miércoles, 11 de diciembre de 2013

       EL 11-M Y LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA

                 4. La gran trampa: un atentado
                       con freno y marcha atrás

                               “Para triunfar sólo se necesitan tres cosas:
                                     audacia, audacia y más audacia”.

                                                                             Jean-Paul Marat


Antes de acabar su segundo mandato como presidente del Gobierno, José María Aznar quiso despedirse pasando a la Historia por la puerta grande: ¿Y qué mejor manera de conseguirlo que lograr la detención de la plana mayor de ETA antes de la elecciones del 14-M? Con esto no sólo entraría por derecho propio en la galería de los grandes políticos españoles de todos los tiempos, sino que reforzaría de manera absolutamente incontestable que su partido ganara las elecciones por una abrumadora mayoría, desbordando la que ya anunciaban todas las encuestas y sondeos realizados en las vísperas electorales. Desde casi su mismo comienzo, es archisabido que ETA ha estado infiltrada por agentes secretos de las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado, de tal manera que para cualquiera resulta muy difícil saber quién era (o sigue siendo) miembro de la ETA independentista y terrorista o se trataba de un elemento infiltrado por los Servicios de Inteligencia españoles o franceses, algo que de por sí permitiría escribir todo un manual sobre esa gran intoxicación que para la más elemental lógica y, por supuesto, para el Estado de Derecho, supone la inconcebible y anacrónica existencia de ETA en pleno siglo XXI. La visión de la película “Lobo” puede servir como testimonio, pese a algunas concesiones inevitables destinadas al gran público, de esta situación tan evidente como especial. 


Para acabar totalmente con ETA el presidente Aznar contaba con bazas más que suficientes para ganar el envite, ya que, aparte de los medios policiales bajo su control (?), los infiltrados de siempre (y algunos más), su Gobierno controlaba toda la información sobre la localización y movimientos de los etarras que le suministraba la omnipresente National Security Agency estadounidense (NSA) a través de la red Echelon de vigilancia y seguimiento por satélite, a la que ya me he referido en una entrada anterior.

Para rentabilizar su control sobre la banda armada, en los días previos a las elecciones generales, elementos muy cualificados de las fuerzas policiales y de los servicios secretos habían preparado golpes de mano espectaculares contra la cúpula de ETA. Por ello, el miércoles 10 de marzo, el Gobierno de José María Aznar estaba muy tranquilo. Sabía por todas las encuestas que cuatro días después el Partido Popular ganaría otra vez las elecciones. El propio Felipe González lo había pronosticado ante un círculo de íntimos aquella misma tarde: "No tendrán la mayoría absoluta, pero van a ganar las elecciones".

Los colaboradores más próximos de Aznar conocían que para el presidente la lucha contra ETA había sido uno de los ejes centrales de sus dos mandatos. Por eso, las Fuerzas de Seguridad le prepararon una gran satisfacción que, a la vez, serviría como última catapulta electoral para arrasar en los comicios: la captura en un solo golpe de toda la cúpula de la banda y de los pocos comandos operativos que le quedaban. Aznar podría así, todavía dentro de su último mandato y por el escaso margen de un par de días, cumplir con una de sus promesas más solemnes: acabar con el grueso de la organización terrorista.

Se eligió cuidadosamente la fecha del gran golpe: la noche del viernes 12 de marzo, justo en el momento en que el país abandonaría la campaña electoral para sumergirse en la jornada de reflexión. Ya veían los enormes titulares en las primeras páginas de todos los periódicos, así como el bombardeo desde los boletines de noticias de las radios y de los telediarios: “La cúpula de ETA detenida al completo cuando la banda se preparaba para cometer un gran atentado en Madrid”. Los efectivos de vigilancia desplegados estaban en sus puestos vigilando a los terroristas. El secreto de la operación era absoluto. En las últimas semanas, las Fuerzas de Seguridad habían trasladado al Gobierno su preocupación al considerar que ETA podía intentar un atentado salvaje que irrumpiera de forma determinante en la campaña electoral. En este sentido, fueron analizados hasta la saciedad los intentos de la banda por volar trenes en la estación madrileña de Chamartín coincidiendo con la tarde de la Nochebuena última.

Estación de Chamartín

En esa operación cabía ver detalles de Inteligencia que indicaban la posibilidad de que se utilizaran mochilas cargadas con bombas. Los dos jóvenes capturados en una carretera comarcal de Cuenca con la furgoneta en la que transportaban 500 kilogramos de explosivos, Irkus Badillo y Gorka Vidal, hablaron hasta por los codos. Declararon que ETA les había ordenado colocar en las navidades últimas doce bolsas y mochilas en la estación de esquí de Baqueira Beret, frecuentada por la familia real, para que explotaran de forma coordinada, pero, tras dejarse ver sobre el terreno, los terroristas desistieron inexplicablemente de la acción. Otro montaje teatral de las cloacas susceptible de doble explicación. Porque todo lo que atañe a la organización terrorista se ha venido jugando a dos o, incluso, a tres o más bandas complementarias o alternativas.

Tras su captura, todos dieron por supuesto que la Guardia Civil estaba detrás, en una operación de seguimiento de la furgoneta que conducían desde Francia. Pero según las últimas investigaciones realizadas, resultaba que no era cierto. Aunque parezca imposible, según informaron por el altavoz de los medios de comunicación o de intoxicación, según se prefiera, se trataba de una detención casual. ¿Eso quiso decir que a esas alturas los servicios secretos españoles no tenían a los nuevos comandos jóvenes tan controlados como todos suponían? ¿Para qué querían quinientos kilos de explosivos en Madrid el 28 de febrero si no era para destrozar las elecciones? Obviamente, la puesta en escena de la furgoneta de Cañaveras y su detención “casual” parece indicar la voluntad de que desde el Ministerio del Interior se estaba fraguando una operación de envergadura consistente en hacer creer a la opinión pública la posibilidad de que ETA cometería un gran atentado en las vísperas electorales. Muchos analistas han considerado que esa operación culminaría en un falso atentado preparado por los Servicios de Inteligencia del Estado, cuya “desactivación” coincidiría con la redada que venía preparándose desde hacía meses y que pondría fin a ETA, con la detención de su cúpula dirigente y de los pocos efectivos que le quedaban a una banda puesta contra las cuerdas gracias a la efectividad de las acciones policiales dirigidas a la línea de flotación de la organización etarra: su aparato económico y financiero montado sobre la extorsión a los empresarios gracias al “impuesto revolucionario”.


La ampulosamente llamada por los medios de comunicación “caravana de la muerte” de Cañaveras, interceptada a las 0:40 de la madrugada del 29 de febrero de 2004, once días antes del 11-M, sería la señal de que la maquinaria había sido puesta a punto y que la operación para hacer creer que ETA pensaba cometer un gran atentado antes de las elecciones estaba en marcha. Para mayor evidencia, a los etarras detenidos, que necesariamente, en caso de serlo, habrían permanecido ininterrumpidamente localizados por la red Echelon desde su salida de Francia, se les intervino un mapa en el que aparecía señalado el corredor del Henares y un plano de Madrid en el que estaban marcados dos puntos, uno de ellos en la Avenida de la Democracia (en Vallecas, entre las estaciones de Santa Eugenia y El Pozo) y otro en la calle Túnez, al lado de la M-40. ¡Solamente faltaba un anuncio luminoso para anunciar “urbi et orbi” los planes criminales de ETA!

Itinerario de la llamada "Caravana de la muerte"

Que aquello formaba parte de un montaje policial no pasó desapercibido a los círculos bien informados de la oposición: Felipe González, Joseba Azkarraga y Rodríguez Ibarra manifestaron sus "dudas" sobre la operación contra ETA en la provincia de Cuenca. Por lo que se ve, las noticias procedentes de sus contactos en los servicios secretos españoles y franceses llegaban puntualmente a los altos prebostes, tanto del PSOE como del PNV. Sin embargo, ninguno de ellos llegó tan lejos en expresar su disconformidad con la veracidad de la operación como Julio Anguita. El ex-líder de IU, que llevaba mucho tiempo en silencio, el 5 de marzo, seis días antes del 11-M, llamó "delincuente" a Aznar y afirmó sin recato alguno que “la actual ETA está teledirigida desde las cloacas del Estado”. Yo entonces no le creí y hasta me parecieron infames sus declaraciones. Después de lo que ha llovido desde entonces, hoy no puedo menos que otorgarle credibilidad y rendirle mi admiración por sus conocimientos de las cloacas del Estado y su valentía al expresarlo para que todo el mundo se enterase.

Julio Anguita
El espectáculo de Cañaveras culminó con la visita del ministro del Interior, Ángel Acebes, quien se desplazó el día 1 de marzo al puesto de la Guardia Civil de la localidad conquense para felicitar a los agentes que llevaron a cabo la detención de los dos presuntos miembros de ETA. Y también para apuntarse el tanto, demostrando a los votantes, tanto que la seguridad del Estado estaba en buenas manos, como que sus fuerzas policiales iban por delante de los planes criminales de los asesinos etarras: ¡Qué magnífica inyección al prestigio del Partido Popular de cara a las inmediatas elecciones y qué anzuelo tan genial para hacer tragar a los españoles la farsa secretamente preparada con la que pensaban adornar las detenciones...! Todo una operación ántrax “a la española” destinada a la galería parecía asegurar un buen final al gran golpe previsto para el día 12 de marzo, víspera de la jornada de reflexión, cuando se procedería a las detenciones masivas de etarras en Madrid, el País Vasco y Francia, con el consiguiente y triunfal despliegue informativo que serviría para que el Partido Popular barriese a la oposición en los comicios y que el nombre de José María Aznar fuera inscrito con letras de oro en los libros de Historia para ejemplo de las generaciones presentes y futuras.

Los etarras Barrondo, Vidal y Badillo

Otro punto que parecía preocupar a los medios policiales respecto a ETA era el asunto de los teléfonos móviles. En la estación de San Sebastián, los servicios especiales de la Guardia Civil habían encontrado semanas antes lo que calificaron como una bomba cebo. No se trataba de una trampa destinada a destrozar a quienes intentaran desactivarla. Por el contrario, se trataba de un artefacto inofensivo, que tenía como iniciador un teléfono con dos cables, uno rojo y otro azul, como si a quienes colocaron el artefacto solamente les preocupara señalar a la policía que estaban preparados para atentar con bombas activadas por móviles.

Es cierto que ETA había intentado desde hacía tiempo utilizar teléfonos móviles para cometer sus atentados. Así lo hicieron en el cementerio de Zarautz, el 9 de enero de 2001, cuando se encontraban reunidas muchas personalidades del Partido Popular junto a la tumba del concejal José Ignacio Iruretagoyena, asesinado tres años antes. Por eso no era de extrañar que los últimos informes de inteligencia en poder del CNI explicaran con detalle las pruebas de ETA para utilizar teléfonos móviles como iniciadores de explosivos. Todo parecía cuadrar.

Informes anteriores detallaban que los terroristas no habían conseguido subsanar técnicamente un desfase entre el momento de decidir la activación del explosivo y la detonación, un corto intervalo de tiempo que a veces era de unos simples segundos. Pero el último informe era categórico: al fin habían logrado la simultaneidad, de tal modo que los teléfonos móviles ya eran operativos para ETA. Presumiblemente, sería el método que los terroristas utilizarían en el gran atentado que se preveía. Estos son los hechos, aunque nunca podremos saber si estos informes se ajustaban a la verdad, si eran parte del montaje policial previo a la desarticulación de la banda o, en vista de lo que más tarde sucedió, si formaba parte de una campaña de intoxicación promovida por alguno de los aparatos secretos de obediencias extrañas que operan dentro de la inteligencia española para inducir al Gobierno a que no vacilara en atribuir a ETA la autoría de la masacre del 11-M, cuyo sistema operativo ya debía de estar minuciosamente diseñado a esas alturas por unos autores intelectuales que no han aparecido ni aparecerán jamás, porque así ha sido decidido desde las más altas instancias del Estado.


Consideradas las tres opciones, los analistas se inclinan mayoritariamente por creer que el tinglado de los móviles formaba parte de una operación de Interior para que calara en el ánimo de los españoles la posibilidad de que se esperaba una operación terrorista con explosivos activados por móviles en vísperas de las elecciones de marzo. ¿Y eso para qué?, cabe preguntarse. Y aquí viene la parte más tremebunda de un asunto que jamás se sabrá con exactitud, porque exigiría la imposible investigación a fondo de las cloacas del Estado: ni más ni menos, podría tratarse de que, con vistas a la gran operación contra ETA, un grupo de efectivos secretamente seleccionados entre elementos de la máxima confianza del Gobierno, dentro de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, planearon llevar a cabo un simulacro de atentado con bombas en los trenes de cercanías madrileños. Como es natural, se trataría de una escenificación sin víctimas, porque el material explosivo estaría desactivado, es decir, que las bombas serían semejantes a la falsa mochila que apareció en Vallecas, o sea, con material explosivo cuidadosamente manipulado para que no estallara. El hallazgo de las falsas bombas sería la señal para que comenzara la redada de los terroristas, que serían localizados por el mismo sistema que sirvió para realizar las primeras detenciones después del verdadero atentado del 11-M, es decir, gracias a los móviles incorporados como detonadores a las falsas bombas que, indefectiblemente, estarían construidas para señalar, sin lugar a dudas, la autoría de ETA. El fin último de esta operación no sería otro que el acallar las airadas voces que con toda seguridad se alzarían para acusar al Gobierno de mentir, como ya había ocurrido con la caravana de Cañaveras, y la utilización en su provecho de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado con la finalidad de influir a su favor en los resultados electorales.

La mochila de Vallecas

No obstante, a pesar creer que todo estaba bien atado, en la mañana del 11 de marzo se produce un enorme desconcierto. Llegan las primeras noticias de un gravísimo atentado y con ellas los datos de que, al parecer, se han empleado teléfonos móviles para hacer estallar al menos 10 o 12 mochilas y bolsas en los trenes próximos a la estación de Atocha. Por los datos aportados anteriormente, todos piensan necesariamente en ETA. Como lo más urgente es la coordinación entre las Fuerzas de Seguridad y el Gobierno en funciones, se envía inmediatamente al Norte la orden de que los agentes estratégicamente distribuidos informen acerca de los objetivos que venían siendo vigilados para la macro operación preparada para el día siguiente, viernes, por la noche. Pero conforme los informes van llegando, el desconcierto aumenta: todos los etarras vigilados están en sus lugares de residencia habituales, por lo que ninguno de ellos ha podido participar en la ejecución de la masacre. Muchos recuerdan entonces la furgoneta detenida en las proximidades del pueblo conquense de Cañaveras y al extraño comando que surge de la nada...

El presidente Aznar, su colaboradores más cercanos en el Gobierno, los seleccionados mandos policiales y de los servicios secretos que estaban al corriente de la operación contra ETA, es decir, un reducidísimo número de personas de total confianza, no pueden menos que pensar en un fallo o, lo que es peor, que han sido traicionados por alguna trama de las muchas existentes dentro de los servicios secretos del Estado. Aznar y su ministro del Interior, Ángel Acebes, están desencajados y más que desorientados. Solamente pueden pensar que el entorno etarra ha sido alertado y que el atentado del que acaban de tener noticia se ha llevado a cabo con la finalidad expresa de dar al traste con las detenciones que deberían de haber acabado al día siguiente con la banda terrorista. Ni que decir tiene que les resultaba absolutamente impensable la coincidencia de un atentado islamista en ese preciso momento. No, necesariamente tenía que tratarse de ETA, en colaboración con un traidor círculo de infiltrados en conexión con la banda. Pero claro, la razón última de su certeza no podían explicitarla de ninguna de las maneras sin delatar la operación policial que con tanto sigilo habían venido preparando y cuya culminación triunfal aguardaban expectantes.

Santiago López Valdivieso,
Director General de la Guardia Civil

Las teléfonos empiezan sonar. El Director General de la Guardia Civil, Santiago López Valdivieso, afirma que ETA ha provocado la matanza, que ya lo intentaron por navidades en la estación de Chamartín. Pero algunos en la Dirección General de la Policía, en la calle Miguel Ángel, y otros en el CNI, conocedores de que estaban ante una operación relacionada con los Servicios de Inteligencia vinculados a las cloacas del Estado,  piensan otra cosa y no pueden estar tan seguros de que se trate de un atentado etarra. En cualquier caso, la sospecha de que ha sido ETA se afianza en Ángel Acebes cuando poco más de la diez de la mañana Arnaldo Otegui dice por una radio vasca que podría tratarse de un atentado islamista relacionado con el apoyo dado por el Gobierno de España a la guerra de Irak. Por eso cuando comparece para hablar del atentado empieza diciendo que "ETA buscaba una masacre en España, me lo han oído ustedes decir en los últimos meses y en los últimos días...". Era como si se tratara de una profecía convertida a sí misma en realidad. "Pero en esta ocasión ETA ha conseguido su objetivo", prosiguió el ministro Acebes. Y atacó a quienes ponían en cuestión la autoría de ETA. "Por tanto, me parece intolerable cualquier tipo de intoxicación que vaya dirigido por parte de miserables a desviar el objetivo y los responsables de esta tragedia y este drama". Todavía prevalace la idea de que la veradera ETA había actuado alertada de la operación que el Gobierno había tramado. 

Arnaldo Otegui

Acebes prosiguió: "Los atentados han consistido en trece explosiones: tres en Atocha, cuatro en las proximidades de la calle Téllez, una en Santa Eugenia y dos en el Pozo del Tío Raimundo. Además se ha producido otras tres explosiones controladas, porque eran bombas trampa, con temporizadores colocados con retraso buscando más muertes...".

¡Bombas trampa! La identificación con ETA no podría ser más clara. Era la práctica de ETA. Tras la presentación inicial, Acebes abrió el turno de preguntas. La corresponsal de un medio de comunicación extranjero preguntó:

- ¿Hay posibilidad de que el atentado pueda ser obra de un grupo como Al-Qaeda?

El ministro respondió: “En estos momentos las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y el Ministerio del Interior no tienen ninguna duda de que el responsable es ETA. Y también estamos asistiendo a un proceso de intoxicación que ha iniciado el señor Otegi de manera miserable para desviar la atención...

Ángel Aceves, ministro del Interior

Por su parte, el presidente del Gobierno llama a Rodríguez Zapatero. La primera frase de Aznar es apremiante: "Espero que no haya dudas de que es un atentado..."

Aznar pronuncia enseguida la palabra ETA como presunta autora de la matanza y anuncia la convocatoria de una manifestación para el viernes. El convocante es el propio Gobierno, no los partidos políticos. La Moncloa inicia entonces una intensa labor informativa: es Aznar quien personalmente llama a algunos directores de periódicos españoles. Las conversaciones son muy breves y en todos los casos hay una frase que suena a estribillo: “Y no tengas dudas de que ha sido ETA”.

Javier Arenas, vicepresidente segundo del Gobierno, telefonea al líder de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares. Mantienen una conversación muy seca, que apenas dura un minuto: "La manifestación será mañana a las siete. Espero que estéis allí. “Allí estaremos”, le respondió Llamazares.

De forma paralela, una funcionaria de Moncloa llama a los periodistas extranjeros destinados en Madrid. También les insiste en la autoría de ETA. Un corresponsal le pide las razones de esta conclusión. Y la funcionaria, que obedece órdenes, responde que son cuatro las razones. Una: porque utilizan los mismos explosivos, una mezcla con dinamita de la marca Titadyne. Dos: porque los terroristas están ansiosos por cometer un atentado en Madrid. Tres: porque ETA siempre tarda unas semanas en reconocer la autoría del atentado. Y cuatro: porque el modus operandi responde al operativo preparado para la noche de Navidad, cuando ETA pretendió cargar de explosivos un tren que se dirigía de Irún a Madrid. Tenían el objetivo de hacer estallar las bombas en la estación de Chamartín. La secretaria termina su llamada con una frase que siempre es la misma: “Podéis decir que esta información procede de "fuentes de la Moncloa".

La 14.30 es el momento elegido para la declaración de Aznar. Su primera frase es contundente: “El 11 de marzo de 2004 ocupa ya su lugar en la historia de la infamia”.

Aznar hace una referencia a las víctimas, comunica que se han decretado tres días de luto nacional y anuncia la convocatoria de una manifestación bajo el lema "Con las víctimas, con la Constitución y por la derrota del terrorismo". Califica a los terroristas de asesinos y fanáticos y habla de "la banda terrorista". Pero en ningún momento pronuncia ya la palabra ETA. Aunque esté próximo el momento del gran viraje, nadie estaba todavía en condiciones de ver la trampa fatal en la que el Gobierno acababa de caer.   


La maniobra de ocultación y falsificación de la autoría ya estaba en marcha: casi a esa misma hora, la furgoneta Renault Kangoo con un cartucho de dinamita y siete detonadores, ropa diversa y una cinta de casete con versículos del Corán está ya depositada en las instalaciones que tiene la Policía en Canillas a disposición de la Policía Científica. El delirante asunto de la autoría islamista comenzaba su inexorable andadura y con ello la dicotomía fatal: si había sido ETA el Gobierno arrasaría en las elecciones, mientras que si se trataba de Al-Qaeda el panorama se ennegrecía hasta volverse sumamente peligroso para los intereses del Gobierno.

Como habrá a quien el enrevesamiento que acabo de relatar le parecerá novelesco y hasta "conspiranoico", haré un breve paréntesis para saltar examinar las circunstancias que concurrieron en un atentado terrorista que hoy poca gente recuerda. Me refiero al primer atentado al World Trade Center cometido en 1993 por presuntos islamistas vinculados a Osama bin Laden. Los integrantes del comando pertenecían a un grupo de veteranos de Afganistán afincado en Nueva Jersey bajo la guía de un mullah ciego de El Cairo. Los miembros del grupo habían logrado entrar en Estados Unidos burlando los controles del Departamento de Estado y del FBI gracias a la protección de la CIA. El constructor de bombas egipcio se había ofrecido como informante al FBI, cuidando de grabar minuciosamente en una cinta las negociaciones que tuvo con el oficial jefe de los federales, en las cuales aparecía la intención del funcionario del FBI de sustituir la carga explosiva por un material inofensivo antes de que se llegara a cometer el atentado que estaban preparando. De este modo, cuando los miembros del grupo terrorista partieron hacia el World Trade Center, tanto el informante egipcio como los federales estaban seguros de que no se produciría ninguna explosión: los autores serían arrestados en el lugar del crimen y el FBI podría jactarse de haber combatido con éxito el terrorismo musulmán en suelo estadounidense. Pero la operación no salió como estaba prevista y la bomba explotó, porque el explosivo no había sido reemplazado. Seis personas murieron y cerca de mil resultaron heridas.




En el juicio que tuvo lugar, el mullah egipcio y sus colaboradores fueron condenados a penas de cárcel, para acabar siendo entregados a las autoridades egipcias. No convenía que se ventilasen determinadas cuestiones esgrimidas en su defensa por los miembros del comando, fundamentalmente que habían sido entrenados por Hekmatyar, uno de los jefes de la guerrilla afgana, jefe del narcotráfico de heroína y colaborador habitual de la CIA y de las unidades militares estadounidenses destacadas en Afganistán para luchar contra los soviéticos por el control del país. En contra de las afirmaciones del FBI, el atentado no era obra de Osama bin Laden, cuya legendaria trayectoria ya había comenzado bajo el control de la CIA. Por eso, por eso el gobierno de Washington prefirió que estas "interioridades" no fuesen aireadas y mantuvo a Bin Laden como responsable de la operación terrorista. No hace falta resaltar que las analogías con la ocultación y manipulación de la autoría del 11-M da que pensar.        
        
Volviendo a la tarde de ese mismo día 11 de marzo, Miguel Sebastián, uno de los hombres fuertes de Zapatero en materia económica, llegó a Madrid procedente de Las Palmas, donde había celebrado una de sus últimas intervenciones de la campaña electoral. Miguel Sebastián se dirigió a su domicilio sabiendo que la campaña se había suspendido definitivamente. Al poco de llegar recibió una llamada de Washington. Era un antiguo compañero de Universidad, un colega que trabajaba en el mundo de las finanzas estadounidenses con buenas conexiones en la Casa Blanca. El interlocutor le quiso hacer llegar una información de última hora acerca del atentado:

-Miguel. Es Al Qaeda.

-¿Es fidedigna esta información?

-Al noventa y nueve por cien.

Miguel Sebastián

¡Al-Qaeda! ¡Cómo no iba a ser Al-Qaeda si para eso está! Era la misma información que recibiría en la madrugada del sábado (hora española) la ministra de Exteriores, Ana Palacio, por boca del director de The Wall Street Jornal. Coincidente con que el presidente Bush expresó en la tarde de ese mismo día, jornada de reflexión electoral, cuando pasó por la Embajada de España en Washington para expresar sus condolencias al embajador Javier Rupérez, según ya he referido en la entrada anterior. Lo cual no se corresponde demasiado con la afirmación que hace José María Aznar en su libro de memorias, cuando dice que ningún servicio de información extranjero había detectado nada, ni antes ni después del 11-M. Por lo que cabe preguntarse acerca del tiempo exacto que significa para Aznar ese “después” al que se refiere.

A estas alturas de los acontecimientos, todos los investigadores del 11-M están de acuerdo en que mucho antes de que terminara el año 2003, la macro operación final contra la cúpula de ETA diseñada en secreto, fuera o no con simulacro de atentado incluido, había sido detectada por “una inteligencia” contraria a que se llevara a cabo con éxito: un grupo paralelo o trama operativa similar a los “stay behind groups” (grupos en la retaguardia), tuvo conocimiento de la operación que se tramaba contra ETA e inmediatamente se puso a trabajar con el máximo sigilo para que al Gobierno de Aznar le saliera el tiro por la culata. Tan fuera de duda como que este grupo o inteligencia paralela estaba conectado con el núcleo que decidió, preparó y llevó a cabo la gran masacre en los trenes de cercanías un día antes de que la cúpula de ETA fuera detenida y cuya autoría debería ser reversible, para que pudiera ser atribuida al terrorismo islamista después de que todas las sospechas iniciales recayeran en ETA. Parodiando a Jardiel Poncela, se trataba de diseñar un atentado con freno y marcha atrás.

Si después de haber leído lo que llevo escrito sobre este particular en las entradas anteriores de mi blog acerca del “11-M y los servicios de inteligencia”, alguien sigue creyendo que el CNI es un núcleo compacto formado por investigadores fieles y espías al exclusivo servicio de la nación española y de los intereses de su Gobierno legítimo es que vive en Babia. Como declaró Fernando Múgica en Veo7, el 25 de febrero de 2011, “el CNI tiene infiltrados dentro de la gente de seguridad, Policía, Guardia Civil a mucha gente... En este país existen unos mundos de inteligencia secretos, absolutamente paralelos que jamás han salido a la luz”. Y añade Múgica: “Lo que quiero decir es que aquí hay unos grupúsculos, grupos, estoy hablando desde los años 70, que tienen obediencias paralelas, que están entrelazados y cualquiera que sabe de esto lo puede reconocer. Entonces esos grupos, ¿a qué obedecen? ¿Obedecen a los mandos suyos? No siempre, no siempre... Hay gente que obedece a unos mandos de clanes políticos. Hay gente entrelazada políticamente, que no tiene nada que ver con un grupo del PP, o con un grupo del PSOE. Hay gente que obedece a inteligencias extranjeras, y no estoy descubriendo ahora América: el clan de los americanos, el clan de los israelíes...”.


Y podemos seguir señalando otras obediencias: a Francia, a Marruecos... Múgica habla de servidumbres que se remontan a los años 70, es decir, desde los tiempos del SECED, el Servicio Central de Documentación de la Presidencia del Gobierno, fundado por Carrero Blanco, en el que estaba infiltrada la estructura secreta llamada ”Operación Gladio”, la trama negra al servicio de la OTAN, que organizó en Italia atentados terroristas de falsa bandera, según reconocieron ante los jueces el general de los servicios secretos italianos Gerardo Serravalle y el arrepentido Vicenzo Vicinguerra, quien consideraba los atentados terroristas de los Gladio como operaciones de la guerra no ortodoxa, es decir, que no respondían a las reglas de la guerra clásica. Las conexiones a doble banda no se limitan al CNI, sino que las diversas tramas confluyen en todos los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado, empezando por la Policía Nacional y la Guardia Civil, aunque desde hace décadas, los confidentes más importantes y numerosos estén al servicio de la CIA y nuestros servicios de inteligencia sean un libro abierto, tanto para la NSA y los servicios de inteligencias de la OTAN. Si nos fijamos como referente el año 2004, puede afirmarse que la simple existencia de la red Echelon permite afirmar que los servicios de inteligencia españoles estaban interpenetrados con la finalidad explícita de coordinar las operaciones secretas de la Alianza, ya que “hay fuerzas nacionales que son utilizadas, según las necesidades, para operaciones nacionales o multilaterales, sea en el marco europeo o en el marco de la OTAN." , siempre bajo las directrices de EE.UU.

Lo que, en román paladino, quiere decir algo tan sencillo como que resulta materialmente imposible creer que, como afirma Aznar, nadie tuviera la más mínima noticia, ni antes ni después, de los preparativos que, de manera tan ejemplarmente profesional, tuvieron que ser coordinados para llevar a cabo el 11-M, el mayor golpe terrorista perpetrado en Europa y que sus autores se esfumasen en el éter. Remedando el conocido aserto de Tayllerand: “Lo que no puede ser, no puede ser. Y además es imposible”.


Casi inmediatamente a que se tuvo conocimiento de los atentados del 11-M, sin información todavía del tremendo alcance de los mismos, en esos momentos de máximo desconcierto, había sucedido algo para provocar que el Gobierno cometiera una equivocación garrafal, el mayor error de su mandato. Era el comienzo de la trampa. Un miembro de la Policía, el comisario jefe de Seguridad Ciudadana, Santiago Cuadro Jaén, envía por teléfono y desde el mismo lugar de los hechos la primera valoración del explosivo. Siempre de viva voz y sin que nadie ponga todavía nada por escrito nombra la palabra mágica: Titadine. Se trata del fabricante de una modalidad de la dinamita utilizada habitualmente ETA. Con la sangre derramada a chorros por la enorme herida abierta en aquella siniestra mañana de marzo, ¿cómo no iba a achacarle el Gobierno los muertos a ETA?, ¿a quién si no? Pero, claro, tenía que tratarse de una fracción residual de ETA que, por difícil que pareciera, habría permanecido descontrolada por parte de los servicios de inteligencia del Estado o actuado en conexión con algún otro centro de inteligencia a la que algún elemento infiltrado en los servicios secretos del Estado habría alertado para que obrara antes de que se llevara a cabo la operación antiterrorista que desde hacía meses se venía preparando.

Con el lendakari Ibarretxe a la cabeza y todos los periódicos que se habían distinguido por su ferocidad en sus ataques y manipulaciones contra Aznar (el Prestige, la guerra de Irak…) publicaron fortísimos editoriales y artículos arremetiendo contra ETA para lavar sus irresponsabilidades ante la opinión pública. Sólo El Mundo se mostró circunspecto y no dio por supuesta ninguna autoría. ¿Había recibido ya Pedro J. Ramírez alguna información de sus contactos americanos? Eso no lo sabemos y pertenece al secreto del sumario. ¿Se sabrá alguna vez...?





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