viernes, 20 de julio de 2018



            LA VERDAD SOBRE EL ESTADO ISLÁMICO
                                  (Segunda Parte)




Invasión de Irak y desestabilización de Siria

La guerra de Irak estaba en la agenda de los halcones del Pentágono desde la segunda guerra del Golfo. El camino hacia Bagdad era la ruta marcada hacia la supremacía global estadounidense. Como menciona Theodore Roszak en un impecable y bien documentado estudio, “ya en 1996, en Estados Unidos había elementos derechistas que hablaban acerca de imponer una "hegemonía global benévola" en el mundo. La frase pertenece a Robert Kagan y William Kristol, y apareció en Foreing Affairs. Iraq ofrecía esa oportunidad. Al resistirse a lo que la Administración Bush pretendía, las Naciones Unidas no hicieron más que acelerar el momento en el que Washington se sintió libre para desechar la Organización, junto con la OTAN y la Unión Europea, como irrelevante. Había llegado el nuevo siglo estadounidense, y cuanto antes lo reconociese el mundo, mejor" (21).

La decisión de imponer la guerra a Siria fue adoptada por el presidente George W. Bush en una reunión en Camp David celebrada el 15 de diciembre de 2001, cuando después de los atentados de Nueva York y de Washington fue incluida Siria en el "Eje del Mal". En aquel momento inicial, lo previsto era comenzar la intervención militar en Siria y en Libia para demostrar que las fuerzas norteamericanas podían actuar de manera simultánea en dos teatros bélicos, un detalle que conocemos por el testimonio del general de cuatro estrellas Wesley Clark, ex-comandante supremo de la OTAN, quien se opuso al proyecto. Atacar Afganistán fue la solución adoptada mientras se preparaba la Guerra de Iraq para derrocar a Sadam Hussein y controlar sus inmensas reservas petroleras, aunque hay que esperar a 2003 para que el Congreso estadounidense, con ocasión de la caída de Bagdad, aprobara las disposiciones legales que facultaban a Bush para que el Pentágono preparara una guerra contra Libia y otra contra Siria, la “Syria Accountability Act” (22), que servirían de prólogo al gran objetivo ambicionado por la estrategia estadounidense: Irán, segundo productor mundial de petróleo y de gas natural.




El testimonio del General Wesley Clarck resulta tan sorprendente como ilustrador respecto a los planes bélicos del equipo con el que Bush se había rodeado. Según contó el general en varias entrevistas y conferencias, algunos días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, durante una visita al Pentágono, se enteró de que estaba tomada la decisión de atacar Irak. Muy extrañado, preguntó a su informador la causa de tal decisión y si había alguna información nueva que vinculara a Sadam Hussein con Al-Qaeda: “No, señor” fue la respuesta, para añadir seguidamente que, en su opinión, el motivo era que no se sabía cómo actuar ante el terrorismo, pero que teniendo tan gran ejército resultaba posible derrocar al gobierno que quisieran. En una nueva visita al Pentágono dos semanas más tarde, cuando ya se habían iniciado los bombardeos sobre Afganistán, Clark volvió a conversar con el mismo funcionario, interesándose por conocer qué pasaría con Irak, recibiendo la respuesta siguiente, según refiere el propio general: “La cosa es mucho peor. A continuación me mostró unos folios con información reservada que acababa de recibir de la Oficina del Secretario de Defensa, Paul Wolfowitz, mientras decía: Esta nota describe cómo vamos a atacar siete países en cinco años, comenzando con Irak, luego seguirán Siria, Líbano, Libia, Somalía, Sudán y finalmente Irán”. A la pregunta de si se trataba de información confidencial, su interlocutor repuso con un lacónico: "Sí, señor".

El general confiesa que se quedó estupefacto, pero que guardó silencio cerca de seis meses y medio por tratarse de una información confidencial, añadiendo acto seguido que entonces se dio cuenta de quienes eran las personas que habían tomado el poder en Estados Unidos, porque recordó un comentario que en el año 1991 le hizo Wolfwitz mientras ocupaba el cargo de subsecretario de Defensa, es decir, el número tres del Pentágono: “La verdad es que deberíamos de habernos librado de Sadam Husein y no lo hicimos cuando se produjo el levantamiento chiita que nosotros mismos habíamos provocado, para luego no intervenir con nuestras tropas. Sin embargo, una cosa aprendimos: Que podemos emplear nuestros ejércitos en Oriente Medio y los soviéticos no nos pararán. Disponemos de cinco o diez años para limpiar todos esos regímenes clientelares soviéticos que son Siria, Iraq e Irán antes de que se consolide un gran poder que pueda desafiarnos”. “¿Acaso el cometido del ejército es comenzar nuevas guerras o cambiar gobiernos en vez de evitar los conflictos? ¿Vamos a invadir países?”, confiesa el general Clark que se preguntaba lleno de perplejidad mientras la cabeza le daba vueltas (23).



Como el mismo Wesley Clark escribió, “no se presentó ninguna prueba de que Irak representara una amenaza inminente para Estados Unidos o su aliados, E “inminencia” era la palabra clave. La administración hizo lo posible para demostrar su tesis ―ante un pueblo predispuesto a aceptarla, pero no había ningún factor que la avalara (…) En cambio, iba a ser una causa de guerra “preventiva”; una idea que Estados Unidos siempre había rechazado para sí mismo y había condenado en otros” (24). Siguiendo puntualmente el guión referido por el general Wesley Clark, después del asesinato de Rafik Hariri, primer ministro libanés, el 14 de febrero de 2005, Washington trató de provocar la guerra contra Siria, pero no encontró excusa alguna para hacerlo (25). No obstante, como el propósito seguía siendo invariable, en 2006, los servicios de inteligencia norteamericanos comenzaron a preparar la revolución siria mediante la creación del Syria Democracy Program, por el que se trataba de crear y financiar grupos de oposición, como el Movimiento por la Justicia y el Desarrollo, vinculado a los Hermanos Musulmanes, con el objetivo de servir como bases operativas para coordinar las actuaciones contra el gobierno de Damasco. Al financiamiento oficial del Departamento de Estado se agregó una aportación secreta de la CIA a través de una asociación californiana llamada Democracy Council (26). Dos años después, en 2008, durante la reunión que la OTAN organizó bajo el patrocinio del Grupo Bilderberg, fueron expuestas las ventajas económicas, políticas y militares de una posible intervención de la OTAN en Siria.

En esa línea, en 2009, la CIA organizó varios instrumentos de propaganda dirigidos hacia Siria, como los canales Barada TV, con sede en Londres, y Orient TV, con base operativa en Dubai. La trama continuó con la celebración en El Cairo, durante la segunda semana de febrero de 2011, de una reunión a la que asistieron el senador John McCain, Joe Lieberman y el mascarón “filósofo” de la OTAN, Bernard-Henri Lévy, en la que se dio la señal para iniciar las operaciones secretas que comenzaron simultáneamente en Libia y en Siria: el 15 de febrero en Bengasi y el 17 en Damasco, bajo la cobertura propagandística de “las primaveras árabes”, que deberían llamarse “primaveras otánicas”. Finalmente, en mayo de 2012, la OTAN y el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) crearon el Working Group on Economic Recovery and Development of the Friends of the Syrian People, bajo la co-presidencia de Alemania y de los Emiratos Árabes Unidos. En el marco de ese grupo, el economista sirio-británico Ossam al-Kadi elaboró un programa para repartir las riquezas sirias entre los países miembros de la coalición, que sería aplicado a partir del “día siguiente” a la caída del gobierno de Al-Assad (27), que por aquel entonces parecía inminente.




Mutaciones de Al-Qaeda y aparición del Estado Islámico

En la historia de la Guerra Contra el Terror impuesta por Bush para perpetuar una nueva Guerra Fría de duración indefinida y de carácter global, la guerra afgana fue importante no solo porque sirvió como modelo de referencia para las intervenciones en Irak, Libia y Siria, sino también porque incorporó las nuevas características diseñadas por los estrategas del Pentágono y de la CIA, la primera de las cuales fue ideologizar el conflicto para presentarlo al mundo como una guerra religiosa contra el Imperio del Mal, en vez de mostrarla como una guerra por la libertad, tal como el mismo Reagan hizo cuando en 1981 firmó la Decisión Ejecutiva de Seguridad Nacional 17, en la cual autorizaba a la CIA para reclutar, entrenar y dirigir grupos paramilitares (“contras”) denominados “rebeldes”, para combatir al gobierno sandinista de Nicaragua, cuyas hazañas fueron particularmente brutales, similares a las llevadas a cabo por los famosos “escuadrones de la muerte” en El Salvador, cuya organización corrió a cargo de un siniestro y misterioso personaje, el coronel James Steele (28), en donde coincidió con David Petraeus para formar el dúo mortal que algunos años después desempeñó un papel tan crucial como nefasto en Irak.

Está exhaustivamente documentado que Petraeus como general al mando de la Fuerza Multinacional y el coronel Steele al frente de los escuadrones de la muerte chiitas, que sembraron el terror entre la población sunita tras la caída de Sadam Hussein, actuaron siguiendo al pie de la letra las instrucciones del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Como lógica reacción defensiva, su actuación originó la resistencia armada suní, que sirvió de base para crear Al-Qaeda de Irak, que pasó a llamarse EIIL (Estado Islámico de Irak y Levante) cuando se expandió por el centro y norte del territorio iraquí, y finalmente ISIS o EI, cuyo líder, Abu Bakr al-Baghdadi, se autoproclamó califa el 29 de junio de 2014 en la recién conquistada Mosul, en cuya mezquita principal declaró a su organización Estado independiente y reclamó que todos los musulmanes del mundo le juraran fidelidad. No cabe duda de que la oscura y enigmática figura del “califa” Al-Baghdadi es el mejor icono fabricado por los diseñadores de la campaña de propaganda global para poner un rostro al más fanático y despiadado personaje del terrorismo islamista después de que Bin Laden se evaporase y pasara a formar parte de los archivos más oscuros de la Historia (29).

Al-Baghdadi, el misterioso "califa" hace tiempo evaporado 

¿Pero quién es en realidad Abu Bakr al-Baghdadi, cuya imagen ha sido tan sospechosamente ocultada en Occidente? En junio de 2014, el general de brigada Kevin Bergner, veterano portavoz militar estadounidense, dio una sorprendente explicación a la capacidad de Al-Bahgdadi para escapar de los ataques: que comparte con el ectoplasma de los espiritistas la cualidad de no existir. Según un artículo publicado en The Washington Post, “era un personaje de ficción cuyas declaraciones en audio las realizó un actor de edad avanzada llamado Abu Abdullah al-Naima” (30). Según fuentes próximas al espionaje ruso y las revelaciones de Edward Snowden, el verdadero nombre del “califa” del Estado Islámico es Shimon Elliot, hijo de padres judíos y agente del Mossad israelí que lo introdujo como topo en el ámbito yihadista (31).Su nombre falso: Irahim ibn Awad Ibn Ibrahim Al-Badri Arradoui Hoseini", alias Abu Du’a, un dato que concuerda con las declaraciones que hizo Emil Lahud, ex-presidente libanés, quien en una entrevista emitida el sábado 9 de septiembre de 2014, aseguró que el grupo terrorista Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL o Daesh) es un proyecto diseñado por la inteligencia israelí y financiado conjuntamente por EE.UU. y otros países árabes, un hecho que también ha sido ratificado por el general Wesley Clark, ex-Comandante Supremo de la OTAN, quien en el año 2007 no tuvo empacho en declarar en una entrevista realizada por Amy Goodman emitida por la cadena CNN, que el Emirato Islámico (también conocido como Daesh, ISIS, ISIL y anteriormente como EIIL) fue “creado por nuestros amigos y aliados para vencer a Hezbollah” (32).


El senador MacCain se reúne en Siria con miembros del Ejército Sirio Libre,
entre los cuales estaba el futuro "califa"Abu Bakr al-Baghdadi 

McCain en Siria el día 28 de mayo de 2013 

En mayo de 2013, el senador John McCain, unos de los más feroces belicistas dentro de los “halcones” de Washington, líder de los republicanos en el Congreso y promotor de las “primaveras árabes, estuvo ilegalmente cerca de Idleb, en territorio sirio (33), donde llegó a través de Turquía para reunirse con el estado mayor del Ejército Sirio Libre (ESL), brazo armado de la “oposición moderada siria”, para verificar la entrega de armamento desde Turquía, en un viaje que sólo se hizo público cuando hubo regresado a Estados Unidos. La estancia de McCain en territorio sirio fue organizada por la Syrian Task Force, que contrariamente a lo que sugiere su nombre, es una organización pro-israelí vinculada al America's Pro-Israel Lobby (AIPAC) (34). En las fotos de dicha reunión aparecen Mohammad Nur, portavoz de la Brigada Tempestad del Norte, integrada en el Frente Al-Nusra (o sea, Al-Qaeda en Siria), que había secuestrado y aún retenía en su poder a once peregrinos chiitas libaneses en Azaz, el general Salem Idriss, jefe del Ejército Sirio Libre y finalmente Ibrahim al-Badri, el mismo personaje que al año siguiente saltaría a la fama como “califa” del Estado Islámico bajo el nombre de Abu Bakr al-Baghdadi.

Según puede verse, al senador McCain no le importó que Ibrahim al-Badri figurase desde el 4 de octubre de 2011 en la lista de los cinco terroristas más buscados por la justicia estadounidense (Rewards for Justice), con una recompensa de hasta 10 millones de dólares para quien contribuyese a su captura, ni que desde el 5 de octubre de 2011, Al-Badri fuera incluido en la lista del Comité de Sanciones de la ONU como miembro de Al-Qaeda. Y es que basta saber quiénes asistieron a la entrevista organizada por el senador MacCain para comprender que todas las canicas pertenecen al mismo saco, es decir, que en el campo de batalla sirio no han existido diferencias entre Al-Qaeda, el Ejército Sirio Libre, el Frente al-Nusra, el Emirato Islámico de Irak y Levante, el Estado Islámico, etc., etc. El aparente rompecabezas deja de serlo en cuanto comprobamos que todas esas organizaciones igualmente terroristas están lideradas por los mismos individuos, que cambian constantemente de nombre y de bandera para confundir a la desinformada opinión pública occidental. Cuando sus líderes dicen ser miembros del Ejército Sirio Libre agitan la bandera de la colonización francesa y sólo hablan de derrocar al “perro Al-Assad”, cuando dicen ser miembros de Al-Nusra, agitan la bandera de Al-Qaeda y pregonan querer imponer el islam –el de ellos– en todo el mundo. Y cuando se declaran miembros del Emirato Islámico, hacen ondear la bandera del Califato y anuncian que expulsarán de la región a todos los infieles. Pero, sea cual sea su etiqueta, han cometido las mismas atrocidades, que es, en esta maldita historia, lo único que hay de verdad. 

Columna motorizada del Estado Islámico en la ciudad de Mosul

En su obsesión por lograr el derrocamiento de Bashar al-Assad, el senador MacCain pasó por alto las críticas que recogió tras su reunión de mayo de 2013 en Idlib y en febrero del año siguiente volvió a reunirse, esta vez en Turquía, con representantes de la oposición contra el gobierno de Damasco para, según declaró “conseguir una estrategia integral con respecto al ISIS y la guerra civil Siria”. Que fuese creíble o no es lo de menos, lo obvio es que algo tenía que decir (35).


Otro testimonio de absoluta solvencia acerca del origen estadounidense del Estado Islámico es el aportado por otro militar de la más alta jerarquía del Pentágono, que fue ignorado por los medios de comunicación occidentales. Durante una entrevista realizada a principios de agosto de 2015 en el programa “Head to Head” de la cadena Al-Jazira, el teniente general Michael Flynn, ex-director de la DIA, Agencia de Inteligencia de la Defensa (la principal organización militar para el espionaje en el extranjero de Estados Unidos), forzado a dimitir como asesor de Seguridad de Donald Trump a las pocas semanas de su nombramiento, realizó unas extraordinarias revelaciones. Según dijo, cuando ejercía como director de la DIA llegó a sus manos un informe que anunciaba ya en 2012 la voluntad norteamericana de crear “un Estado Islámico” en Siria, así como que su posterior expansión no fue debida a un despiste o a un error de cálculo, sino a una decisión explícita y consciente de la Administración Obama (36).

El periodista Medhi Hasan, que hacía de entrevistador, insistió para que el general aclarase la gravísima afirmación que acaba de hacer. Sin empacho alguno, Michael Flynn insistió en que, a pesar de que el informe de la DIA estaba bien elaborado y procedía de fuentes muy fiables, la Administración no le hizo el menor caso. El diálogo discurrió en los siguientes términos:

Hasan: Usted está diciendo que por sus manos pasó el informe de la DIA que afirmaba que esos grupos estaban ahí (ISIS y Al-Nusra), que usted también lo veía claro y que advirtió de ello. Entonces, ¿quién no hizo caso de esas informaciones? 

―Flynn: Creo que la administración.

Hasan: ¿Así que la administración hizo la vista gorda ante su análisis?

Flynn: No creo que hicieran la vista gorda: creo que tomaron una decisión. Creo que fue una decisión deliberada. 

―Hasan: ¿Una decisión voluntaria para apoyar a una insurgencia formada por salafistas, Al Qaeda y los Hermanos Musulmanes? 

―Flynn: Fue una decisión deliberada para hacer lo que están haciendo.

En un determinado momento de la entrevista, Hasan sostiene una copia impresa de ese informe de la DIA de 2012 que había sido desclasificado y leyó en voz alta pasajes claves, tales como “existe la posibilidad de establecer un principado salafista declarado o no declarado en Siria oriental y esto es exactamente lo que los poderes que apoyan a la oposición pretenden con el fin de aislar al régimen sirio”. Después de todo lo expuesto, no creo que haya nadie capaz de poner en duda que la decisión de la Casa Blanca era utilizar a combatientes yihadistas, que bajo el nombre de Al-Qaeda o de cualquier otra denominación, crearían las condiciones para la aparición y ascenso del autodenominado Estado Islámico, con la intención de utilizarlo en Siria para ocupar la parte asignada a los sunitas (Sunistán) en la desmembración y posterior reparto de Siria, según el plan elaborado conjuntamente por Estados Unidos e Israel para diseñar el nuevo mapa del Oriente Medio: una ancha franja que ocuparía toda la zona central del suelo sirio a partir de la inexistente frontera sirio-iraquí, coincidente con la prolongación hacia el Oeste del espacio adjudicado a los sunitas de Irak, pero sin salida al mar. Al lector avisado no le pasará desapercibido el hecho de que dentro de semejante demarcación están los principales campos petroleros, tanto de Siria como de Irak. No cabe olvidar que el control energético mundial es clave fundamental de la geoestrategia de Washington.

Hillary Clinton en Libia con elementos de Al-Aaeda, tras el asesinato de El Gadafi

La contundencia de las gravísimas acusaciones del general Flynn obligaron a que Hillary Clinton tuviera que salir a la palestra, ya que ella ocupaba la Secretaría de Estado cuando tuvieron lugar los hechos más abominables de la guerra sucia realizada contra Libia y Siria durante el primer mandato de Barack Obama. Así, en una entrevista concedida a la revista The Atlantic, buscó justificarse con una argumentación tan cínica como falsa: "El fracaso a la hora de ayudar a construir una fuerza de combate creíble con los autores de las protestas contra el presidente sirio, Bashar al-Assad, […] dejó un gran vacío que los yihadistas ahora han llenado". También agregó que la situación en Siria podría estar desarrollándose de un modo muy distinto "si hubiéramos tardado menos en entrenar y equipar al grupo central del Ejército Libre de Siria". De haber sido así, el gobierno de Estados Unidos "por un lado habría tenido un mejor conocimiento de lo que estaba pasando en el terreno y, por otro, habría ayudado a poner en pie a una oposición política creíble" (37).

Como anteriormente he dejado dicho, la invasión de Irak de 2003, que siguió a la Segunda Guerra del Golfo, tuvo unos efectos determinantes para que grupos fundamentalistas y la propia Al-Qaeda pudieran aparecer y ganar fuerza, ya que durante el gobierno de Sadam Hussein no habían tenido ninguna posibilidad. Pero esta presencia no fue consecuencia indirecta de la invasión, sino que los servicios de inteligencia estadounidenses, con el embajador Negroponte a la cabeza y su segundo, Robert. S. Ford, promovieron los ya citados escuadrones de la muerte, con el fin de hundir el país en el caos y eliminar cualquier posible resistencia a la ocupación. Al igual que el general Petraeus y el coronel Steele, Negroponte tenía ya un siniestro historial creando escuadrones de la muerte en América Central en la década de los ´80 del siglo pasado. Robert S. Ford se convertiría en embajador norteamericano en Siria y enseguida comenzaron a actuar estos escuadrones criminales también en territorio sirio. En esos momentos de la invasión de Irak, ya había en Siria sectores extremistas que apoyaban y daban cobijo a esos grupos paramilitares, que actuaban en conexión con Nawal Fares, embajador de Siria en Irak. Se estaba creando el nido de víboras que no tardarían en extender e inocular su veneno por la tierra siria.



En informes emitidos por el West Point Combating Terrorism Center del ejército de Estados Unidos se mostró de dónde procedía el flujo principal de yihadistas de Al-Qaeda que llegaban a Irak. En ellos se veía que el primer suministrador en número era Arabia Saudí, pero que en proporción de habitantes lo era Libia, en concreto procedentes de la zona de Cirenaica, cuya capital es Bengasi, justo donde años más tarde comenzaron los disturbios en Libia que acabarían con la destrucción del régimen de El-Gadafi. Salta a la vista la conexión entre los centros de acumulación de combatientes de Al-Qaeda y demás grupos afines con el comienzo de las acciones violentas que los medios de información occidentales calificaron como revueltas de “manifestantes pacíficos” tanto en Libia como en Siria poco tiempo más tarde. Las rutas que los yihadistas utilizaban para llegar a Irak fueron prácticamente las mismas que poco después fueron usadas para llegar a Siria. Todo ello bajo el control de Estados Unidos y la colaboración de sus principales socios en la OTAN, especialmente Francia (38) y el Reino Unido, así como con la eficaz ayuda de Israel, Jordania, Turquía, Arabia Saudí y Qatar.

En esos mismos informes también aparecía cuales eran los principales núcleos donde se acumularon los terroristas de Al-Qaeda en territorio sirio durante la guerra contra Irak: Dayr Al-Zawr, en la frontera iraquí, Idlib, cerca de Alepo, y Deraá, junto a la frontera jordana, los mismos sitios que, no por casualidad, fueron precisamente los epicentros donde tuvieron lugar los primeros disturbios que sirvieron como señal de salida para fabricar el conflicto sirio. De manera resumida, podemos decir que los estadounidenses patrocinaron en Irak a las milicias chiitas y su instrucción en técnicas de guerra sucia, mientras que, por otro lado, permitían el fortalecimiento del yihadismo sunita. Esa fue la misión encargada a Al-Qaeda, sus filiales y demás agrupaciones salafistas vinculadas a los Hermanos Musulmanes. Mientras que la organización estuvo dirigida en Irak por Abu Musab al-Zarqaui no fue más que un recurso transitorio, que fue eliminado por las tropas norteamericanas en junio de 2006 en cuanto se convirtió en un estorbo tan molesto como peligroso para estrategas de la CIA cuando decidieron que había llegado el momento de inyectar nueva savia al tronco seco de Al-Qaeda para hacerla operativo otra vez con la colaboración incondicional de sus aliados saudíes y qataríes, cuya obsesión principal no era otra que intervenir en Siria para derrocar a Bashar al-Assad, su enemigo declarado.



Aunque se trate de una figura de menor importancia mediática que Bin Laden o que el “califa” Al-Baghdadi, conviene señalar que también Al-Zarqaui comparte con ellos el ser un títere creado por los servicios secretos occidentales. Reclutado en Jordania por “la Base” o “Al-Qaeda” para servir en las filas de las milicias yihadistas que luchaban contra los soviéticos en Afganistán, poco importa para la propaganda servida por los medios de comunicación occidentales que fuera “un conocido borracho y drogadicto para los fundamentalistas islámicos financiados por Arabia Saudí y los Emiratos del Golfo” (39),ya que sin personajes como Bin Laden, Al-Zarqaui, Al-Baghdadi o los sucesivos recambios que la fábrica de monstruos necesite seguir fabricando, la “guerra contra el terrorismo” perdería buena parte de su razón de ser. Por otra parte, todos estos elementos propios del decorado escénico que necesitan los actores de cara a la representación global tienen en común que desaparecen de la función en cuanto dejan de ser servir para la finalidad que motivó su creación. Es lo que ocurrió con Al-Zarqaui. Tras su eliminación, el núcleo yihadista iraquí de Al-Qaeda fue renovado con el fin de que centrara su acción combativa en Siria, para lo que tuvo que cambiar de camisa, como las serpientes, pasando a ser el Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS) y convertirse en la fuerza armada principal de los musulmanes sunitas capaz de contribuir de manera decisiva a consolidar la desintegración de Iraq y conseguir el derrocamiento de Al-Assad. De este modo, convirtieron el posible frente contra la ocupación norteamericana de Irak en una guerra entre sunitas y chiitas, que supuso de facto la partición del país, a la que también contribuyeron los kurdos ubicados en el Norte del territorio iraquí, cuyos líderes, insatisfechos con la amplia autonomía de la que gozaban, vieron el momento que ni pintado para lograr un Estado kurdo independiente del iraquí, naturalmente con el beneplácito de Washington.



Tulsi Gabbard, congresista demócrata estadounidense por el Estado de Hawaii
Como puede verse, la estrategia aplicada a Siria es una extensión de la que tan exitosamente se venía representando hasta entonces en Irak y que tan buenos resultados obtuvo en Libia. Es lo que la Secretaria de Estado norteamericana, Condolezza Rice, tuvo el cinismo de definir como “caos creativo”, es decir el plan encaminado a conseguir “un nuevo Oriente Medio” (40). Su visión de esta zona de importancia crucial dentro de la estrategia de Washington la definió de manera simple: “De cierta manera, lo que estamos viendo es el comienzo de las contracciones previas al nacimiento de un nuevo Oriente Medio y tenemos que estar seguros de que todo lo que hagamos vaya en el sentido de ese nuevo Oriente Medio y no que suponga el regreso al anterior”. La destrucción de naciones enteras, que ha producido la mayor catástrofe humanitaria acaecida desde la Segunda Guerras Mundial, con centenares de miles de muertos y heridos, millones de desplazados internos, así como las incontenibles oleadas de refugiados que huyeron de sus hogares para buscar la salvación en las costas europeas y que han convertido el Mediterráneo en la mayor fosa de cadáveres del planeta (41) son parte de una inmensa catástrofe humanitaria que a Condolezza Rice no le preocupa en absoluto.




CONCLUSIONES

La realidad del Estado Islámico es la de un saco, que no se tiene en pie si alguien no mete algo dentro. Y ese alguien es quien construyó el saco y en cada momento decide qué es lo que se coloca dentro. Si Al-Qaeda fue una gran obra de ingeniería de los servicios secretos estadounidenses y saudíes hace más de treinta años, el Estado Islámico no es más que la última fase de esta nebulosa mutante, que se disgrega y se vuelve a concentrar en el espacio y el tiempo en función de las circunstancias geopolíticas que son interpretadas por quienes manejan los hilos.

El Estado Islámico, como antes lo fue Al-Qaeda, no es más que una pantalla, otra más, de las muchas creadas por los Servicios de Inteligencia de Estados Unidos para llevar a cabo con absoluta impunidad sus operaciones encubiertas y los atentados de falsa bandera, cuya ejecución resulte necesaria para mantener donde más convenga el miedo hacia el terrorismo islamista y encendido el fuego de la hoguera bélica desencadenada en Oriente Medio en función de los planes diseñados por Estados Unidos con anterioridad a los atentados de septiembre de 2001, consistentes en intervenir militarmente para modificar a su antojo el actual mapa del Oriente Medio en función de sus intereses geoestratégicos, que son fundamentalmente dos: el primero, controlar los riquísimos yacimientos y conducciones de petróleo y gas de aquella zona del mundo, y el segundo, impedir que Rusia tenga acceso a ellos, cercándola e impidiendo su presencia como potencia mundial en el Oriente Medio. El general Leonid Ivashov, que el 11 de septiembre de 2001 ocupaba el cargo de jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas rusas, lo resume con exactitud cuando dijo que “el actual terrorismo internacional es un fenómeno que combina el empleo del terror por parte de estructuras políticas estatales y no estatales como medio para alcanzar sus objetivos políticos mediante la intimidación, la desestabilización social y psicológica de la población, la anulación de la voluntad de resistencia de los órganos del poder y la creación de condiciones propicias para manipular la política del Estado y la conducta de sus ciudadanos".



La supuesta “Guerra contra el Terror” debería ser vista por lo que realmente es, un pretexto para mantener el descomunal ejército estadounidense con presencia en todo el planeta. Los dos grupos más poderosos en la creación de la política exterior estadounidense son el lobby de Israel, el cual dirige la política de EE.UU en Oriente Medio y lo que el presidente Eisenhower designó como “complejo industrial-militar”, que se beneficia de las decisiones que son adoptadas por los miembros que integran el grupo anterior. Como dice el escritor y periodista de investigación Serge Quadrupanni, “la lucha contra el terrorismo es al mismo tiempo vanguardia conceptual y punta de lanza de una estrategia basada en el miedo, que tiende a ocupar todos los rincones de las naciones occidentales. Esta política de fabricación simultánea de temores y de controles supuestamente justificados para nuestra seguridad está condenada a inventarse continuamente nuevos enemigos” (42).

Karl Rove, uno de los neocons de Bush Jr., dijo: “Ahora somos un imperio y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad”. A eso habría podido agregar que para eso están los medios corporativos que dominan la comunicación global como portavoces del imperio, apuntalando las nuevas realidades virtuales que la opinión pública internacional acepta sin discusión alguna, exactamente como se describe en la novela 1984 de George Orwell. Karl Rove agregaba que Estados Unidos iba a crear nuevas realidades “y ustedes, todos ustedes no tendrán más que estudiar lo que nosotros hacemos”. A la fuerza, se le olvidó puntualizar. George Orwell lo expresó hace tiempo y con menos palabras: "La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza". Y en este mundo orwelliano ya estamos instalados.






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