sábado, 15 de junio de 2013

      JERUSALÉN, UNA CIUDAD Y TRES RELIGIONES 


                       2. Llegada a la Ciudad Nueva










El vuelo de El Al, las líneas áreas de Israel, fue excelente, así como la comida que nos sirvieron a poco más de una hora del puntual despegue de Barajas, en donde, no sé por qué causa, los funcionarios israelíes, después de hacernos responder a una batería de preguntas que ya conocía de mi anterior viaje, decidieron que nuestros equipajes fueran sometidos a un examen especial, para lo cual nos condujeron a un ascensor ubicado en el muro y, tras recorrer un lóbrego pasillo subterráneo, desembocar en una amplia sala en donde registraron nuestras pertenencias. Con toda corrección, pero sin explicaciones ni amabilidad alguna, que también debo decirlo. Fue una experiencia molesta, sobre todo porque soy un curioso impenitente y me hubiera gustado preguntarles por qué se habían fijado precisamente en nosotros para revisarnos tan exhaustivamente. Pero ya se sabe que a los agentes del Mossad es mejor no hacerles preguntas, porque son ellos los que las hacen, así que una vez resuelto el trance, lo mejor era no complicar las cosas.

Si algún lector de este blog se decidiera a viajar por su cuenta a Israel, la única manera de conocer su contradictoria realidad, le recomiendo que saque sus billetes con bastante antelación para que pueda optar por la tarifa económica de El Al, cuyas plazas son limitadas y la alta demanda hace que se cubran muy pronto. En caso contrario, tendrá que rascarse el bolsillo y pagar una tarifa que dobla con creces el precio que nosotros pagamos por nuestros pasajes: 358,53 € ida y vuelta de Madrid a Tel-Aviv.





Ante el busto de David Ben Gurion, a la salida del aeropuerto de Tel Aviv

El aeropuerto Ben Gurion, mucho más cómodo por su tamaño que la faraónica y desolada T-4 de Barajas, está bien organizado y aconsejo que lo primero que el viajero haga en cuanto recoja el equipaje facturado sea pasarse por la oficina de cambio, para llevar encima una cantidad suficiente de dinero israelí con la que afrontar los primeros gastos, con lo que se evitará que más adelante algún listo, que los hay en todas partes, quiera aprovecharse de su falta de previsión. La moneda oficial de Israel es el shékel (en plural shékelim, ILS en abreviatura hebrea, o NIS en la inglesa) que cotizaba a 4,75 por euro. Así que para saber, aproximadamente, la equivalencia del coste de las cosas basta dividir su precio por 5, una operación muy fácil de hacer.



Desde la terminal del aeropuerto hay diversos medios para llegar a Jerusalén, pero por comodidad y rapidez aconsejo tomar unos microbuses llamados sherut, que están estacionados junto a la acera de la vía exterior en la que desemboca la salida de la terminal aeroportuaria y que parten en cuanto se van completando, lo que no tarda en producirse. Es imprescindible indicarle al conductor la dirección del hotel en el que nos alojaremos, ya que, esa es la gran comodidad de este servicio: existen diversas paradas y el sherut llevará al viajero lo más cerca que pueda de su destino. A este respecto, vaya otro consejo importante: Jerusalén es una ciudad complicada para quien no la conozca, en la que sus cerca de 900.000 habitantes viven desparramados en una área muy extensa, que, en realidad, son núcleos residenciales y asentamientos unidos entre sí por carreteras y autovías de circulación endiablada. Si a esto añadimos lo accidentado del terreno, formado por valles y empinadas colinas, que hay zonas habitadas exclusivamente por musulmanes y otras por judíos, así como que el principal centro de atención para cualquier viajero no puede ser otro que el recinto amurallado de la Ciudad Vieja, resulta absolutamente recomendable alojarse en un hotel de la ciudad moderna que no esté demasiado alejado de él, de tal manera que no se tenga que perder un tiempo precioso en largos y farragosos desplazamientos, sobre todo durante el sabbah, cuando los servicios púbicos dejan de funcionar, a excepción de los taxis.

Para concretar, el mejor lugar para quedarse es en las inmediaciones de Yafo Street, lo más próximo que resulte posible a su intersección con la comercial calle Ben Yehudá. Si a esto a añadimos que los hoteles en Jerusalén suelen ser malos y caros, como ocurre en otras muchas ciudades del mundo, el asunto de decidir donde quedarse reviste una importancia capital para que la estancia resulte satisfactoria. Mi preferencia por el área señalada obedece a una serie de ventajas que, apenas se lleve un solo día en la ciudad, cualquiera sabrá valorar con suficiente conocimiento de causa. La primera de ellas es que bastarán diez minutos de andadura a paso tranquilo, por una céntrica avenida cerrada al tráfico rodado, para llegar a las murallas de la Ciudad Vieja, a la que accede por la Puerta de Jaffa, una de las más hermosas y concurridas, situada junto a la imponente Ciudadela, a un paso de la Iglesia del Santo Sepulcro y de todos los lugares de obligada visita en la capital de las tres religiones. Recorrido que también puede hacerse en el modernísimo tranvía, limpio como una patena y de cuya puntualidad responde el Ayuntamiento, que circula cada pocos minutos por Yafo Street, detalle que se agradecerá cuando, cansados de no haber parado durante todo el día, llegue la hora de regresar al hotel.

Yafo Street  e inicio de la calle Ben Yehudá





Pero hay más. Los habitantes de la Ciudad Vieja, tanto musulmanes como cristianos o judíos, se recogen muy pronto: son como las gallinas, así que poco después de anochecer, cuando los comercios cierran, las calles se ven desiertas y no recomiendo a nadie perderse en el intricado laberinto de callejas, sobre todo en las más abigarradas y hasta tenebrosas del barrio musulmán. Sencillamente, a estas horas la vida de Jerusalén está en otra parte, y todo lo que es soledad y silencio dentro del perímetro amurallado, estalla de actividad en muchas de las zonas de la ciudad nueva, sobre todo en la calle Ben Yehudá y colindantes, en las que hasta mucho más tarde cabe encontrar terrazas abarrotadas, bares de copas, tiendas de alimentación y restaurantes de todo tipo para cenar bien, a precios razonables y hasta baratos, según le apetezca a cada cual, sabiendo, para su tranquilidad, que el hotel siempre estará a cuatro pasos.

Desde el aeropuerto Ben Gurion, la autovía asciende sin cesar para alcanzar, desde el nivel del mar, los setecientos cincuenta metros, que es la altitud media de Jerusalén. A esta tempranísima hora ya se ve muy transitada, sobre todo en la dirección contraria que conduce a Tel Aviv, la verdadera capital económica de Israel. El paisaje llano y cultivado que bordea la llanura costera pronto se ve sustituido por un terreno escarpado de abundante arbolado, fruto de las masivas repoblaciones realizadas en las últimas décadas. Así, observando el camino, pronto transcurre la hora que dura aproximadamente el viaje, hasta que, de improviso, en uno de los recodos nos vemos circulando junto a la parte occidental de la muralla en donde está la Puerta de Jaffa. Después de recorrer un par de avenidas de la Ciudad Nueva, todavía casi desiertas, el conductor avisa que hemos llegado a nuestro destino, luego de desviarse por calles laterales, más estrechas y breves. Así que a apearse toca: ¡Yafo Street! ¡Ya estamos en Jerusalén!

El edificio colonial del Jerusalem Hostel, en Yafo Street

Yafo Street

Como el vuelo de El Al fue puntual y llegamos al aeropuerto Ben Gurion a las 4:35 de la mañana, entre unas cosa y otras, serían aproximadamente las siete de la mañana cuando nos vimos con los equipajes en Yafo Street, en la que no se veía un alma por ninguna parte. Lo primero que hicimos fue dirigirnos al hotel, situado a escasa distancia, para dejar el equipaje, ya que a esa hora no cabía pensar que pudiéramos acceder a nuestras habitaciones. Después de rellenados los formularios de llegada y guardadas las maletas en la consigna del hotel, salimos a Yafo Street, justo frente a la embocadura de la calle Ben Yehuda, también peatonal, en una amplia explanada flanqueada a la derecha por la alta torre del Bank Apoalin, todavía cerrado, y en la que también está el Jerusalem Hostel, un simpático edificio de un solo piso, de indudable traza colonial británica, en el que me alojé en mi viaje anterior y que constituye, gracias al pasotismo cutre de su personal, la trapisonda mejor organizada de Jerusalén y de cuyo exotismo cabría escribir páginas enteras y, si me lo propusiera, hasta una pintoresca novela costumbrista. Afortunadamente, el Jerusalem Inn Hotel, en el que había reservado nuestras habitaciones es otra cosa, ubicado en Horkanos Street, una tranquila calle arbolada paralela a Yafo Street, con una relación calidad/precio bastante buena, tanto que, desde luego, me atrevo a recomendarlo como hospedaje ideal, por lo que transcribiré su enlace para quien pueda interesarle.



Fachada principal del Jerusalem Inn Hotel, en Horkanos Street

Fachada posterior del Jerusalem Inn Hotel

La primera sensación que sentimos cuando nos vimos en la desierta Yafo Street fue que el tiempo nos había hecho trampa y habíamos llegado demasiado pronto para todo. He aquí el primer error: después de adelantar el reloj una hora para que estuviera en consonancia con el uso horario de Jerusalén, eran las siete y media de la mañana, el sol ya estaba muy alto, pues había salido dos horas antes, exactamente a las 5:35, así que la mañana parecía tan avanzada como lo suele estar a las diez en cualquier ciudad española, pero, sin embargo, las calles se veían casi vacías y los comercios todavía permanecían cerrados a cal y canto. Primera lección: en Jerusalén no madruga nadie, una costumbre que comparte con otras ciudades del Oriente Medio, como Damasco o Alejandría.

Un pequeño bar madrugador en Yafo Street
Sabido es que hasta que, hasta que no se desayuna, nada existe, y que lo que llamamos “yo”, “vida” o “realidad” solo se inicia cuando aparece, puesto sobre la mesa, ese heraldo de pan, aceite (¡soy andaluz!), mermelada y mantequilla, que acompaña o precede al primero de los signos de la actividad diaria: su majestad el café. Sólo en ese momento se inicia la consciencia. Y da igual que estemos en Málaga como en Jerusalén. A la mañana siguiente descubrimos que el buffet de nuestro hotel era algo así como la Cueva de Ali Babá para cualquier glotón que se precie: zumos naturales, mermeladas caseras, frutas, quesos, tortillas de vegetales, embutidos locales kosher (es decir, que respetan los preceptos de la religión judía y se consideran aptos para ser ingeridos por los practicantes de dicha religión), macarrones al dente, un sin fin de ensaladas de todos los colores habidos y por haber, pasteles y bollería, panes de diversos tipos, empezando por el de pita, yogures caseros, requesón y, como es natural, leche, te o café a voluntad. Excesivo para mi, que soy bastante tradicional en mis desayunos, pero que hicieron las delicias de mi compañera de viaje. Aunque en nuestra primera mañana en Jerusalén nos conformamos con un desayuno convencional, parecido al que acostumbramos a hacer por estos pagos.










Cubierto este importante trámite, que nos ubicó en el tiempo real, cuya noción habíamos perdido, nos encaminamos hacia la Ciudad Vieja descendiendo tranquilamente por Yafo Street, cuyo silencio solamente se veía resaltado por el suave tintineo, anunciador del inminente paso de los tranvías. Morasha, el distrito en el que nos encontrábamos, situado entre el barrio ultraortodoxo por antonomasia de Mea She'arim (que contra lo que pueda decirse, poco tiene que ver) y los más modernos y residenciales de Mahaneh Yehuda (con un gran mercado que es interesante visitar) y Rehavia, fue construido en unos terrenos adquiridos por los judíos al patriarcado greco-ortodoxo en la década de 1920, al inicio del mandato británico encomendado por la Sociedad de Naciones (la predecesora de la actual Naciones Unidas) y a cuya vía más comercial, hoy convertida en calle peatonal y centro de la “movida”, le pusieron el nombre de Eliezer Ben Yehudá, el filólogo que había revivido el hebreo como una lengua moderna hablada.


Ben Yehudá Street


Propaganda de una yeshiva o escuela religiosa en Ben Yehudá Street


La indumentaria de los judíos ortodoxos nos recuerda que estamos en Jerusalén


La animación dura hasta bien entrada la madrugada

Estos acróbatas malabaristas ofrecen su exhibición a primeras horas 
de la noche al inicio de la calle Ben Yehudá

Cuando la Asamblea General de la Naciones Unidas decidió el 29 de noviembre de 1947 la partición del territorio administrado por los ingleses en dos partes, árabe una y judía la otra, las tropas iraquíes, sirias y jordanas intentaron impedir que la resolución se llevara a cabo mediante una intervención armada, lo que provocó inmediatamente una guerra en la que Jerusalén quedó partida en dos y toda la zona de Morasha gravemente dañada por los ataques de la Legión Árabe de Jordania, por lo que fue reconstruida durante el larguísimo mandato (1965-1993) del alcalde Teddy Kollek, principal artífice de la moderna Jerusalén, quien acertadamente mantuvo la ordenanza promulgada en 1920 por el gobernador militar británico, teniente coronel Ronald Storrs, un hombre civilizado y cultivado que amó a Jerusalén, por la que se requería que todos los edificios nuevos que se construyesen en la ciudad debían utilizar la piedra caliza local, una norma que confiere a Jerusalén una coloración característica que le otorga una cierta unidad, pese al desaforado desarrollo constructivo impulsado por las autoridades israelíes a partir de que las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) acabaran con la partición de la ciudad en junio de 1967, durante la denominada “Guerra de los Seis Días”, en la que los ejércitos de Jordania, Egipto y Siria fueron vencidos ante la estupefacción de medio mundo.


Soldados del Ejército de Israel contemplan la Ciudad Vieja desde el Monte de los Olivos  durante la Guerra de los Seis Días

Continuando nuestro recorrido por Yafo Street, después de asomarnos a la Catedral Ortodoxa Rusa de la Santísima Trinidad, construida en estilo neo-bizantino e inaugurada en 1863, llegamos finalmente a la gran explanada, los jardines y el pasadizo cubierto que forman parte del Ayuntamiento jerosolimitano, desde cuya escalera de acceso ubicada ante su fachada principal, adornada con una escultura hecha con mosaicos multicolores del león de Judá, símbolo de Jerusalén, se divisa una a espléndida panorámica de la muralla occidental, del minarete circular otomano que domina la la Ciudadela y, más a la derecha, de la cúpula inconfundible de la Iglesia de la Dormición, así como la cercana Puerta de Jaffa, hacia donde encaminamos nuestros pasos, estimulados por la frescura del aire y el encuentro con la ciudad deseada, que cobraba forma tangible ante nuestra vista y al alcance ya de los objetivos de nuestras cámaras fotográficas.


Yafo Street a primeras horas de la mañana


La Catedral  Ortodoxa Rusa desde  la explanada del Ayuntamiento


Catedral Ortodoxa Rusa de la Santísima Trinidad

Yafo Street


Explanada del Ayuntamiento


Ayuntamiento de Jerusalén


Pasadizos y jardines del Ayuntamiento


León de Judá en el escudo de Jerusalén


La gran explanada del Ayuntamiento de Jerusalén


Fachada posterior del Ayuntamiento


Jardines en el complejo municipal


Escalinata principal del Ayuntamiento de Jerusalén, frente a la muralla de
 la Ciudad Vieja. Al fondo se divisa claramente la Iglesia de la Dormición,
 en el monte Sión  
Ha-Gan Ha-Leum Garden

Bajada hacia la Puerta de Jaffa

Entre los objetos descubiertos en recientes excavaciones junto a la muralla de la Ciudad Vieja, en un antiguo lugar conocido como Ketef Hinom, se cuentan dos minúsculos rollos de plata desenterrados junto con otros muchos objetos. Pacientemente desplegados, los rollos revelaron una antigua escritura hebrea del siglo VII a. de J., que los convierte en uno de los más antiguos textos bíblicos hebreos hallados. El rollo contiene la bendición sacerdotal (Números 6:24-26): "Dios te bendiga y te guarde: Haga resplandecer Dios su rostro sobre ti, y haya de ti misericordia: Dios alce a ti su rostro, y ponga en ti paz". 

Una buena salutación, que resulta evidentemente utópica, para una ciudad asolada, arrasada desde sus cimientos y reconstruida decenas de veces a lo largo de la Historia, cuyo estado normal ha sido la del enfrentamiento perpetuo: Jerusalén, la capital tres veces santa, la ciudad “matadero de religiones”, como acertadamente la llamó Aldous Huxley, el gran escritor británico. También ciudad soñada desde todos los destierros, tal como escribiera el poeta sirio Nizar Qabbani en unos magníficos versos:




  Jerusalén:
  Tú, ciudad de las penas.
  Lagrimón que deambulas por los párpados.
  ¿Quién podrá detener la agresión
  contra ti? ¡Ay, perla de las religiones!
  ¿Quién limpiará la sangre de los muros?
  ¿Quién salvará el Corán y el Evangelio?
  ¿Quién salvará al Mesías de los que le mataron?
  ¿Quién salvará al hombre?


  Jerusalén:
    
  Tú, mi ciudad,
  mi Amada...
  Mañana... Mañana, sí, florecerá el limón,
  se alegrará la espiga verde, y el olivo,
  y los ojos reirán.
  Volverán las palomas emigrantes
  a los puros tejados;
  los niños nuevamente jugarán,
  y en tus limpias colinas
  se encontrarán los padres y los hijos.
  Pueblo mío...
  Tú, ciudad de la paz y del olivo.



Asentamientos árabes en las colinas de la parte oriental de Jerusalén


El barrio cristiano desde la terraza del Hospicio Austriaco 

Parte oriental de la ciudad amurallada. A la derecha puede verse 
la tapiada Puerta Dorada

Panorámica de la Ciudad Vieja desde el Monte de los Olivos. En primer término,
el cementerio judío  y el Valle del Cedrón o de Josafat


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