los elementos decorativos del templo se completan con bajorrelives con escenas del Viejo y Nuevo Testamento, ejecutadas unas por el propio Canova y otras realizadas por discípulos de su escuela bajo diseños del maestro.


La Creación del mundo

Caín y Abel

La creación de Adán


El sacrificio de Isaac

La Anunciación

Tal vez no sobre decir que, en mi opinión, el interior del Tiempo del Canova resulta frío y poco propicio para el recogimiento, toda vez que fue ideado más como mausoleo dedicado a la gloria del artista que como espacio religioso, respirando un aire de solemnidad mortuoria muy propio del siglo XIX, por lo que la vista se alegra con el brusco e inmediato contraste ofrecido por el verdor del paisaje incrustado de caseríos que se abarca desde el pórtico del monumento cuando el visitante flanquea la salida.




















Una vez devuelto a la explanada y después de reparar en que el campanario, diseñado a imagen de la torre de la iglesia parroquial de Paderno del Grappa (aunque sin su cúpula bulbosa), está a suficiente distancia del templo como para que los diversos estilos de ambos no se superpongan y chirríen, me encaminé lentamente hacia el rincón donde había aparcado el automóvil con intención de visitar el Museo Canoviano y la Gipsoteca antes de abandonar Possagno con destino a Asolo y a la Villa Barbaro de Maser.
































El Museo Canoviano está en la casa en donde el artista nació y residió durante sus largas estancias en Possagno. Recorrer las sencillas y luminosas estancias abiertas al recoleto jardín interior fue una experiencia deliciosa que realicé completamente solo, aunque sabiéndome vigilado por las cámaras de seguridad dispuestas en todos los ángulos posibles, que me impidieron hacer las fotos que de buen gusto habría realizado. Las estancias están absolutamente impregnadas por la humanidad del artista, ya que se conservan los muebles originales, así como importantes colecciones de sus pinturas (óleos y témperas), incisiones en yeso, dibujos, bocetos y mármoles, junto a sus instrumentos de trabajo y hasta algunas vitrinas con vestidos usados por el artista en las numerosas recepciones oficiales a las que asistió.


Retrato de Antonio Canova





Cefalo y Procri. óleo sobre tela. 1876

Autorretrato
Retrato de Canova, por Thomas Lawrence

Las Gracias y Venus danzando ante Marte. Témpera

A lo largo del recorrido hay carteles dispuestos para explicar la manera en la cual trabajaba Canova. Desde el dibujo que representaba la primera idea, pasaba al boceto en terracota para dar volumen al dibujo. En la siguiente fase creaba el modelo en arcilla, sobre la cual realizaba el molde final en yeso. Sobre estos yesos insertaba pequeños clavos con los que, mediante un compás o pantógrafo, trasladaba al mármol las proporciones del diseño, pudiéndose ver las huellas de estos clavos en casi todos los modelos conservados en la Gipsoteca.


Después de refrescar las sensaciones experimentadas en el delicioso jardín que une la casa natal con la Gipsoteca, me dispuse a recorrer el conjunto de salas que la integran. Confieso que la Gipsoteca me sorprendió. No esperaba su enormidad, que aunaba magistralmente la originalidad de su diseño, tan actual como sobrio y elegante, con la funcionalidad expositiva. Que las obras fueran en yeso apenas si me importó, ya que lo realmente valioso era el privilegio de poder contemplar reunida la descomunal producción del artista, representada por la mayor parte de sus mejores obras, incluyendo la famosa escultura de Paulina Bonaparte, cuya réplica en mármol está en la romana Galería Borghese.













Sin entrar de lleno en el terreno formal de la crítica del arte, me parece conveniente apuntar que la escultura en el tránsito de los siglos XVIII al XIX se aproxima con mayor voluntad incluso que la arquitectura al mundo clásico. La antigüedad y las esculturas greco-romanas alcanzan en ese momento un periodo de exaltación, lógica si consideramos las numerosas piezas que iban apareciendo en las excavaciones del momento. Por otra parte hay un deseo, convertido casi en necesidad, de volver a las formas sencillas y sobrias en la escultura, después de las exageraciones formales del barroco, y nada mejor que la estética clásica para reencontrase con esos cánones de armonía, proporción y claridad compositiva.

Por todo ello, la obra de Antonio Canova desarrolla un estilo basado en la nitidez de líneas, en la pureza de los contornos, y en una limpieza formal a la que también contribuye el mármol, debidamente pulimentado, como material habitual. La claridad compositiva es igualmente otra de sus características, así como su variedad temática en la que no faltan el retrato, las alegorías, la figuración mitológica, los monumentos públicos, los sepulcros funerarios y ya en mucha menor medida, el tema religioso. Aunque en una obra tan extensa haya de todo, quiero apuntar que, acaso por ser italiano, pese a la formalidad inexpresiva de algunos de sus modelos, Canova no llega casi nunca a la frialdad nórdica del otro gran escultor neoclásico que fue contemporáneo suyo, el danés Bertel Thorvaldsen.


Danza de los hijos de Alceo. Relieve en yeso. 1790
Danza de las Gracias y Venus ante el dios Marte. Relieve en yeso. 1797

Las tres Gracias
Según mi opinión, la Magdalena yacente (obra de 1819), es de una sensibilidad muy próxima al manierismo barroco 
Magdalena penitente
Aunque puedan considerarse obras menores, a mi me parecieron especialmente deliciosos algunos relieves en yeso trabajados a buril, en los que el arista muestra su impregnación clásica, que plasma con magistral exquisitez, y otras en las que su sentido de la monumentalidad típicamente neoclásica no le impide una sensibilidad manierista muy próxima al barroco, que yo emparentaría con el helenismo, como sucede con el famoso grupo de “Eros y Psique”, cuyo original en mármol se encuentra en el Museo del Louvre.


Eros y Psique

Ya he dejado dicho que el conjunto de la obra canoviana expuesta en la Gipsoteca es apabullante y que ni de lejos esperaba semejante lujo museístico, tanto más sorprendente si consideramos que Possagno es un pueblecito que apenas si sobrepasa los dos mil habitantes. En definitiva, que recomiendo esta visita a todo aquel que, sabiéndose amante del arte, viaje por las cercanas y monumentales ciudades de Vicenza o Padova. Estoy seguro de que agradecerán mi ferviente recomendación y no se olvidaran de incluir en el itinerario la deliciosa villa de Possagno.

Cuando di por terminada mi visita era casi las dos de la tarde: ¡la parada en Possagno había durado cerca de seis horas! Como casi siempre me pasa cuando ando embebido en la contemplación de las cosas que me interesan, el reloj había corrido demasiado para mi gusto, así que, para no perder tiempo haciendo un almuerzo formal, decidí conformarme con un buen bocadillo, cerveza y un par de manzanas, que adquirí en una pequeña tienda cercana. También me pareció una magnífica idea hacer un alto en el camino para dar cuenta de mis viandas en alguna de las acogedoras áreas de descanso que había visto junto a la carretera entre Paderno del Grappa y Possgno, con lo que prolongaría un rato más el disfrute de la hermosa naturaleza de aquella tierra que tanto me estaba gustando. Es muy cierto, además, que cuando los placeres son gratis, resultan doblemente apetecibles.










Villa Emo estaba a media hora de trayecto, así que podría llegar a eso de las tres de la tarde, disponiendo luego de tiempo más que suficiente para visitar Asolo antes de que anocheciera. Todo me pareció perfecto: el horario encajaba, el día era soleado y la tranquila carretera provincial invitaba a una conducción más que relajada. Hoy sé que la sensación de euforia que experimentaba se parecía mucho a la felicidad. Al fin y al cabo, coincido con Séneca en que, admitiendo que todo el mundo aspira a la felicidad, nadie sabe en qué consiste.      

2 comentarios:

  1. muchas gracias por el detallado recorrido. Muchas de sus anotaciones son excelentes ayudas para el disfrute visual.

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  2. Gracias. Me alegra saberlo. Pero creo que lo mejor es que le sirva de estímulo para experimentar la vivencia de recorrer este itinerario tan poco conocido. Es cuestión de proponérselo... Al fin y al cabo, no está en la Patagonia, ¿verdad?

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