miércoles, 30 de octubre de 2013

                        Valle de los Caídos




                               Pues que tienes quien haga y quien te obliga.
                              ¿Por qué te falta, España, quien lo diga?

                                                                                Lope de Vega

En junio de este año, de camino entre Madrid y Arévalo con objeto de ver la exposición “Las Edades del Hombre”, hice escala en El Escorial para almorzar, asomarme al impresionante Monasterio y volver a visitar, al cabo de muchos años, el Valle de los Caídos.

Era una tarde cálida en la que la primavera inminente embriagaba el aire con el aroma de los pinos y la soledad de Cuelgamuros se proyectaba a los horizontes inmensos de la Sierra de Guadarrama. Me sorprendió el visible abandono del mobiliario de la Basílica, así como el rigor, digno de mejor causa, con el que los vigilantes del Patrimonio Nacional impedían a los escasos visitantes que plasmasen en fotos la solemnidad de la impresionante cripta, prohibición que obvié como pude y que mis fotos testimonian, aunque me resultó imposible fotografiar la sencilla lápida de granito que señala la tumba de Franco. Si en la cripta del mismísimo Vaticano no hay restricción alguna para fotografiar (sin flashes) las tumbas de los papas, soy incapaz de entender las razones que puedan aducir los prebostes del Patrimonio Nacional para prohibir algo tan natural como es que los visitantes del monumento lleven consigo un recuerdo gráfico de lo que les venga en gana. Otra vez, ahora en esta democracia supurante, me sentí clandestino, limitada mi libertad por restricciones incomprensibles, como antes, como entonces...











Para los que, como yo mismo, ya éramos luchadores en favor de la democracia en 1968 y nos sentimos, equivocadamente, representados por los estudiantes sorbonistas del mayo parisino (la Historia termina inevitablemente colocando el pasado en el lugar que le corresponde), volver a Cuelgamuros con los años a cuestas supuso una inevitable recordación de la trayectoria personal seguida desde entonces y también, ¿cómo no?, de la historia más reciente de nuestro solar hispánico.

Recordé mi visita inaugural a aquél lugar en mi primer viaje de estudios, acompañado por la profesora de Historia Contemporánea del Instituto, una mujer joven y brillante llamada María de los Ángeles Golvano. Cincuenta años me separan de aquel viaje iniciático, a esa edad todos los son, y su memoria ha vencido a la espada de niebla con la que nos atraviesan los filos oxidados del olvido. Toda mi adolescencia latente se reavivó y un sentimiento de sosegada nostalgia embargó mi alma, porque, a estas alturas, es imposible que volvamos a ser rebeldes con causa. Fue inevitable que me preguntara si merecieron la pena los sinsabores padecidos a causa de mi apuesta por la libertad para llegar adonde hemos llegado. ¿Acaso la salud espiritual, los ideales, las ilusiones y esperanzas en la España de hoy son mejores que las de los españoles de entonces? Mi respuesta fue, desde luego, un no categórico. Me sentí, burlado, suplantado, ofendido y hasta agredido por quienes ahora mismo intentan reavivar el odio y el enfrentamiento entre los españoles, como ese espantajo anacrónico llamado Odón Elorza, en nombre de un revisionismo histórico comparable al llevado a cabo por el estalinismo soviético en su apogeo, motivado esta vez (la ocasión es lo de menos) por el afán de ocultar la indecencia política de su propio partido y su ruptura interna a la hora de abordar constitucionalmente los separatismos catalán y vasco.














La tarde declinaba y era hora de reemprender la marcha para llegar a Arévalo antes de que la noche se nos echara encima. Los reflejos de la enorme Cruz, proyectados en las aguas quietísimas de los estanques situados a ambos lados del claustro porticado de la abadía benedictina no recordaban muertos de guerras pasadas ni odios que deberían estar superados hace lustros si España fuera un país normal, sino que trasladaron a mi ánimo una sensación de fragilidad personal y, al mismo tiempo, de eternidad cósmica por encima de las torpes querellas humanas. No pude menos que recordar la llamativa frase que el Evangelio de San Lucas 9:60, pone en boca de Jesús: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios”, algo así como una invitación fervorosa a sus seguidores para apostar por la vida y sus valores inmanentes, nunca por sus corrupciones, ráfagas de imágenes solidificadas en la Historia, ráfagas de son humano, de hombres y mujeres sacrificados en el ara de Dios, la Libertad o el Pueblo. Palabras hechas con sonidos de viento, con armas manchadas de sangre, con miedos desolados por tiempos de penumbras, de mitos falsos, cristales rotos, silencios impuestos y desmemoria.













Antes de partir, eché una última mirada a la Cuz anclada en la dura roca castellana y perfilada contra los arcos de granito en un cielo en el que nubes de algodón navegaban hacia nuevos horizontes. Como mis recuerdos a la deriva. Y como los versos inmortales de Miguel Hernández:

                    Retoñaran aladas de savia sin otoño
                    reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
                    Porque soy como el árbol talado, que retoño:
                    porque aún tengo la vida.






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