jueves, 17 de julio de 2014

         
     JERUSALÉN, UNA CIUDAD Y TRES RELIGIONES 

              5. El barrio árabe de la Ciudad Antigua  





















La Ciudad Antigua es el corazón dividido y subdividido de Jerusalén, el epicentro de un conflicto que surgió hace milenios y que no morirá hasta el final de los siglos. La ciudad considerada tres veces santa por judíos, cristianos y musulmanes es eterna, pero pequeña. Se extiende por una superficie de poco menos de tres kilómetros cuadrados. También es densa. Una especie de agujero negro que atrae, retiene y produce la sensación de que el Apocalipsis puede estar esperando a la vuelta de la esquina: "Matadero de religiones" es como Aldous Huxley se refirió a Jerusalén.

Desde las alturas de las colinas que vigilan su parte oriental, el recinto amurallado de la Ciudad Antigua es un abigarrado mar de tejados, cúpulas, minaretes y campanarios encerrados dentro de su bien delimitado perímetro, del que sobresale la enorme cúpula dorada del Duomo de la Roca, asentada en el Harán o Explanada de las Mezquitas, lugar donde estuvo asentado el SegundoTemplo, construido por Herodes el Grande, contemporáneo de Jesús, el Mesías reconocido por las múltiples ramificaciones del cristianismo. En las sinagogas, mezquitas e iglesias, todos gritan la santidad de Dios, llámese Yhavé, Jesucristo o Alá, y claman por su protección, mientras el sol castiga sin piedad a las piedras de la ciudad varias veces milenaria y evapora en el aire la algarabía de miles de voces, y los ángeles, cansados de tantas guerras inacabables, baten sus alas en retirada. Y los sueños...,¡ay, los sueños! Millones de sueños flotan sobre la ciudad y amenazan la paz de los que en ella duermen, viven y mueren. Aunque a veces los sueños pueden ser pesadillas. Por eso el viajero hará bien en mirar las cosas desde una prudente distancia y hasta diría que sin renunciar a una cierta dosis de ironía, porque Jerusalén viene a ser, entre otras muchas cosas, un parque temático de las religiones. Y en ella, nada es inocente, nunca. 

Todos aman la ciudad, pero en exclusiva, sin deseo de compartirla. Dios no tiene suficientes ángeles para atender todas las peticiones que se le hacen desde Jerusalén. Además, ¿cómo atender sueños tan contrapuestos? Tres veces santa, sí, ¿pero tres veces condenada por eso a no conocer la paz?   



La Ciudad Antigua desde el Monte de los Olivos


Desde el Monte de los Olivos, a mis pies la ciudad de Jerusalén reza, sueña, vive, ama y odia. Vibra. Desciendo, dejando a mi izquierda el cementerio judío con sus losas geométricas que reverberan al sol y cruzo el Valle de Josafat o del Cedrón, porque todo en Jerusalén es doble, o triple..., para bordear la muralla oriental y acceder a la Ciudad Antigua por la Puerta de Damasco, la más hermosa, que sirve de entrada principal al barrio árabe. Desde lo alto de la escalinata que sirve de mirador a la explanada que le sirve de antesala, observo el gentío que entra y sale a cualquier hora del día por la puerta que mandó construir el sultán otomano Suleimán el Magnífico, acceso privilegiado al microcosmos que se materializa y define en los cuatro barrios en los que se divide el recinto amurallado, árabe, cristiano, judío y armenio, correspondientes a las cuatro comunidades religiosas que se reparten la Ciudad Antigua, aunque los límites de los dos primeros son confusos, porque muchos de los principales enclaves cristianos están en pleno barrio árabe, en mayor y más densamente poblado, como sucede con la Vía Dolorosa, la arteria más bulliciosa, por ser destino común de los peregrinos y turistas de todas las iglesias cristianas del mundo, muchos de los cuales recorren las estaciones del Vía Crucis, que termina en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro, situada entre los barrios árabe y cristiano.



La Puerta de Damasco




La entrada en esquina para su defensa de la Puerta de Damasco

Comienzo de la Calle Al-Wad, que atraviesa el barrio árabe de la Ciuda Vieja

La calle Al-Wad cruza de Norte a Sur el barrio árabe y a su centro, se prolonga por la Calle de las Cadenas. A la izquierda queda Sheik Rihan, que lleva hasta la Puerta de los Leones, mientras que a la izquierda, Suq Khan ez-Zeiz se adentra en la penumbra del zoco cubierto. Me sumerjo en el río humano que fluye por la calle Al-Wad, entre cafés, comercios, y tenderetes callejeros: mujeres palestinas que van o vienen de la compra, muchachos que vocean naranjas, melocotones, manzanas o tomates desde sus carritos, mujeres de negro sentadas en el suelo que ofrecen su mercancía de hojas de parra, y otras más jóvenes que cubren sus cabezas con pañuelos de todos los colores, monjas de blanco, popes de negro, muchachos israelíes con vaqueros y la tradicional kipá en sus coronillas y hasta algún judío ortodoxo que aviva el paso, mientras, desde esquinas estratégicas, vigilan jóvenes soldados del Ejército de Israel, bien vestidos y bien armados. 


Vendedora de hojas de parra para preparar los dolmades

Pobre mercancía: aceitunas verdes y hojas de morera

Contraste entre un anciano judío ortodoxo y los vendedores palestinos:
dos mundos yuxtapuestos pero que se ignoran 

Jóvenes judíos y palestinos: no se miran ni se ven

Carteles y pintadas palestinas 

Patrulla del Ejército de Israel en la puerta del Albergue Austríaco

Como pasa en los zocos de todas las ciudades musulmanas, adentrarse en un mundo de colores, aromas y perspectivas insólitas, en donde el trajín diario es como un torrente vital, tan promiscuo como misterioso apenas el viajero se adentre por los pasadizos y arcadas que se abren por doquier, como retos a la inquieta curiosidad de la mirada, rendida al espectáculo intemporal, pese a los cables eléctricos, acondicionadores de aire y antenas parabólicas que asoman entre las venerables piedras de un entorno varias veces milenario, destruido y reconstruido una y otra vez a lo largo de la sangrienta historia de una ciudad, que, ¡oh paradoja!, unos y otros se esfuerzan en presentar como símbolo de una paz tan solo perturbada por la inquietante presencia del vecino, cuya forzada convivencia viene impuesta por la discreta presencia de los jóvenes soldados del ejército de Israel. La Historia nos muestra, para nuestra desgracia, que a los seres humanos siempre les ha resultado más fácil odiarse que comprenderse. Por eso apesta a muerte. Y duele tanto.

Tramo abovedado

Todo está a la vista...

Alfombras en la Calle de la Puerta de los Leones

Dátiles que saben a gloria

Especialidades de la repostería árabe

Todo aparece mezclado

A primeras horas de la mañana es más fácil caminar

Naranjas, zumos y refrescos

Puesto de verduras en la Calle Al-Wad

¡Qué cosas...!

Calle de la Puerta de los Leones

Contraste de colores

Pirámide de especias coronada por la Cúpula de la Roca

A la última moda...


Recorrer el barrio árabe de la Ciudad Antigua es una experiencia extraordinaria que conviene apurar despacio. En ese mundo donde las horas cuentan de otra manera, siempre será posible que el viajero encuentre un rincón tranquilo, de relativo frescor en donde escapar del ahogo de la ciudad caliente y seca, que huele a cardamomo recién molido, a tabaco de narguile, a azafrán, a comino, a anís, a fruta algo pasada, a sangre seca de cordero...  Y mientras intenta guardar en su retina las imágenes deslumbrantes de la vida que pasa, recomiendo aprovechar alguna estrecha terraza sombreada para hacer un alto en el camino y contemplar el espectáculo desplegado mientras saborea un té con hierbabuena, de la misma manera que se disfrutan los suntuosos decorados en las representaciones operísticas de la Arena de Verona. En ambos casos, los momentos vividos estarán entre los que nuestra memoria nunca olvidará.

Jerusalén es, al mismo tiempo, un faro para peregrinos y un cebo suculento para turistas. Venerada y disputada por las tres grandes religiones monoteístas, su visita supone una experiencia única, por contradictoria. Pero que, como las drogas, crea adicción. Doy fe.

Rincón para hacer un alto en el camino e hidratarse

Té con hierbabuena cerca del Santo Sepulcro

Sura coránica bajo los arcos góticos de la época cruzada

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