jueves, 24 de octubre de 2013

   LAWRENCE DE ARABIA,
           UNA APROXIMACIÓN AL MITO


El día 16 de diciembre de 2005 se reunió en Ciudad Real el jurado calificador del Premio Extraordinario de novela “IV Centenario del Quijote”, compuesto por Antonio Martínez Sarrión, Ángel Caballero Serrano, Belén Ruiz de Gopegui, Santos Sanz Villanueva y Felipe Pedraza, quienes otorgaron dicho Premio a mi novela “El octavo pilar. Historia secreta de Lawrence de Arabia”. Después de vicisitudes que ahora no creo oportuno reseñar, mi obra fue publicada a los poco meses por la Editorial Espasa, en una hermosa edición que hoy se encuentra agotada.

En el primero de los artículos que he venido dedicando al actual conflicto sirio en este Blog, aludí a mi novela para resaltar que el interés por el país que Lawrence ayudó a nacer, junto con el resto de las naciones del Próximo Oriente, viene de lejos.

SIRIA: LA VERDAD, TODA LA VERDAD Y NADA MÁS QUE LA VERDAD

La veracidad de esta afirmación la puedo rastrear, al menos, desde que pocos meses antes de enfrascarme en la escritura de “El octavo pilar” volví a ver la genial película “Lawrence de Arabia”, que David Lean dedicó al héroe británico, estrenada en 1962 y que contó con una mítica interpretación de Peter O´Toole en el papel de Lawrence, acompañado por un prodigioso elenco en el que cabe mencionar a Omar Sharif, Anthony Quinn, Sir Alec Guinness, Jack Hawkins, Sir Anthony Quayle, José Ferrer, Claude Rains, Arthur Kennedy y Fernando Sancho, entre otros. La película es grandiosa en su ejecución, su carga dramática resulta épica y cuenta con un ritmo inquietante la historia de su participación en la guerra del desierto, aunque no sea exacta en detalles importantes, a lo que hay que añadir la deslumbrante banda y unos diálogos llenos de poesía, de fuerza y de vigencia. En todos estos años, el prestigio de la película “Lawrence de Arabia”, lejos de disminuir, ha ido aumentando hasta el grado de que The American Film Institute la sitúa en el séptimo puesto de las cien mejores películas de todos los tiempos. Basta escuchar la inolvidable banda sonora que compuso Maurice Jarre para, cerrando los ojos, imaginar que estamos al lado del mismísimo Thomas Edward Lawrence, cabalgando en camello por los escenarios incomparables de Wadi Rum o Wadi Musa, próximos a esa maravilla absoluta que es Petra, la ciudad de los nabateos tanto tiempo perdida.



Escena de la voladura del tren cerca de Áqaba rodada
en las proximidades de Cabo de Gata (Almería)  
Wadi Rum, en la actual Jordania



Entrada a Jordania en la frontera con Israel, situada entre Eilat y Áqaba

Peter O’Toole, en su primera interpretación cinematográfica, está tan perfecto que puede decirse, mal que le pese, que fue el papel de su vida, porque en él se encuentran, inseparables, la fuerza y la fragilidad, sin dejarse avasallar nunca por el enorme aparato escenográfico del filme, dejándose literalmente la piel en cada fotograma. El particular descenso de Lawrence a los infiernos será el corazón de la historia, pero el alma sin duda es el desierto y lo árabe, que más que un fondo o una excusa, constituyen la abstracción y la parábola de un mundo a la deriva, en el que lo “salvaje” y lo “civilizado” demuestran que no pueden conciliarse, que el salvajismo real está en aplastar culturas ancestrales en nombre del progreso, y que lo civilizado sería comprender mejor la naturaleza del desierto, porque al menos, como dice Lawrence, “es limpio”. 











El hombre, que en la primera parte de la película obrará una serie de genialidades que le harán perder la perspectiva de cómo son las cosas, y que al final de esa primera parte sufrirá un doloroso correctivo, en la segunda parte del filme comprenderá en sus propias carnes lo que significa creerse un semidiós, o un dios, y caer en el más profundo abismo del dolor físico, moral y espiritual. Lo fascinante es que, cuanto más se acerca a su condición humana, mortal, más mítico le muestra la cámara de Lean. Como si por fin, extrayendo su dolorosa y atormentada humanidad por los poros del fotograma, Lawrence alcanzara, precisamente, esa condición sobrenatural que tanto se esfuerza en aparentar. Como si Lean se hubiera percatado de que sólo siendo patéticos y frágiles seres humanos se puede acceder a la inmortalidad.


Por el decisivo papel que jugó Lawrence en la actual configuración del mapa del Próximo Oriente, porque su excepcional y misteriosa personalidad sigue suscitando el interés derivado de ser una de las grandes figuras de la Historia Contemporánea Universal y porque, después de revisar el texto, me he dado cuenta de que conserva su vigencia en razón de los acontecimientos que desde la mal llamada “primavera árabe” vienen teniendo lugar en los países del Oriente Próximo, me he decidido a transcribir en “El Saco del Ogro” el texto que escribí sobre Lawrence y que me sirvió como apoyatura para impartir unas conferencias que me invitaron a pronunciar sobre tan singular personaje, así como referirme a los planteamientos que utilicé para construir mi novela y, desde luego, también a las investigaciones que tuve que realizar para meterme en la piel de un hombre tan poliédrico como fue el coronel Thomas Edward Lawrence, el inglés que llegó a ser el héroe indiscutible de Arabia durante la Primera Guerra Mundial.

En una posterior entrada de este Blog, también transcribiré la “Nota del Autor” que incluyo al final de “El octavo pilar”, para que quienes estas páginas leyeren sean capaces de comprender por qué comparto íntegramente lo que una vez dijo de Lawrence el gran André Malroux: “Lo que me interesa de él, de Lawrence, es que era un hombre que se cuestionaba el sentido de la vida, pero sin saber en nombre de qué”.

Desde hace tiempo me he sentido atraído por la relación que existe entre la vida interior ─entre los sueños, las esperanzas y las visiones─ y la acción o actividad en el mundo “real”. Es el fondo que subyace en muchas novelas y, desde esta perspectiva, Lawrence es un personaje único y por lo tanto, absolutamente novelesco y novelable.

Por otra parte, y desde muy joven, mi interés por la zona geográfica que denominamos, con cierta imprecisión Oriente Medio, ha sido constante. La gente no se mata por hambre sino por cultura, por raza, religión o patria, que son, en definitiva, sus dioses tutelares. Cuando varias religiones viven hacinadas o superpuestas, esta fricción desarrolla violentamente las diferencias, en lugar de potenciar las semejanzas: “matadero de religiones” escribió Aldous Huxley refiriéndose a Jerusalén. También Albert Eistein sentenció admirablemente respecto a Israel: “Demasiada historia para tan poca geografía”. La conflictiva realidad que subyace detrás de estas frases es extensiva a toda aquella franja de territorios que durante la Edad Media sirvió de escenario a uno de los enfrentamientos más singulares de toda la Historia y que, todavía hoy, proyecta su sombra sobre los acontecimientos del presente: me refiero a la gran epopeya que fueron las Cruzadas, con el establecimiento del reino cristiano de Jerusalén, su decadencia y su final caída.


Jerusalén en un grabado de 1853

Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que la situación política del Oriente Medio no ha dejado de ser, desde la época de Lawrence, un semillero de tensiones sociales, políticas, económicas y religiosas que continúan amenazando la paz mundial. El conflicto palestino-israelí aparece ya dibujado, con casi todas sus implicaciones globales, durante el período de la ocupación británica de Palestina, mucho antes de que la beligerancia nazi desencadenara la II Guerra Mundial. Del mismo modo, la génesis de los focos de tensión permanente radicados en los países del Oriente Medio se encuentra en el reparto colonial del Imperio turco entre Francia y la Gran Bretaña. El avispero libanés, el papel de Egipto, la guerra caliente en Irak, el fanatismo integrista de la Arabia Saudita y la vinculación de los nacionalismos árabes con el resurgimiento de la Guerra Santa de carácter expansionista, derivada de los fundamentos religiosos que son intrínsecos a la noción misma del Islam, son fenómenos entrelazados y muy complejos, cuya comprensión se verá extraordinariamente facilitada con el conocimiento de ese gran mito o enigma que fue y sigue siendo el coronel Thomas Edward Lawrence, más conocido como “Lawrence de Arabia”.

Lawrence en su etapa de la RAF
Thomas Edward Lawrence es un personaje del que pueden hacerse pocas afirmaciones taxativas. Es el hombre de las mil caras y de él casi siempre puede decirse una cosa y la contraria, tanto de los múltiples aspectos de su compleja personalidad y de su vida privada ─incluyendo la faceta sexual─ como de sus actuaciones militares y políticas durante la rebelión árabe y sobre todo, después de que ésta acabara. Y esto es así, entre otras cosas, porque él mismo se encargó con una asiduidad pasmosa durante toda su vida de convertirse en un enigma viviente. Al menos, hay que reconocerle el mérito de que lo consiguió.


Verdades y mentiras

En algunas cosas y aspectos fue un hombre diáfano y hasta preclaro ─diría yo─, mientras que en otras fue un gran embustero, en todas las acepciones que este calificativo tiene en nuestra lengua. Lo endiablado del asunto es que ambas caras aparecen mezcladas en su faceta de actor. Por encima de cualquier cosa, fue un actor y como tal vivió. Y no hay que olvidar que los actores siempre necesitan espectadores: Aquí empieza su drama íntimo y también aquí radica la esencia de casi todas sus contradicciones y de su dolorosa insatisfacción. En sus escritos abundan las oscilaciones de autoestima, desde las más altas cotas de egoísmo y confianza hasta los niveles más bajos de desesperación y menosprecio por sí mismo, sentimientos encontrados, verdades y mentiras flagrantes y contrastes emocionales que constituyen los ingredientes característicos de un hombre que vive en permanente conflicto consigo mismo y con los demás.

Desde estas perspectivas, “El octavo pilar” es una obra donde la vida de Lawrence está tratada en toda su tragedia y en ella ofrezco la otra cara del mito: la de la infelicidad, la de la depresión y la autodestrucción.



¿Cuánto tiene "El octavo pilar" de Historia y cuánto de novela"?

La respuesta más precisa y sincera es que no lo sé. Sí puedo decir que mi narración está concebida y escrita como una novela y que, por lo tanto, se trata de una novela. Pero esta afirmación mía no determina qué cosas sean verdaderas y cuales no en el libro. Hay que tener en cuenta que la Historia es una ciencia y que también comporta un arte, con el que el escritor enlaza a través de los componentes ficcionales con que elabora su propia historia, de tal modo que puede ser más cercana a la verdad del personaje que las aproximaciones elaboradas por los historiadores. En este sentido, ¿acaso no son Don Quijote o Sancho más verdaderos que el propio Cervantes?

Si por verdad se entiende que mi novela se atenga o no a los hechos probados, la respuesta tampoco puede ser concreta. Aunque, en general, pueda decir que sí, debemos tener en cuenta que en muchas ocasiones Lawrence no dice toda la verdad o, incluso, que miente en cosas muy importantes. Por otra parte, algunos hechos que pueden resultar claves para nuestro conocimiento del personaje fueron protagonizados en solitario y su versión de ellos no puede ser corroborada por ningún testimonio ajeno. Encima, estos hechos relevantes están contados por él mismo y sabemos que su propio relato de ellos es contradictorio y varía en función de sus interlocutores. De esto no cabe ninguna duda.

Tal vez, como conclusión de este asunto, me remito a la opinión de Doctorow, cuando dice que el historiador da cuenta de los hechos, mientras que el novelista intenta llegar al fondo de los sentimientos. Por eso, en “El octavo pilar” no pretendo levantar acta de lo que pasó, sino que busco llegar a la verdad que subyace en lo que pasó y, desde luego, hasta en lo que pudo pasar y que nunca sabremos si pasó o no. Cuando me puse a escribir sobre Lawrence, pese al enmarcamiento histórico del personaje, yo no sabía a dónde me llevaría el texto. Como ocurre siempre que uno se mete a escribir ─una novela o lo que fuere─, fui haciendo descubrimientos a medida que escribía, porque narrar es viajar de prestado. Lo más importante que descubrí fue que Lawrence era una persona más enrevesada y escurridiza de lo que yo pensaba y, desde luego, un hombre absolutamente fascinante.

Lawrence en una foto próxima a su muerte

¿Novela histórica?

No creo que el adjetivo histórico pueda modificar el sustantivo novela. Las novelas son buenas o malas sin necesidad de encontrar adjetivos que la encasillen en subgéneros sacados a trasmano. El autor que se sabe responsable de su compromiso con la búsqueda de la verdad de su proyecto narrativo huye de definiciones. De otra parte, aunque la novela es en sí misma un género híbrido, todas las novelas escritas o por escribir no son más que variaciones de un puñado de arquetipos literarios. Una escritora de la talla de Marguerite Yourcenar dijo en una ocasión que ella no establecía diferencia entre novela y poesía. ¿Hay alguien que se atreva a catalogar como novela histórica su excepcional obra Memorias de Adriano? La respuesta es que no. Cuando una novela roza la excelencia, huye de cualquier posible clasificación porque se adentra en los bastos territorios sin cartografiar que componen el alma humana y entra a formar parte, sin más, del patrimonio común de ese concepto tan difícil de definir dentro de la literatura y, paradójicamente, tan evidente, que denominamos “novela”. Sin necesidad de mayores especificaciones.

A la hora de escribir lo que cuenta, en definitiva, es el acto de sinceridad personal a partir del cual cada escritor intenta presentar ─con mayor o menor fortuna─ su desacuerdo con el mundo, con la miseria y las mentiras que nos rodean por todas partes. La verdad de una novela está en la propia narración y en los recursos que ha utilizado para construirla.

“Los hombres mueren y no son felices”, dice el Calígula de Camus. Eso significa que uno escribe porque sufre y porque no está conforme. Coincido con Kafka en que, para mí, escribir es un acto de legítima defensa ante las miserias de la vida. Por otra parte, y en un cierto sentido, la literatura verdadera se propone como una potencia antagonista, no a una cierta sociedad sino a la sociedad misma. Porque es cierto que, como observa el escritor italiano Roberto Calasso, la sociedad se ha convertido, cualquiera que sea su forma política, en una entidad omnipotente y casi metafísica en el mundo de hoy. Algo que lo envuelve todo, y por esta razón, algo que utiliza todo a su servicio. Y la literatura es una de las pocas cosas que, a veces, intenta huir de esa voluntad de controlarlo todo.

Las buenas novelas pretenden ser una representación de la condición humana, que es enormemente compleja, ambigua y llena de matices. Por eso una de las cosas más importantes que el escritor ha de conseguir es que sus personajes tengan problemas que sean interesantes, que la historia sea inteligible, conmueva y tenga sentido y no una simple acumulación de acontecimientos. Que su relato tenga corazón, para decirlo con una sola palabra.

Lawrence en un retrato de Sir Augustus John

Papel de Lawrence en la Rebelión Árabe y en la política británica sobre el Oriente Próximo.

Como todo en Lawrence, su actuación fue contradictoria y admite lecturas diversas. Para empezar hay que decir que la versión que él ofrece de su propio papel en “Los siete pilares de la sabiduría” está hipertrofiada por la exageración de mostrarse el ombligo de todo, aunque en el prólogo intente aparecer modesto en demasía, infravalorándose con más que dudosa humildad, cosa que repetirá más adelante en diversas ocasiones. A lo largo de su trayectoria vital alterna esta actitud displicente con valoraciones gloriosas, aunque, a decir verdad, en el último tercio de su vida cambió de registro y se negó seguir representando el papel de héroe que él mismo había contribuido a fabricar. Se convirtió en otro, así, simple y llanamente. Hasta tal extremo fue esto así que se cambió el nombre por el de Jonh Hume Ross cuando en septiembre de 1922 se enroló como cabo segundo en la Royal Air Force, aunque finalmente, después de reingresar en la RAF, tras su paso por la unidad de tanques, decidiera llamarse hasta su muerte T. E. Shaw.

En nuestros días existe una considerable polémica, tanto en el mundo occidental como en el mundo árabe, a propósito de los logros de Lawrence en la Rebelión Árabe y de la importancia de la misma. Por razones de orgullo nacional y religioso (ambas cosas son inseparables en el mundo musulmán) existe una clara tendencia a no reconocer la importancia de Lawrence en el planeamiento y conducción de la Rebelión Árabe contra los turcos durante la Primera Guerra Mundial y la opinión casi general es que su lealtad estuvo vinculada a la Gran Bretaña, situándolo como el último gran eslabón del colonialismo británico en la zona. Pero esto no se ajusta enteramente a la verdad. Las cosas son mucho más complejas.

Suleimán Mousa, un jordano que trabajaba en el Departamento de Prensa e Información de Ammán, publicó la única biografía de Lawrence obra de un escritor árabe. Mousa, acérrimo partidario de las posiciones políticas árabes, se propuso demostrar que la Rebelión Árabe fue, sobre todo, una cuestión árabe, que Lawrence tuvo en ella una actuación menor y que no reconoció lo suficiente el papel desempeñado por los líderes y luchadores árabes. Mousa fundamenta sus tesis refiriendo entrevistas con supervivientes que participaron en la rebelión y que ponen en entredicho las afirmaciones de Lawrence sobre el servicio prestado al planear la estrategia e, incluso, llegan a rebatirle abiertamente cuando asegura que estuvo presente en varios viajes, batallas e incursiones para dinamitar objetivos turcos. Desde de mi punto de vista, no cabe duda que Mousa tiene parte de razón.

Su proyecto político para el Oriente Medio esta condensado en una carta escrita en septiembre de 1919 dirigida a G.J. Kidston, un joven funcionario del Foreign Office con quien congenió durante su estancia en París durante la Conferencia de Paz: “Ya sabes cómo ha conseguido Lionel Curtis que todos acepten su concepción del imperio, una mancomunidad de pueblos libres. Quería ampliar esa idea sacándola del molde anglosajón y formar una nueva nación de gente pensante, que proclamara nuestra libertad, y que pidiera permiso para entrar en nuestro imperio. No existe otro camino final, en mi opinión, para Egipto y la India, y yo lo habría allanado creando un dominio árabe en el imperio”. Estas ideas las vuelve a repetir, más resumidamente, al final de “Los siete pilares de la sabiduría”.


El plan de Lawrence no deja de ser una quimera que se derrumba frente a la realidad tras la Conferencia de Paz y la aceptación por Inglaterra de las ambiciones francesas sobre Siria, recogidas en el acuerdo secreto firmado en 1916 entre ambas potencias para repartirse el Imperio turco, el denominado plan Sykes-Picot, al que Lawrence se opuso con todas sus fuerzas porque, sobre cualquier otra consideración, odiaba la presencia francesa en Siria. Más tarde, consumada la ocupación militar de Damasco por los franceses, colaboró con Winston Churchill en el Ministerio de Colonias y apoyó la creación de los estados independientes de Irak y Transjordania, cuyos tronos fueron ofrecidos, respectivamente a Faisal y Abdullah, hijos de Hussein, el emir de la Meca que inició la rebelión árabe contra el Imperio Otomano. Todos estos gobiernos fueron desmoronándose frente a la creciente radicalidad del nacionalismo árabe, a excepción del reino hachemita de Jordania, cuyo trono es ocupado por un descendiente de Abdullah que tiene su mismo nombre.

Lawrence es el segundo por la derecha en esta foto de 1919 tomada en Versalles
en la que el entonces príncipe Faisal está en primer plano

En los escritos políticos de Lawrence, sobre todo en los posteriores a la guerra, hay indicios de que sus dudas sobre la unidad árabe no sólo guardan relación con su viabilidad, sino también con la amenaza que supondría para los interese británicos una nación árabe poderosa.

Cuando abandono el Ministerio de Colonias en julio de 1922 para alistarse en la RAF como soldado raso con el nombre de John Hume Ross, se desinteresó de cualquier asunto que tuviera que ver con los árabes o la política británica en Oriente Medio que no fuera la terminación de su libro Los siete pilares de la sabiduría, con el que esperaba encontrar el reconocimiento literario, ya que, por encima de cualquier otra cosa, siempre se consideró a sí mismo como un escritor en busca de la fortuna en el mundo de las letras y a él le habría gustado pasar a la Historia más como escritor que como guerrero.


Falsedades más comunes acerca de Lawrence.

No es cierto que Lawrence fuera el diseñador único o principal de la Rebelión Árabe. Tampoco es verdad que la Rebelión Árabe fuera tan decisiva para la causa aliada. Sin ella, la potencia militar británica hubiera terminado por imponerse y los resultados militares habrían sido parecidos.

Su celebrado viaje a Damasco en junio de 1917, por el que fue ascendido y recibió una importante condecoración, es una invención suya y no se realizó jamás. Consultado a este respecto por Robert Graves, amigo, confidente y uno de sus primeros biógrafos, Lawrence dejó escrito: “Si lo deseas, puedes hacer público que mi reticencia ante esta incursión hacia el norte es deliberada y que se basa en motivos personales, y hacer constar tu opinión de que el misterio, y tal vez, las afirmaciones deliberadamente engañosas o contradictorias, me parece el mejor modo de ocultar la realidad de lo que sucedió realmente, si es que sucedió algo”.
No es verdad, como él mismo cuenta, que en noviembre de 1917 fuera capturado en Dar'a por los turcos, azotado y forzado sexualmente. Hay dos testimonios de primera mano que niegan autenticidad a este incidente. El primero es de Richard Meinertzhagen, a quien Lawrence conoció en Oriente Medio y con quien compartió estancia en el Hotel Continental durante la Conferencia de Paz de París. Después de haberle prestado crédito, Meinertzhagen dejó constancia en su Diario del Oriente Medio de que, en su opinión, el incidente de Dar’a es una invención de Lawrence. El segundo, inapelable, es de Bernard Shaw, quien afirma taxativamente que Lawrence le confesó que su relato sobre ese punto no era cierto: “Me abstuve de preguntar qué fue lo que en realidad sucedió”, añade Shaw.

José Ferrer en el papel del coronel turco que presuntamente forzó sexualmente a Lawrenece  

Tampoco es cierto que Lawrence conquistara Damasco con sus tropas beduinas, como él mismo relata. Tal gloria corresponde a la Brigada 14 de caballería australiana, al mando del general Harry Chauvel.


El mito heroico de Lawrence de Arabia

Se han vertido ríos de tinta sobre la necesidad que tenía Lawrence de hacer un drama de sí mismo, de buscar publicidad, mientras, al mismo tiempo, la evitaba. En determinados momentos, el mismo se mostró especialmente crítico con este aspecto de su personalidad, pero, a pesar de sí mismo, cedía una y otra vez a la invención dramática. En una carta dirigida en 1921 a su amiga y confidente, la señora Shaw, escribió: “Ninguno de los críticos (de Rebelión en el desierto, la edición abreviada de Los siete pilares de la sabiduría) me ha reconocido el mérito de ser un saco de trucos, un saco demasiado rico y lleno para que lo controlen”.

Desde nuestra perspectiva actual, podemos decir que Lawrence quiso ser ─y lo consiguió─ un héroe moldeado de acuerdo con el romanticismo medieval que se produjo en la época victoriana. No obstante, también cabe afirmar que, en última instancia, contribuyó más que nadie a destruir esta forma de heroísmo y sustituirla por un modelo heroico más consciente de sí mismo, responsable y realista. Fue un representante del colonialismo británico en Oriente Medio, pero se convirtió en la encarnación misma y portavoz del fin del imperialismo tradicional. Héroe guerrero y moderno estratega militar, Lawrence también podría considerarse como una figura que representara la renuncia a la guerra para la resolución de los conflictos entre las naciones.




Lawrence emergió de la Primera Guerra Mundial como un personaje público de primera fila. Sus apariciones en la Conferencia de Paz de París de 1919, ataviado con la kefia y el manto beduinos desesperó a los franceses y cautivó la fantasía popular gracias a que los diarios y los noticieros cinematográficos se encargaron de divulgar su imagen por en mundo entero. Sin embargo, el hombre real que fue Lawrence era el polo opuesto del modelo heroico: indeciso, lleno de ocultaciones y fingimientos, poco seguro de sus objetivos, con el orgullo corroído por oleadas de humildad o remordimiento. No es exagerado decir que Lawrence de Arabia, como héroe, es un actor que representa el papel de héroe. A partir de entonces, el Lawrence privado, en tanto que individuo de carne y hueso, y el Lawrence mitológico empiezan una relación mutua de amor y odio. A veces parecen coincidir, mientras que otras veces toman rumbos muy diferentes y hasta antagónicos. Durante su vida, el Lawrence real siempre fue el crítico del personaje heroico mítico que él mismo había creado. Sin embargo, el mito continuó y él siguió aportándole gran parte de su contenido.

Cabeza de Lawrence, por Eric Kennington (1926)

Lawrence y el sionismo

En diciembre de 1918, un mes antes que se iniciase la Conferencia de Paz, Lawrence propició un encuentro en Londres entre Faisal y Chaim Weizmann, jefe del movimiento sionista, para preparar un modus vivendi para árabes y judíos en Oriente Medio. Lawrence había conocido a Weizmann en Palestina al caer Jeruslén, y sentía una gran admiración por él. A la sazón, con la aprobación del Gobierno británico, reunió a Faisal y a Weizmann para presentarles el plan para Oriente Medio que él había preparado y en el que esperaba que los sionistas jugaran un papel importante.

Weizmann había conocido a Faisal en Áqaba en junio de 1918 y le manifestó que “si desea crear un reino árabe próspero y fuerte, somos nosotros los judíos, y sólo nosotros, quienes estaremos en disposición de ayudarle. Nosotros podremos prestarle la necesaria colaboración en dinero y organización. Nosotros seremos sus vecinos y no representaremos ningún peligro, puesto que no somos ni seremos nunca una gran potencia”. 

Dado que Faisal se encontraba desesperadamente escaso de dinero, los judíos ofrecieron a Faisal un préstamo y los servicios de un consejero financiero a cambio de que el príncipe árabe apoyase en la Conferencia de Paz las pretensiones judías sobre Palestina, es decir, aceptar la inmigración de colonos judíos y contar con una adecuada participación en el futuro gobierno árabe, siempre bajo la supervisión de Gran Bretaña. En resumen: el Gobierno británico tendría la administración; los sionistas conseguirían el reconocimiento de su derecho a aposentarse en Palestina y derecho a expresar sus opiniones en el futuro Gobierno. Faisal obtendría de los judíos dinero para desenvolverse, consejo financiero y el apoyo sionista en la Conferencia de Paz de París. Arnold Toynbee aclara todo esto en un informe oficial dirigido al Foreign Ofice: “El doctor Weizmann ha aceptado el principio de que el Estado no será judío para detrimento de los habitantes de lengua árabe, pero sí tendrá que ser vigilado por la potencia administradora”.


Chaim Weitzman

Faisal, indignado con el plan Sykes-Picot, se mostró dispuesto a firmar el acuerdo, pero inmediatamente comenzaron a manifestarse diferencias de interpretación respecto al contenido de la Declaración Balfour. Los judíos creyeron que tendrían derecho a crear una patria nacional que, con el tiempo llegaría a convertirse en un Estado judío, mientras que Faisal afirmó que “los árabes lucharían con todas sus fuerzas para impedir que Palestina perteneciese a otro que no fuese el reino árabe”.

En mayo de 1919 el enfrentamiento entre Ibn Saud y Hussein para impedir que éste último se proclamara rey de Arabia entró en una fase de guerra abierta. En Whitehall la situación era comprometida por el ridículo antagonismo surgido entre la India Oficce ─que había financiado y armado a Ibn Saud─ y el Foreign Oficce ─que financió y armó a Abdullah─. El caso es que los wahabís cayeron sobre las tropas de Abdullah, después de una acelerada marcha nocturna y degollaron a casi todo el ejército mientras dormía, escapándose Abdullah por milagro. Ibn Saud se disponía a marchar sobre La Meca, cuando le llegó un contundente ultimátum desde el Foreign Oficce para que retrocediera, de lo contrario Gran Bretaña enviaría la aviación contra él. Esta eventualidad debilitó mucho la posición de Lawrence, por lo que él y Faisal soñaron con reconducir la situación (ante el acuerdo de británicos y franceses) con el programa de paz norteamericano propuesto por el presidente Wilson. Finalmente, lord Curzon rechazó el plan consistente en que el sionismo financiara a los árabes por temor a que los judíos se convirtieran en el factor político decisivo de todo el Oriente Medio.


Un muchacho llamado Salim Ahmed, apodado Dahoum.

De Dahoum conocemos lo suficiente como para afirmar que fue un ser muy importante y querido por Lawrence durante sus años de excavaciones en el yacimiento sirio de Carchemis. Woolley, jefe de la misión arqueológica, escribió que Dahoum era un chico de “complexión armoniosa y belleza notable” y que el pueblo estaba escandalizado de la relación que mantenían. El propio Lawrence declara en una nota redactada en septiembre de 1919 y dirigida a Kidston la primera motivación que le impulsó para intervenir tan activamente en el “asunto árabe”: “Me gustaba mucho un árabe en concreto y pensé que la libertad para la raza sería un regalo aceptable”. Más expresivo es en una nota que escribió por estos mismos días, refiriéndose a Dahoum: “Le traje libertad para iluminar sus ojos tristes, pero murió esperándome. Así que tiré mi don y ahora en lugar alguno hallaré paz y descanso”.

A este asunto vuelve a referirse al final de “Los siete pilares de la sabiduría” cuando afirma que ese motivo “no se menciona en este libro, pero estuvo presente, creo, en cada hora de aquellos dos años. Las penalidades y alegrías pueden elevarse como torres, en mi existencia; pero, refluyendo como el aire, este escondido impulso se reengendró, hasta convertirse en el elemento más persistente de mi vida, hasta el final. Y había muerto ya antes de que llegáramos a Damasco”.

Aunque se han producido no pocas especulaciones, hoy todos sus biógrafos están de acuerdo en que fue Dahoum ─cuyo nombre verdadero fue Salim Ahmed─ a quien Lawrence dedicó “Los siete pilares de la sabiduría” bajo las iniciales S.A. y al que hace referencia el bellísimo poema amoroso-elegíaco que le sirve de introducción:

Te amaba, y por eso conduje con mis manos aquellas oleadas de hombres
y grabé en el cielo mi voluntad con estrellas,
para ganar tu libertad, la valiosa casa sobre siete pilares,
y que tus ojos pudieran alumbrar por mí
cuando llegáramos.

La muerte pareció sometérseme en la ruta, hasta que nos acercamos
y te vi a la espera:
Sonreíste entonces, y ella se adelantó con lamentable envidia
para llevarte
a su quietud suprema.

Amor, del fatigoso camino, buscando tu cuerpo a tientas, nuestro premio,
nuestro por un instante,
antes que la suave mano de la tierra explorase tu forma, y engordaran
los ciegos gusanos
con tu sustancia.

Los hombres me pidieron que alzara nuestra obra, la mansión inviolada,
como recuerdo tuyo.
Más, para construir el digno monumento, lo rompí sin acabarlo: y ahora
reptan diminutos seres y remiendan sus chozas
en la añorada sombra
del don que yo te había destinado.


Salim Ahmed, a quien apodaban Dahoum

No obstante, y con pasmosa asiduidad, Lawrence mismo se encargó, como casi siempre hizo, de intentar ocultar la verdad, convirtiendo la claridad en enigma. Así en una nota suya manuscrita que se conserva en la Universidad de Texas, escribió: “La dedicatoria del libro va dirigida a un personaje imaginario, sexo neutro”. En esta línea, y acaso para frenar especulaciones que ya habían ido demasiado lejos, su hermano Arnold, después de admitir que S.A. era Salim, consideró que para Lawrence equivalía a “una personificación, tanto como una persona, una combinación de lugar, un símbolo de la vida feliz de la preguerra en Carchemis”. Desde luego, a mi no me cabe duda de que esto sea así, pero, también estoy seguro que es sólo una parte de la verdad. Salim fue un ser humano real al que Lawrence amó por encima de cualquier otra connotación y cuya sombra no dejó de acompañarle, para bien o para mal, durante toda su vida. Pero esa es otra cuestión. El problema está abierto y seguirá admitiendo nuevas interpretaciones mientras la figura de Lawrence de Arabia siga interesando. Es decir, mientras que la civilización occidental siga existiendo y no caigamos en esa barbarie que es siempre el olvido de nuestras señas de identidad cultural. Cosa no imposible, tal como van las cosas.

El personaje de Salim adquiere una importancia capital en mi novela como referente que vertebra y canaliza en exclusiva los sentimientos amorosos de Lawrence, ya que podemos afirmar, casi con total certeza, que durante el resto de su vida no volvió a mantener con nadie una vinculación afectiva que implicara enamoramiento ni, mucho menos, que supusiera intercambio sexual. Por eso, su relación con Salim es el eje de mi historia ya que, cuando el joven beduino muere, pasa a convertirse en un polo de atracción que va embelleciendo conforme pasan los años y la infelicidad le lleva a un estado de depresión intermitente del que solo le librará la muerte. 

Que yo presente a Salim como un ser absolutamente generoso y sin mácula alguna viene derivado tanto de su condición utópica como del trágico hecho de su muerte tan precoz, que le libró, en cualquier caso, de caer en las mezquindades a las que tan dados somos los humanos. Con toda honestidad, debo advertir que este recurso no es original mío. Lo he tomado de un ilustre precedente. Ya lo empleó la Yourcenar para caracterizar a Antinoo, el joven bitinio que fue amante de Adriano Augusto y al que el emperador divinizó, esparciendo su figura idealizada por todos los rincones del Imperio Romano.

Bajorrelieve con la figura de Antinoo

Cuando se alcanza una cima, la decadencia viene inevitablemente. No hay cosa peor para los humanos que rozar la estela de un dios. Por eso, la relación de doce años que Lawrence mantuvo con John Bruce, al que le llevaba diecisiete años, fue, simplemente, una válvula de escape con la cual, a través del viejo ceremonial de la flagelación, conseguir un cierto tipo de satisfacción sexual que le evitaba caer en tentaciones peores. Las palizas que recibió (de Bruce y de algunos otros) actuaron como sustitutivo de la sexualidad verdadera, ayudándole a evitar las prácticas homosexuales comunes, bajo una falsa máscara de indiferencia o desprecio respecto a las correspondencias de una sexualidad explícita, en cualesquiera de sus variantes.

Como apoyatura, entre otras, de esta afirmación mía, puedo citar la amistad especial que mantuvo con Guy, uno de sus compañeros en el cuartel de Farnborough, donde concluye su primera etapa en la RAF. A este respecto, escribió Lawrence en una carta dirigida al joven Guy, en la que se refería al distanciamiento de la relación que habían mantenido: “Es el final” quería decir que no nos veríamos en muchísimo tiempo. Las cartas no funcionan, ni los encuentros casuales, pues pende sobre ellos la sombra del fin próximo de modo que la alegría es forzada y la charla estúpida. Tú y yo somos muy dispares y hace falta un proceso tan lento, favorable y persistente como el comunismo cuartelario para unirnos cómodamente. Las personas no hacen amistad hasta que se lo han dicho todo y pueden estar juntas sentadas, trabajando o descansando una hora seguida sin hablar. Nosotros nunca llegamos del todo a eso, aunque nos acercamos más cada día (...) y desde que murió S.A. no he corrido ningún riesgo de que tal cosa sucediera”.

Lawrence y Salim en Carchemis

En cualquier caso, testimonios de este tipo no autorizan a que su amigo y editor David Garnett concluyera que: “Lawrence no luchaba por satisfacer el apetito sexual. En consecuencia, no conocía el amor ni el deseo”. Esta es una afirmación demasiado tajante con la que, por supuesto, no estoy de acuerdo: Lawrence no fue un hombre asexuado ni impotente; si su lucha estuvo en no dar cumplimiento a sus deseos fue porque conocía perfectamente todas sus implicaciones, aunque su nivel de represión le llevara a no actuar en consecuencia para su completa satisfacción. Como confirmación de mi punto de vista, en unas anotaciones que se han conservado entre sus documentos personales, Lawrence escribió: “Las mujeres no me aportan ningún placer. Pero los cuerpos de hombres, en reposo o en movimiento (sobre todo, los primeros) me resultan atractivos de forma directa y por regla general”. Así que, no me parece aventurado concluir a este respecto que todas las especulaciones que se han hecho o puedan hacerse sobre sus tendencias sexuales son gratuitas y orientadas a no reconocer su más que evidente homosexualidad.

Los hermanos Lawrence

Tampoco cabe ninguna duda que Lawrence, educado en el rigorismo religioso familiar, vivió con creciente angustia su inestable situación. Los conceptos victorianos románticos que con tanto fervor había aceptado en su juventud fueron desmoronándose hasta caer en el más autodestructivo de los nihilismos. Todo lo relativo a la sexualidad lo incluyó en el bajo mundo de la animalidad constitutiva y los sentimientos de culpabilidad se convirtieron en su doble naturaleza. En una carta a su amigo Lionel Curtis escribió: “Estoy echado en la cama noche tras noche con esta carnalidad escandalosa bullendo de un lado al otro del barracón, alimentada por corrientes de materia fresca de veinte bocas lascivas... y la crudeza de todo ello tortura mi mente... Todos somos igual de culpables, claro. Tú no existirías, yo no existiría sin esa carnalidad”. Con estas premisas, queda suficientemente explicado que vinculara la sexualidad con el dolor y que canalizara ambas realidades en las tandas de azotes que su amigo Bruce le proporcionaba. Tampoco es de extrañar que, por mecanismos sustitutorios que acabaron incorporándose a su personalidad, en el vértigo de la velocidad buscara y encontrara algunos de los atractivos que la mayoría de la gente halla en el intercambio sexual, cualquiera que sea su índole. Lawrence también temía al poder, aunque no dudara en valerse de la alta posición de sus amigos para conseguir sus propósitos, como su obsesión por enrolarse como simple soldado para destruir cualquier posibilidad de que nadie pensara en él para un puesto de mando: “La autodegradación es lo que me propongo”, llegó a confesar en una sus múltiples cartas.

El 13 de mayo de 1935, Lawrence subió a su motocicleta “George VIII” para recoger el correo en la oficina postal de Bovington Camp. De vuelta a su casita campestre de Clouds Hills, para no embestir a dos ciclistas que aparecieron de pronto en el camino, viró bruscamente, perdió el equilibrio y fue brutalmente despedido por encima de la máquina. Su cuerpo sobrevivió cinco días a su conciencia. ¡Ironía de las cosas! Morir así, en un vulgar accidente de tráfico, después de haber escapado tantas veces de la muerte: batallas, bombardeos, torturas de la sed, el hambre, el frío y el sol.

Moto Brough Superior de Lawrence

De haber vividos más años, cabe preguntarse si hubiera llegado a ser capaz de reconciliarse consigo mismo, mirarse sin miedo ante el espejo, como el día en que se encontró con su amigo Hogarth y le confesó su amargura y sus sinsabores, su cansancio de esa vida libremente elegida, de los nervios, del agotamiento físico, de la simulación. Y por último, librarse de sus miedos. A la soledad, al encuentro entre un cuerpo que despreciaba y un alma que no se conformaba con su propio vacío. Miedo al misterio de la nada inaceptable, al silencio eterno de los espacios infinitos. Miedo a su apetito frustrado de amor. Sed de posteridad que no se apaga con ningún éxito humano. Sed de absoluto que sólo se sacia en el fracaso inevitable en que todo triunfo se disuelve, en que cada meta alcanzada no es una llegada gloriosa, sino un nuevo punto de partida hacia quién sabe qué despojamientos materiales y conquistas interiores, cuya necesidad y cuyo fin son más impenetrables aún que el silencio eterno de esos espacios infinitos ante los cuales la fe misma tiembla y retrocede.

Al final, creo que los dioses fueron benévolos con él. No conoció la vejez, que era lo que más temía de la vida. A los cuarenta y seis años de edad, la muerte le salió al paso un día cualquiera de un mes de mayo como tantos otros en una estrecha carretera de la campiña inglesa que tanto amó. Como si se tratara de una premonición, cinco años antes había escrito: “El sur de Inglaterra tiene algo que me hace decir en cada valle y en cada risco: ¡Oh, quiero tener un sitio aquí y sentarme en él, y mirar y mirar!”.

                            Vista de Dorset                    
Magdalen College, de donde fue rector su mentor, Hogarth 

Cuando se publicó “El octavo pilar” pensé que serviría para que sus potenciales lectores comprendieran un poco mejor esa contradictoria mezcla de grandeza y servidumbre que somos todos los seres humanos, cuando caen las máscaras y se revela lo que verdaderamente importa. La aventura de Lawrence la habíamos compartido los dos, él y yo durante muchos meses de dedicación exclusiva. Por eso, en correspondencia, mis posibles logros son también suyos.

Voy terminar y quiero hacerlo con unos versos que parecen hechos para esta ocasión. Fueron escritos en 1915, pocos meses después de que Lawrence llegara a El Cairo, por un poeta de Alejandría que murió dos años antes que él, en otro día de primavera. Se trata de Konstantino Kavafis y el poema se titula “Los sabios conocen el futuro”:

Los hombres conocen las cosas del presente.
Las cosas del futuro son secreto de los dioses,
únicos poseedores de todas las luces.
Mas de lo que el futuro traiga, los sabios
pueden conocer. Su oído
a veces en horas de profunda meditación
se alarma. Y de los extraños acontecimientos en marcha
perciben el sentido oculto.
Y lo escuchan piadosos. Mientras en la calle
sordo permanece el vulgo.


Iglesia de Moreton
Tumba de Lawrence, en Moreton








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